“Tristes guerras, si no es amor la empresa.
Tristes, tristes. Tristes armas, si no son las palabras.
Tristes, tristes. Tristes hombres, si no mueren de amores.
Tristes, tristes”.
Miguel Hernández
Estaba en el salón de la casa Tomás, jugando al parchís con su hijo Eric, de diez años, cuando, de repente, hizo una de esas preguntas para la que nunca están preparados los padres:
–Papá, ¿de donde vienen los niños?
Tomás tragó saliva y se vio atrapado, solo, sin la ayuda de su mujer para responder al niño, quizás con alguna de las clásicas historias que se cuentan en estos casos. Tenía que darle una respuesta a Eric y recordó un anuncio de televisión:
–Mira hijo, Papá le pone una semillita a Mama y cuando pasan nueve meses, la semillita se convierte en un precioso bebé.
–¿Entonces, yo era una semillita? – preguntó con curiosidad Eric.
–Sí, hijo, cuando naciste te convertiste en un hermoso bebé, y ahora estas camino de ser todo un hombre.
El niño se conformó con la respuesta de su padre, y, de repente, una noticia en la televisión llamó la atención del pequeño; unas desgarradoras imágenes anunciaban que muchos niños pequeños se morían de hambre en África.
–Papá, ¿y por qué se mueren de hambre, no tienen comida en África? –preguntó de nuevo Eric.
–No hijo, es un país del que llaman “tercer mundo” y mucha gente sobrevive todo un mes con lo que nosotros nos gastamos en un solo día, pero no hay comida para todos y, por desgracia, ocurren estas noticias.
–¿Y por qué no tienen comida? –insistió Eric, con la mirada triste.
–Ya lo entenderás cuando seas más mayor, hijo. Es un problema entre países y políticos a los que la gente que se muere de hambre no parece importarles.
Sin tiempo a entender las palabras de su padre, la atención de Eric volvió a centrarse en el televisor con otra noticia estremecedora; varios ataques con coches bomba dejan 20 soldados americanos muertos en Bagdad.
–Papá, ¿por qué matan a la gente en Bagdad? –dijo Eric, con dificultad al pronunciar el nombre de la ciudad de las mil y una noches.
–Porque están en guerra, hijo. Los americanos han invadido Irak y luchan unos contra otros para ganar la guerra.
–¿Y por qué están en guerra?
–No lo sé hijo, los americanos dicen que los malos tienen armas para destruir el mundo y quieren evitarlo.
–¿Y por qué, si los americanos son los buenos, no ayudan a los niños de África para que no mueran de hambre?
–Por qué en África no hay petróleo, hijo.
Eric no entendió nada, pero pensó que lo que le había dicho su padre no era nada bueno, se encogió de hombros y dejó de hacer preguntas sobre la vida porque todas resultaban tener respuestas tristes. Los dos apagaron el televisor y siguieron jugando al parchís, Eric se sabía un chico afortunado al tener la suerte de no haber nacido en África, pero sentía una enorme tristeza por ellos y, como todavía era pequeño, no en-tendía porque mientras muchos niños se mueren de hambre en una parte del mundo, en la otra se derrocha el dinero en armas para matar a gente sin parar.
“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.
Joaquín Sabina
Ella era una chica diferente, más hermosa por dentro que por fuera. Tenía una voz muy agradable, una mirada fija penetrante y era muy discreta, siempre al margen de los cotilleos ajenos. Nunca hablaba de su vida privada ni se metía en la vida de los demás, ésa era la gran duda de Rubén, ya que no podía averiguar si se trataba de una chica comprometida.
Impresionado por las cualidades de la muchacha, no dejaba de pensar en ella. No importaba que apenas la conociera, ni tan si-quiera la propia convicción de que ella no se había fijado en él, debido a la distancia que existe entre sus puestos de trabajo dentro de la empresa.
Sólo la veía en tres o cuatro ocasiones al día, que durante un mes parecía ser muy poco tiempo para enamorarse, pero suficiente para él, cansado de conocer chicas de cuerpos espectaculares y mentes vacías, por lo que enseguida supo que ella era especial.
No había encontrado antes una mirada tan segura y una voz tan sensual como la de esa chica en su modo de hablar. Iluso, él, se sentía observado incluso cuando ella removía su café, inmersa en una conversación que no le intere-saba y, sin embargo, se enteraba de todo. Nunca se atrevió a mirarla fijamente a los ojos durante más de un segundo, se tuvo que conformar con robarle miradas perdidas y tratar de llamar su atención, algo que nunca ocurrió.
Un lunes por la mañana, y después de un mes de incertidumbre, Rubén decidió que era el momento de afrontar sus miedos; iba a confe-sar su amor a la chica que le quitaba el sueño desde la primera vez que la vio. Pero el lunes nunca fue un buen día para ir a trabajar, y el trabajo nunca fue el mejor lugar para encontrar el amor.
Su corazón se aceleró nada más verla, pero estaba rodeada de gente y esa no era la situación que había imaginado la noche anterior. Rubén pasó los peores cinco minutos del último mes, sin apenas decir nada y midiendo el tono de las escasas palabras que dijo. Ella también permaneció callada, no parecía tener un buen día, pero seguía tan hermosa como siempre.
Al terminar la jornada laboral, los dos se encontraron a la salida, esta vez estaban solos. Era el momento soñado por Rubén y sólo acertó a decir un tímido “Hola”. Ella le devolvió el saludo mientras él trataba de ordenar todas las palabras que tenía en la cabeza, pero no fue posible. En un abrir y cerrar de ojos ella se marchó, regalándole un tímido “adiós” y otra sonrisa enigmática, la última.
Al día siguiente, no apareció, ni durante el resto de la semana. Estaba inquieto y no sabía que ocurría, hasta que un cotilleo le sacó de dudas; la habían despedido, tenía un contrato temporal y la empresa lo rescindió.
Rubén no se lo podía creer, estaba angustiado. Volvía a la cruda realidad de afrontar su jornada laboral sin la alegría que ella le proporcionaba sólo con poder compartir unos minutos junto a ella. Estaba muy triste.
El amor a primera vista existe, lo pudo comprobar tras años de escepticismo, pero ya no había vuelta atrás. No hubo modo de contactar con ella y decirle todo lo que no se atrevió aquella última tarde, cuando esa mujer fue capaz de vendarle los ojos sin usar las manos, tan sólo con la mirada, la última sonrisa y el sonido de su voz al despedirse; entre tímida e indecisa, entre la eternidad y su prisa.
En ese instante comprendió que la vida avanza de forma implacable y no se detiene por él. Fueron pocos los instantes en que la pudo ver de color rosa, pero no hizo nada por con-servar ese color y se le escapó. Después de ese instante en su vida, decidió que en la próxima ocasión que conozca a una mujer similar no iba a desaprovechar de nuevo la ocasión de intentar ser feliz.
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