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RELATOS


Por Eduardo Protto
ecprotto@ciudad.com.ar


VILLA BORGHESE

Estos dos años que trabajé en Roma fueron, por muchas razones, inolvidables. Una de ellas: porque interpuse una distancia considerable con mi ex esposa y la intrigante de su madre, que viven en Buenos Aires y me hicieron la vida imposible. Otra: porque a los pocos meses de mi estancia en la Ciudad Eterna, creí estar curado de mis nervios, al atenuarse hasta desaparecer, aquellos estados de ansiedad que me devastaban como un huracán, dejando tras de sí gran desasosiego en mi espíritu y un cortejo de temores y malos presagios, que eran por lo general infundados. Bien dicen que nos pasamos la vida preocupándonos por cosas que nunca suceden, pero en mi caso, la naturaleza obraba de tal modo que aunque parte de mi razón aceptara aquella sabiduría adagial, mi sinrazón la negaba. A Dios gracias, uno se acostumbra a todo, hasta a vivir pendiente de cualquier detalle.
El trabajo me agrada, pues consiste en guiar a turistas de habla castellana por las principales atracciones de la ciudad, lo cual además de distraerme, deja tiempo libre para mis gustos. La plata no sobra, pero tampoco falta, y de yapa, en los variados contingentes de viajeros, suelo encontrar alguna dama solitaria, de esas que pueden creer que yo soy una buena compañía.
En ocasiones, para variar, modifico los recorridos establecidos por la agencia, habida cuenta que todo, en la milenaria ciudad, es digno de verse. Al final, casi siempre nos detenemos un rato en la Plaza España, y después que la fotografían, ascendemos a la Trinidad del Monte y de allí caminamos hasta la Villa Borghese. Todos se maravillan ante la excelencia de su arquitectura palaciega y se regocijan en los magníficos jardines; unos pocos, los que denotan cierta inclinación por el arte, aceptan mi propuesta de ingresar al museo y admirar sus tesoros.
Un viernes por la tarde, mientras recorría las salas con tres mejicanas y una pareja de colombianos, nos detuvimos frente al David con la cabeza de Goliat, la obra maestra del Caravaggio. Les señalé a los circunstantes algunos detalles del cuadro y en esa atmósfera admirativa, todo fluía maravillosamente bien entre nosotros; hasta que ocurrió en apenas un instante, algo que bastó para desmoronarme, sumiéndome en una parálisis de intensa fijeza, como la del que se halla al borde de la tumba. Mientras efectuaba mis comentarios, creí entrever, como en un sueño, el detalle de mis rasgos en donde debían estar las facciones de David; pero lo terrible, lo pasmoso, lo que me hizo correr un escalofrío por la espalda, fue que la cara de mi ex mujer se delineaba en la cabeza cortada de Goliat.
Traté, con sobrehumano esfuerzo, de no perder la cordura; controlé mis emociones para salir del museo y concluir decorosamente el recorrido. De regreso a mi pieza, la vieja agitación que creía desaparecida, retornó. El sudor frío que anticipaba mis ataques, me corría por la frente y el cuello. Esa noche dormí mal, y el fin de semana, que estaba franco de servicio, no salí de mi cuarto, sitiado por pensamientos ruinosos. Era un hecho incontestable que la curación de mis males había sido ilusoria. Sin embargo, alegaré a favor mío que esa certidumbre no me apocó; estos pavores del presente, aunque por otras causas, habían también acaecido en el pasado y como ya dije, uno se acostumbra a todo. Así fue que me dispuse a sobrellevar el mal rato, imaginando que en un par de días la cosa pasaría; en esa inteligencia reinicié mis tareas habituales, serenándome de a poco.
A los cinco días de aquella honda impresión, mientras cenaba, sonó el teléfono y escuché la voz de mi hermana, quien con tono compungido me informaba del cambio de mi estado civil. De separado había pasado a ser viudo. En un accidente de auto, mi ex cónyuge había muerto.
Tardé bastante en reponerme y apenas si pude ordenar mis ideas. Me debatía en un remolino de angustias, menos por la desaparición de aquella mujer áspera y dominante, con la cual afortunadamente no había tenido hijos, que por el espantoso agüero de la Villa Borghese.
Los últimos días de abril transcurrieron mal, pero con los soles de mayo mi estado mejoró. Naturalmente retaceaba mis visitas a la zona del Pincio y a la Villa. Temía la repetición de aquel desvarío y no iba con los turistas más allá de la Plaza del Popolo. A modo de secreta compensación, les proponía entrar a Santa María y les ofrecía admirar la Capilla Chigi y los dos Caravaggio de la Capilla Cerasi; en ocasiones, si los notaba receptivos, les contaba que estábamos parados sobre lo que fuera la tumba de Nerón y me explayaba sobre la historia de esa iglesia.
Debo admitir que en mi fuero interior ardía en deseos de volver a la Villa Borghese; tal vez para convencerme que lo sucedido era una mezcla de alucinación y coincidencia, que no un tardío don de la profecía, con el cual expurgaba encallecidos rencores.
Cuando me sentí en condiciones de hacerlo, regresé y caminé por los jardines, aunque evitando acercarme demasiado al palacio. A una distancia prudencial, les relataba a mis acompañantes la historia del lugar.
Y así, de a poco, me fui animando hasta que una tarde me decidí a entrar en solitario. Infinidad de paseantes deambulaban por las diversas salas, en tanto yo me quedé largo rato, pensativo, frente a la escultura que Bernini denominó La Verdad.
Después, con cautela, avancé hasta la ubicación del Caravaggio de mis pesares. Allí estaba y afortunadamente no tuve de que preocuparme, puesto que no sucedió nada digno de nota. Lo miré de arriba abajo y mi comportamiento fue impecable, diría que normal frente al tenebrismo de la obra. Ese minúsculo detalle contribuyó sobremanera a mi bienestar. Días más tarde, sin embargo, cuando mi hermana me llamó para confiarme sus problemas financieros, mi impotencia para ayudarla me apenó bastante. Por lo demás, todo transcurría plácidamente.
El 21 de Junio, (lo recuerdo por ser el día de mi santo), en uno de los recuperados paseos por la Villa Borghese, mientras la mayoría de los integrantes del grupo caminaban en derredor del lago, entré al museo con seis de ellos. Visitamos varias salas del primer piso y les señalé varias pinturas de mi agrado. En la cercanía del óleo del Caravaggio, una vibración interior me sumió en la perplejidad. Aprensivo, proyecté la vista sobre el negro fondo del cuadro, para no mirar directamente a David, pero una fuerza extraña me obligó a hacerlo, y tal como lo presentía, mi rostro estaba allí. Consternado, desvié mis pupilas hacia las sombras de la mano derecha del personaje, aferrada a la espada brillante y casi sin quererlo, por el rabo del ojo, advertí que la mano izquierda del héroe sostenía el morro de Carso, mi antiguo socio, con quien tan mal terminé al saber de su traición y de los fraudulentos manejos de nuestro negocio.
Creí desmayar y se me erizaron los pelos; no abundaré en comentarios, para no cansar. Nomás sepan que atribulado por la recaída, luchaba por librarme de esa pesadilla.
Allá como a la semana, asaeteado por la curiosidad, con la excusa de interesarme por sus asuntos, hablé con mi hermana. Ella estaba más tranquila, pues le habían otorgado un crédito con el cual acomodaría su economía. Me refirió que la familia estaba en paz y se prodigó comentando banalidades. Casi al concluir la comunicación, como quien recuerda algo, agregó:
--Caramba, olvidaba decirte, el que se murió hace unos días fue el bribón de tu socio.
La sensación ominosa que me embargó es inenarrable. De ahí en más me obsesioné pensando que, así como Michelangelo Merisi da Caravaggio mataba a sus enemigos, yo me valía de su obra para acabar con los míos. En el altar de su arte sacrificaba mis odios secretos.
Poca sustancia queda para pormenorizar los sucesos posteriores. Solo añadiré que durante aquellos meses difíciles, cultivé el coraje imprescindible para no comportarme como un cobarde y huir. Volví muchas veces a ver el cuadro, pues me resistía a enloquecer por semejante dislate.
Es más, confieso que tenía decidido consultar al médico si mi monomanía no mejoraba. En verdad les digo que no fue necesario, ya que no volví a encontrar en la tela ninguna anormalidad que encendiera mi alarma. Pasado el tiempo, logré tranquilizarme y recuperé mi aplomo.
La última vez que estuve con un pequeño contingente fue anteayer. Eran en su mayoría personas amables y condescendieron en ingresar al museo. Subimos las escalinatas del palacio y a partir de ese momento los dejé que vagaran a su antojo. Por mi parte, me dispuse a examinar la escultura que Antonio Canova le hizo a la frívola hermana de Napoleón. No se porqué, últimamente, me ha dado en creer que la blanca belleza de Paulina Bonaparte, reclinada como una Venus de mármol, con su manzana en la mano, me ayudaría, a modo de talismán, para conjurar el hechizo del Caravaggio.
La imaginaba misteriosa como una esfinge y caminé en torno de ella, escudriñando la perfección que la hizo célebre. Fueron momentos de enorme intensidad emocional, en los cuales seres y cosas circundantes se esfumaban, en medio del mayor silencio concebible. Al cabo de unos minutos, a paso lento me alejé de allí, caminando de memoria, mirando al piso, porque en verdad ya nada me preocupaba. Cuando me detuve frente a la pintura del Caravaggio; lo hice de un modo desafiante, como increpándole su responsabilidad en las desquiciantes visiones que tuve en el pasado. Me sentí confortado cuando levanté la cabeza y observé la faz serena, casi piadosa del victorioso personaje bíblico.
En ese instante maravilloso sentí que algo largamente opresivo se aflojaba en mi estómago, cual nudo que al desatarse atenuara mis más íntimas tensiones. Con esa circunspección que destila la confianza (y en ocasiones el miedo), dirigí una mirada tangencial hacia las ropas de David, a la piel lampiña de su tórax, al brazo juvenil iluminado por una luz inextricable, a la mano escorzada… “¡Cuanta belleza!”, me dije.
Extasiado, puede que hasta feliz, bajé la vista para contemplar los negros cabellos, la entreabierta boca, los ojos cegados por la muerte en la lóbrega expresión de Goliat.
Caía la tarde y la sala estaba vacía, Se aproximaba la hora del cierre y pronto debería marcharme. En ese instante último y fatal, atisbé en el lienzo, como en un espejo, la lividez mortal de mi semblante, precisamente allí donde el Caravaggio había pintado la testa cercenada del gigante filisteo.

ELISA

De todas las amigas que mi hermana tuvo tanto en su infancia como en la temprana juventud, recuerdo de un modo especial a Elisa, menos por haber conservado ambas aquella amistad en la edad madura, que por una particular vivacidad de carácter que la distinguía del resto de las muchachas. Era yo unos cuatro años mayor que aquellas jovencitas, lo cual me daba un notorio predicamento ante el inexperto criterio de sus juveniles valoraciones. Aclaro que no retaceaba mis arrestos amatorios entre las más bonitas de entre ellas, facilitados por la confianza con que circulaban por mi casa, pues era yo -como con frecuencia sucede en la mocedad- un cultor de la política de tierras arrasadas. Esto generaba no pocos reproches familiares y un fundado escepticismo en Julia, mi hermana, ante mis fútiles promesas de armisticio sexual con sus compañeras, poco afectas, lo mismo que yo, a ninguna clase de treguas en ese sentido.
¡Dorados tiempos! En aquel casual serrallo, Elisa fue la única que sorteó mis añagazas, convirtiéndome con el devenir del tiempo, de cazador en presa. A ello contribuyó ciertamente su admirable estampa. Era alta y esbelta. Me atraían sus senos de turgencia comparable a las frutas tropicales, de esas que hacen agua la boca. Su cintura breve, sus caderas proporcionadas, sus muslos densos se me antojaban cincelados por algún orfebre desconocido. El rostro delicadamente perfilado, los enormes ojos zarcos, la sonrisa franca con que iluminaba alguna frase ingeniosa, los cabellos del color de los trigales, eran como el presagio de un éxtasis inefable. Recuerdo con nitidez los paseos en las tardes estivales, cuando a su paso se producía un ojeo de hombres. Era capaz de quebrantar hasta la dura disciplina de un monasterio. En su personalidad no habitaban prejuicios ni represiones, todo era posible en su mirífico universo. Sobrada de sensualidad y fineza, decidida y tenaz como pocas, ella era, en mi opinión, la mismísima reencarnación de Eva en el edén. No obstante, como en todos los paraísos que la mente humana concibe, en éste también habitaba una serpiente...y se ocultaba en las hondas averías de su índole.
Elisa tenía un natural histérico que reposaba en los repliegues de un temperamento cíclico. Era de a ratos maníaca, desbordante, fresca y prometedora como un capullo de rosa perlado por el rocío matinal que de pronto marchitaba en la sordidez de sus fases depresivas.
Estuve firmemente amarrado a sus caprichos tanto por los poderosos lazos con que me ató la pasión que me devoraba, como por el torrente de hormonas que prodigaba mi sangre veinteañera. Nos amábamos frenéticamente. Entrambos nos correspondíamos en calidad y cantidad. Sin embargo, inadvertidamente, junto al suyo, mi espíritu se habituó a subir y bajar por las empinadas cuestas de sus humores arrebatados. Cuando el sol brillaba alto sobre el horizonte de su alma, me daba a beber jugos melifluos. Entonces mi sensibilidad vagaba por celestiales caminos. Luego, subrepticiamente, sin que nada lo hiciera suponer, su carácter se despeñaba en las turbulentas profundidades de la tristeza. Entonces, el tiempo harto breve de mi regocijo desaparecía. La dicha se escapaba de mi vida como la arena seca entre los dedos. Nauseaba con el fruto amargo de su indiferencia. El doloroso silencio que su juicio atribulado imponía estragaba mi ánimo y me arrastraba hacia un remolino de pesares. Inútiles eran mis cartas y mis llamados, vanos los desesperados intentos por rescatarla de aquella tenebrosa región en la que periódicamente se sumergía. Mi desconsuelo era absoluto, mis sufrimientos intolerables, mi corazón un erial irrecuperable.
¡Maravillosa edad en la cual amábamos para siempre y sufríamos hasta en la fibra más recóndita del alma! Era la alborada de la vida y en mis acciones campeaba la pura ignorancia de la verdadera naturaleza humana, particularmente la que concernía al género femenino. A fuerza de creer sin riesgo cualquier empresa me había arrojado al abismo de su amor con la temeridad de mis pocos años. Elisa alternaba sus órbitas anímicas con una precisión de calendario. En dos o tres semanas las nubes se disipaban en su mente y otra vez amanecía en las pupilas de sus preciosos ojos azules. La torva displicencia que sombreaba sus horas y las mías, se trocaba en renovadas mieles y prodigios que se derramaban sobre mi antigua pena. Volvíamos a ser los amantes insomnes y ardientes que regresaban al territorio de sus hazañas. De todo lo pasado me olvidaba libando el zumo de su piel dulce.
Elisa fue mi razón de vivir durante esos años intensos. Al influjo de sus abruptos solsticios me abrasaba en el estío o me atería en sus hielos. Vivía contemplándola o ascio en el tórrido desierto de su pena o plácido a la lumbre fugaz de su alegría.
Lento, el tiempo pasó a través de nuestro amor. Sedimentó sucesos diversos y emociones dispares.
Cuando llegué a los confines del placer y del dolor, en marchas forzadas por arduos senderos, pude - nunca supe muy bien cómo- desatar los nudos de tan estremecedora convivencia. Acaso inclinado por el deseo de afectos más estables, o tal vez por alguna íntima cobardía frente a las fatigas que suponían los melindres de aquella mujer pendular, lo cierto es que elaboré con tenacidad de alquimista, potentes contravenenos para salvarme. Saboreé las últimas gotas del amor de Elisa con paladar de libertino. Me desarraigaba de ella, serenamente, como quién se duerme al final de una laboriosa jornada. Así transcurrió mi singladura hacia el desapego. Fatalmente se desintegraba la candidez de mis juveniles sentimientos.
Por Elisa adquirí la dudosa destreza, casi tauromáquica, de soslayar las densas pesadillas de su ser destemplado, cuando sobrevenían tormentosas y puntuales. Herida de muerte, mi pasión languidecía. Poco a poco se fue extinguiendo, despojada de dolores, pero también de entusiasmo, como si los unos no pudieran existir sin los otros. Jirones de aquel gran amor quedaban al costado del camino cual redrojos de una vendimia apresurada. Un año más tarde ya no sufría por Elisa. Quizá ya no la amaba, o, si cabe la idea, ya no podía amarla. Una mezcla de rabia, hartazgo y desengaño corrompía aquel afecto preliminar. Había comprendido, para bien o para mal, con frialdad de mercachifle, que los goces de aquella relación no guardaban proporción con los dolores que producía. Mis ojos comenzaban a ver, y el amor...lástima grande, necesita de ciegos.
Amigablemente nos separamos. Ella prosiguió su camino y yo marché por el mío.
Con los años, Elisa devino más hermosa aún. Su belleza la debía a la prodigalidad de la naturaleza y al cultivo de una personalidad minuciosa, imaginativa y en cierto modo cruel.
Tras su paso por el conservatorio de arte dramático se fue a Nueva York a estudiar en el Actor´s Studio. Después llegaron los premios y la consagración como gran actriz. Su índole pirofórica se inflamaba al contacto con la escena. Talento no le faltaba y suerte tampoco. Aceptaba el prestigio y la fama al desgaire. Pasado los treinta se casó con un inglés, virtuoso concertista de violín de nombradía universal y delicado intelecto. Era unos treinta años mayor que Elisa y enloquecido de amor, paseó la belleza de aquella mujer por todos los auditorios del mundo. Además colaboró sobremanera a encumbrarla en su carrera. Al cabo de cuatro años, un ataque al corazón se llevó a la tumba al insigne músico. Al enterarme, no pude evitar una impropia asociación con mis pasadas experiencias.
Poco duró su luto. Si alguna atrición cobijaba, la liquidó rápidamente. Sus triunfos artísticos recomenzaron y el periodismo daba cuenta de sus impares actuaciones. Era como si Racine o Ibsen hubieran perfilado sus heroínas pensando en ella.
Ocasionalmente, dada su estrecha amistad con mi hermana, nos hemos encontrado. Un antiguo sentimiento, embozado entre los recuerdos, nos ha llevado apenas a intercambiar frases de circunstancia. Más de un cuarto de siglo ha pasado sobre nuestra historia.
A veces imagino, desde mi perspectiva de solterón enmohecido, que aunque crea que me libré para siempre de la pesada carga de aquella liviana mujer, aún arrastro, como a una sombra, la cadena de la vieja esclavitud que alguna vez me impuso...
Hace algunos meses se volvió a casar con caballero de su edad. Un tronado hidalgo de criollo linaje, con más blasones que fortuna. No pude evitar un regusto acibarado al escuchar los detalles de la boda relatados por mi hermana.

UN EQUÍVOCO FATAL

"No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad."
Platón

El sucedido que da pie a este relato me fue comentado creo que por el año 1958 o 1957, por Lucio Bertelli, el capataz de mi cuñado, en circunstancias en que yo pasaba un fin de semana en la estancia, de paso hacia Pergamino, donde debía anudar algunos negocios.
Era una bella mañana de primavera y mientras caminábamos con mi hermana, conversando de pequeñeces, nos arrimamos al humeante asador donde estaba Lucio dándole instrucciones a un mensual. Al vernos nos saludó y nos presentó al hombre, un tal Elvino Barragán, amigo de la infancia, según nos dijo, y que había venido para prestar servicios por un tiempo.
El hombre, de cabellos entrecanos, nos clavó la mirada de sus ojos claros de un modo singular e hizo una leve inclinación de cabeza a la par que proseguía encendiendo un fuego. Algo debió sucederme al verlo, curiosidad o intriga no podría decirlo, ya que por la tarde, mientras deambulaba medio sin rumbo, me crucé con Lucio por el lado de los galpones y decidido lo detuve. Le inquirí pormenores de la vida de aquel sujeto. Sabedor de mi inclinación por las historias, sonrío y a la sombra de un enorme plátano me relató el extraño destino de su amigo.
Era el mayor de los cinco hijos de Servando Barragán, un ganadero de la provincia de Córdoba, hombre chapado a la antigua, con fama de calavera en sus mocedades, pero avisado y derecho en asuntos de dinero en su madurez, que hacía de la amistad un culto supremo. Los amigos lo tenían en alta estima tanto por sus valores morales como por su mano pródiga. Jamás dejó de ayudar a un camarada necesitado, y cuando socorría lo hacía con discreción y desinteresadamente. Era lo que se dice un hombre de honor. Su esposa provenía de una familia de vieja raigambre en la provincia de Salta y cuidaba de sus hijos como una gallina a sus pollitos, hasta que llegado el tiempo, las hijas se casaron y los tres varones pasaron a revestir bajo las órdenes del padre en los asuntos del campo.
Elvino resultó habilidoso para las cuestiones de la hacienda. Comprar y vender ganado era lo suyo y pronto conoció todos los secretos del oficio. Era un muchacho trabajador pero medio cabeza hueca en asuntos sociales. El juego, la farra y las polleras lo ocupaban acaso en demasía. Su padre, zorro viejo, lo dejaba cansarse en ese camino, confiado en que el tiempo acomodaría las cosas. En parte tuvo razón, el muchacho se alejó del juego y de las farras, pero conservó una afición acaso excesiva por las mujeres, facilitada por su buena estampa y posición.
Ramiro Casasbellas, gran amigo de Servando y socio en algunos emprendimientos, enviudó por el año 1925. No tenía hijos y un par de años más tarde se enamoró perdidamente de una bella porteña, puede que unos treinta años más joven que él, y a la cual, luego de desposarla, introdujo en el seno de la buena sociedad cordobesa. La familia de Barragán le abrió de par en par, a Iris, que así se llamaba la moza, las puertas de la casa y del afecto. Iris, compensaba prodigando sus finos modales, su elegancia y simpatía a troche y moche, para regocijo de su marido y de los integrantes del círculo que frecuentaban.
Transcurrió para Casasbellas un quinquenio feliz, viviendo con la esposa y el hijo que les había nacido, ya en la ciudad durante los inviernos, ya en el campo durante los estíos. Pero como se imagina o se sabe, la mujer coqueta, en el ocio o en el tedio hace florecer su imaginación, que sin demora, la lleva de la mano hacia el equívoco.
El diablo por su parte, operó con sigilo en el espíritu de Elvino Barragán, y el muchacho que desde que conoció a Iris le había prestado una secreta admiración, tuvo durante la fiesta de su cumpleaños número 30 un preciado regalo de la mujer: El destello de una mirada fugitiva e insinuante. Así empezaron las cosas.
Se veían en la intimidad del departamento que Elvino acondicionó en las afueras de la ciudad, con una frecuencia y un ardor contraproducente para la seguridad del vínculo. El padre del muchacho sospechando la macana, al confirmarla lo conminó, furioso como Zeus Olímpico, a que cesara en el acto esa vergonzosa relación, cubriendo el asunto con un espeso manto de silencio, para que su amigo no tuviera conocimiento de semejante bajeza.
Era hombre de autoridad y respeto y el hijo partió con el rabo entre las patas, ya que lo despachó para que se ocupara en administrar unos campos que tenía por la frontera con San Luis, con el propósito de poner distancia y paños fríos al impropio romance, y más que dolido por la traición incubada por su hijo en el seno de la amistad con Casasbellas.
Poco duró la cura de aquellos males. Los amantes volvieron a las andadas. A Elvino se lo veía a menudo por la ciudad, abandonando sus labores y yendo a entregarse a los ardores de aquel enredo canallesco.
Iris, como a menudo sucede, pretendía lo mejor de ambos mundos: La fortuna y el bienestar de su matrimonio y las delicias que le prodigaba el fervor de su joven amante. Era demasiado bueno para que durara. Casasbellas, enterado de la situación mató a su mujer y luego se pegó un tiro en la cabeza. Un murmullo gélido recorrió la ciudad, sentimientos de rabia y estupor entre los íntimos, chusmerío y maledicencia entre el vulgo.
El viejo Barragán no dijo una palabra. Le echó los perros a su hijo, se las arregló para desheredarlo y lo condenó al destierro. Su mano larga impidió, mientras estuvo con vida, que alguien ayudara a Elvino en la penuria. Aquel hijo había muerto en su corazón, tal como había muerto su amigo.
Elvino mitigó sus pesares en el alcohol y hacía changas rodando por los pueblos del norte de la Provincia de Buenos Aires para sobrevivir quién sabe cómo. Expulsado de su medio social, rechazado por la familia, preso de hondos pesares, arrastró su existencia cargando la pesada cruz de aquel desvarío.
Días atrás cayó por la estancia y Lucio, compadecido, lo conchabó por unos meses, a sabiendas de que no había mucho más que pudiera hacer por él.
--Ahí lo vé, haciendo lo que le mandan, sin darse con nadie. Cuando llega el domingo y todos salen para el pueblo en busca de alguna alegría, él se queda con los perros, mateando en silencio bajo el alero del rancho de la peonada, como esperando una muerte que no se anima a apurar. Esa es la historia del hombre, que conoció removiendo las brasas, allá en el fondo, para hacernos el asado que hoy comimos. --Sentenció Lucio con una mueca triste en su rostro.
Se marchó y yo permanecí muy quieto, apoyado en la alambrada de un potrero, cabizbajo, pensando para mis adentros que los humanos nunca acabamos de entender que el inconstante Cupido, caprichoso como él solo, pocas veces resulta buen consejero en las cosas de su especialidad.

EL VIAJE

Yo conversé con él en la vigilia
y todavía me atormenta el encuentro.

J.L Borges

Los progresos científicos del siglo XXIII permitieron a Ismael Cáceres, físico de la Universidad Libre de Bruselas, poner a punto su Transcrono, una complicada máquina del tiempo con la cual, al cabo de un lustro de labores, pudo alterar el natural acontecer de la temporalidad, en el sentido que logró penetrar el futuro en unos pocos segundos. Esto equivale a decir que se anticipaba un poco, adelantándose al presente, lo suficiente para escuchar el canto de un zorzal antes que el ave abriera su pico, para ver la luz de una estrella antes que se encendiera, o apreciar el olor de las flores del limonero antes que este aromara la primavera. El procedimiento, a todas luces interesante, era desde el punto de vista del capitalismo tardío, inútil, sobre todo en relación a los costos que insumía la experiencia.
Algo decepcionado, el científico imaginó mejorar la utilidad del invento con la inversión del proceso, y de ese modo logró, tras infinidad de retoques en fórmulas y enunciados, enfocar el funcionamiento del artefacto hacia el pasado. Muchos fueron los intentos fallidos y cuando estaba a punto de claudicar, el 12 de marzo de 2214 logró retroceder en su propia vida, algunos segundos al principio, y luego, horas, días y meses. Uno de los problemas a resolver era la brevedad de la permanencia en el pretérito. Al cabo de un año de ensayos, Cáceres se sostenía en el ayer apenas unos cuarenta o treinta segundos. Uno de los detalles que tempranamente advirtió fue la irevocabilidad del pasado, el cual no era susceptible de ser manipulado.
Logró en esos efímeros viajes, mantener algunas breves conversaciones consigo mismo, pero el otro (él), era impermeable a sus advertencias. En uno de los retornos al laboratorio no evitó escribir en su diario, con letras griegas, el nombre que vino a su memoria: Κασσάνδρα, (Casandra, la que enreda a los hombres) la hija de Príamo, princesa de Troya ornada por Apolo con el don de la profecía. El dios, al verse rechazado en su amor, la castigó escupiéndole en la boca. La maldijo conservándole los arcanos de la adivinación, pero sin que nadie creyera en sus vaticinios.
Al cabo de algunos meses, el obstinado Cáceres, modificando mecanismos y ecuaciones logró permanecer un buen rato en aquel ayer (su ayer remoto). En su último intento, a finales de 2215, alcanzó a remontarse hasta unos cuarenta años atrás, durante la friolera de 43 minutos.
Como se dijo, al enfrentarse con quien antes era, le costó trabajo reconocer a ese muchacho alto y vigoroso. Se quedó largo rato mirando aquel rostro joven, de sonrisa fácil y mirada limpia. Tuvo un recuerdo fugaz para esa frente despojada de arrugas, sobre la que caía el mechón de pelo oscuro. Creyó reconocer en la biblioteca algunos libros similares a los suyos, y en la pared, la reproducción de Las tres edades del hombre, la pintura de Giorgione que aún se opacaba en su estudio
Se presentó al extraño, y éste lo miró tal como lo hiciera Hamlet ante el fantasma de su padre, curioseando sus ropas, aunque a diferencia de aquel aparecido, Ismael Cáceres no llegaba para clamar venganza, sino para indagar sobre los nebulosos anhelos y creencias de ese hombre, y tratar de explicarle lo que sobrevendría.
¡Torpe de él! Ya sabía, por la experiencia reciente, que era una vana pretensión la de jugar al marinero haciendo girar un timón que no alteraba el rumbo de la barca.
Deseaba, casi con desesperación, hacerle ver lo sinuoso del camino elegido, las iniquidades que se ocultaban en las sombras, los pasos absurdos hacia el abismo, pero el otro lo desoía y con voz clara, entusiasta, pormenorizaba las cuestiones que lo inquietaban. Esbozó cada sueño, cada sentimiento, todo el intrincado andamiaje de su fe, con meridiana claridad. Cáceres no lograba disimular la mirada escéptica, el rictus de la boca, que se insinuaban en su semblante ante cada frase que el joven pronunciaba.
Intentó referirle el sombrío porvenir, la certidumbre que de todo ese cúmulo de ansias que atesoraba, casi ninguna llegaría a buen puerto. Le habló del amor y sus acechanzas, del destino aciago que el tiempo reservaba para los mejores de su generación, le auguró la decadencia de esa tierra que pisaban, la pequeñez moral de aquellos en quienes creía, la certeza, en suma, que el tiempo pasado fue mejor.
El otro lo miraba sin comprender, o acaso se negaba a hacerlo.
--¿Qué derecho tenía a irrumpir en su vida, denostando lo que vendrá? --Le dijo seriamente.
--¿Ignoras acaso que todo hombre es el arquitecto de su propio destino?
¿Qué podría responderle?
Volvió un par de veces más a aquel período, pero en cada ocasión, ambos hablaban menos y se observaban más. La sonrisa franca del joven enmarcaba las palabras con las cuales trataba de infundirle ánimo, de explicarle que aquello que escondía el horizonte podía ser interpretado de diversas maneras, no necesariamente teñidas con el cristal del cinismo. Que valía la pena sostener aquellas ideas…
Abismado por la impotencia, resignado a soportar el equívoco sin remedio, transido de dolor al verlo (verse) desvalido por la fuerza ciega de la juventud, oprimió el botón de retorno y volvió al laboratorio, a sus estudios, a sus cálculos inútiles.
Jamás regresó a visitarlo. Ya se sabe que cada quien habla para influir al semejante. Carecía entonces de sentido aquel diálogo estéril, amputado, inhibido de modificar las circunstancias.
Pasado el tiempo, supo Cáceres que el otro olvidó todo e hizo su vida como pudo, que a fuerza de resistir devino un hombre viejo, solitario, descreído de casi todo, que pergeñó y experimentó cosas que a nadie le importaron, y que está muy cerca de dar sus últimos pasos. Que lo sabe y que acelera la marcha con impaciencia.

EL OTRO LADO DE LAS COSAS

“El justo vivirá por su fe”
Habacuc

Cuando el jefe de la Kriminalpolizei asignó al inspector Martin el caso de la desaparición del Profesor Aristóbulo Carabanchel, científico de la Universidad de Wittenberg, célebre por sus descubrimientos en el campo de la fisiología cerebral y por los admirables trabajos que precisaron la ubicación de la así denominada alma humana en el lóbulo frontal del hemisferio derecho, no imaginó las implicancias y derivaciones que el asunto tendría.
Carabanchel, como de costumbre, había abandonado el Departamento de Neurofisiología de la Universidad a las 19.30 hs. del miércoles 31 de Octubre. Jamás llegó a su domicilio de la calle Brandt y su auto, un Volkswagen azul, apareció en las afueras de la ciudad sin evidencias de robo, desperfectos o accidente. Los habitantes de la zona no aportaron demasiados datos, hasta que un ciudadano, natural de Berlín, enterado por los diarios del suceso, se presentó espontáneamente en el Departamento Central de Policía para ofrecer su testimonio. Era un chofer de camión que recordaba haber visto el Volkswagen azul, detenido entre dos autos y a tres personas que introducían, con violencia, a un hombre mayor, vestido de negro en uno de los vehículos.
La certeza del secuestro se impuso en la línea de investigación. El registro minucioso del departamento y el despacho de Carabanchel en la Universidad, aportó evidencias de un saqueo sistemático de los planos del VEG y de todas las notas del Profesor (pérdida irreparable ya que no había copias de ellos), fue hallado un diario íntimo oculto en un anaquel secreto de la biblioteca, en cuyas últimas páginas aparecían pistas relevantes acerca de las preocupaciones que lo atribulaban...

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“En 1517 llegó a Wittenberg, un fraile llamado Juan Tetzel recogiendo dinero para acabar la construcción de la iglesia de San Pedro en Roma, dando indulgencias* en cambio, con autorización del mismo Papa y del arzobispo de Mainz. Tetzel afirmaba que cada vez que se oía sonar el dinero al caer en la caja de recaudación, se libraba un alma del purgatorio. El pueblo entendió que se compraba no solo el perdón de los pecados pasados sino aún el derecho de pecar durante los días futuros, doctrina que soltó todos los lazos de la moralidad. Lutero conoció el maléfico efecto de la venta de las indulgencias por medio del confesionario e indignado escribió sus famosas 95 tesis, clavando lo escrito en las puertas de la iglesia del Castillo de Wittenberg el día antes del de Todos los Santos, para que fueran leídas por los que llegaran a la celebración de este día. En esas tesis sostuvo que el Papa no podía absolver sino de los castigos que el mismo hubiera impuesto, y que estos no se extienden más allá de la muerte; que la absolución se debe a todos los penitentes y que ésta no es indispensable. Más valen las obras de piedad y de misericordia. Preguntaba además porqué el Papa no libraba a todas las almas de una vez del purgatorio, si es que en verdad poseía tal poder, movido compasivamente por sus sufrimientos, en lugar de sacarlas poco a poco por dinero”.

* “La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los Santos. (Código de Derecho Canónico de 1983, Libro I, Título IV, Capítulo IV, Canon 992)

“Cuando tomé la decisión de publicar los resultados de los 95 casos estudiados, no imaginé que sería objeto de persecución por parte de la renovada Inquisitio Haereticae Pravitatis Sanctum Officium. Creía, con la ingenuidad que a veces me acompaña, que todo hombre podía expresar sus pensamientos sin censura ni opresión, máxime si estos eran avalados por el rigor de la ciencia. A más de ocho siglos de haberse instaurado la Inquisición en el sur de Francia para combatir la herejía de los cátaros y lejos ya de la infame ejecución del maestro de escuela valenciano Cayetano Ripio, acusado de no creer en los dogmas católicos y ahorcado por hereje en el lejano 1836, sin que se hubiese escuchado su testimonio ni hubiera tenido derecho de defensa, era impensable que los jerarcas residuales de la fe católica, instalados en un aislado Vaticano, tan distante del sentir de los humanos como Titán, la misteriosa luna de Saturno, pudieran objetar mis conclusiones, tal como el papa Urbano VIII y el cardenal Bellarmine lo hicieran con Galileo cuatrocientos años atrás.
Hace más de un lustro que puse a punto los finos mecanismos del Videoencefalógrafo, un complejo sistema de análisis molecular que permite reproducir mediante imágenes y palabras el pensamiento de todo sujeto que se sometiera voluntariamente a la prueba, y la palabra voluntad adquiere en mi invento un valor fundamental, pues por mecanismos que me son desconocidos aún, la determinación en contrario del examinado, bloqueaba las funciones encefálicas susceptibles de ser analizadas.
Con el VEG (siglas con que fue registrado el aparato), estudié los cinco minutos posteriores a la muerte clínica de 95 seres humanos de ambos sexos. Treinta de ellos eran integrantes de congregaciones de las tres grandes religiones monoteístas, otros treinta eran personas del común, de diversos estados civiles y condición social, incluidos cinco niños menores de 4 años y el resto feroces asesinos seriales condenados a prisión perpetua.
El objetivo del esta tarea fue determinar en general los procesos cerebrales post mortem que el VEG registraba con minuciosa perfección, y en particular el devenir del alma de los difuntos.
Los grupos de población fueron escogidos en la inteligencia tradicional que los del primero pasarían al paraíso por haber vivido en algún grado de santidad y por haberse confesado antes de expirar; que los del segundo, considerados ofensores leves, purgarían los torpes pecados que en vida cometieron, durante un cierto tiempo en medio de las torturantes llamas del purgatorio; que los cinco niños morirían en estado de gracia por ser santos inocentes y que el de los treinta asesinos seriales, pasarían directamente al infierno por sus pecados capitales.
Los resultados finales, en resumidas cuentas, probaban que el 78 % del GR (grupo religioso) luego de su muerte y tal como habían vivido, no registraron ninguna actividad cerebral que evidenciara reflexión, observación ni conclusión alguna. El VEG denotaba en todos ellos una sucesión de imágenes oníricas plenas de anhelos de eternidad, que provenían del lóbulo temporal izquierdo y finalmente un estado angustioso con sonidos de protesta ante la nada que observaban. En el 22 % restante se registraron fugaces sensaciones placenteras al cesar la actividad del alma, y una cierta sorpresa ante la oscuridad final que evidenciaba el VEG.
El 98 % del GC (grupo común) mostraron un patrón de pensamientos confusos, donde se reflejaban ansias ilusorias de una vida igual o mejor, en el otro mundo que imaginaban, también se consignaron pensamientos penosos con idéntica desazón a los del GR ante el oscuro fin. El 2 % restante no evidenció emoción alguna y cesó su actividad anímica sin pena ni gloria.
Del grupo de los asesinos seriales (GAS) el 81 % denotaba un estado de temor, influido culturalmente, y aparecían ideas de arrepentimiento junto a imágenes evocativas de sus crímenes. Curiosamente en los treinta segundos finales el VEG registró en todos ellos una serenidad creciente y un estado de felicidad plena en 92 % de los casos, al advertir que no había ni juicio ni castigo del otro lado de las cosas.
El alma se evidenció indisociable del cuerpo mortal, cesando su actividad con éste, sin pruebas de un tránsito a los diversos destinos que las teologías afirmaban, fueran estos paraísos, purgatorios o infiernos.”

 

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Los dos automóviles llegaron por un camino secundario, ya entrada la noche, al pequeño aeropuerto de Neruppin. Despegaron en un avión privado con rumbo a Roma. El capitán de la guardia Suiza que los esperaba en Fiumicino, se hizo cargo del profesor Carabanchel y lo trasladó a las dependencias de la Congregación, donde era aguardado con impaciencia.
La congregación citada era un órgano colegiado con la función de custodiar la correcta doctrina católica, definida según el Artículo 48 de la Constitución Apostólica promulgada por Juan Pablo II y es la sucesora de la antigua "Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición", fundada por Pablo III en 1542 bajo la influencia del cardenal Giovanni Pietro Carafa, quien años más tarde se convertiría en el Papa Pablo IV, y en cuyo Pontificado el Santo Oficio se convertiría en su arma más poderosa.
En los archivos secretos, a mano derecha según se va al fondo del segundo pasillo, en el tercer estante del armario LVI hay un delgado cartapacio identificado SO/C 123323. Dentro de él, en la última página del proceso a Aristóbulo Carabanchel, en papel membretado con escudo que porta la cruz, la espada y la rama de olivo se lee:
“Reunido el tribunal para juzgar a Aristóbulo Carabanchel, acusado por la herejía de sus pertinaces afirmaciones sobre la topografía del alma y su posterior disolución luego de la muerte corporal, recibe condena vehemente tras haber sido promulgados los respectivos Edictos de Fe y de Gracia.
Habiéndose procedido a los interrogatorios procesales y a la invitación confesional in carcer durus, ante la negativa del reo de arrepentirse y retractarse, se procedió a la ulterior privación de alimentos y posteriormente a la tortura según las normas impuestas en 1252 por Inocencio IV.
Expresó el reo su inocencia, afirmando después que era ilusoria tanto la migración anímica como la existencia de purgatorios y otros sitios fantásticos. Dijo que se sentía orgulloso de haber contribuido a erradicar la creencia en estas entidades que habían causado grande desdicha a la especie humana, sin desconocer que fueron inspiradoras de obras eminentes como la Divina Comedia de Dante y el drama Hamlet de Shakespeare, en cuya escena primera aparece y luego dialoga la sombra del rey muerto con el joven príncipe. La pertinaz herejía de Carabanchel conllevó un oportuno castigo divino, ya que en el interrogatorio del día 21 de diciembre, sufrió un paro cardíaco que le ocasionó la muerte. Los restos del reo fueron incinerados junto con los documentos de su obra”.

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N del A.
Según me informó uno de los ayudantes de Martin, cuyo nombre por seguridad omito, el inspector haciendo gala de infinita sagacidad y paciencia fue acumulando datos, evidencias y testimonios que llevaban las sospechas del rapto hacia la ciudadela que se alza al final de la Via Della Conciliazione. Diversas razones de estado esgrimidas por sus superiores, lo disuadieron de proseguir la pesquisa hasta las últimas consecuencias. El caso fue archivado sin quedar resuelto. Martin falleció en un accidente de tránsito en junio del año pasado, en circunstancias que no han podido ser debidamente esclarecidas.

 

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