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RELATOS


Por Eduardo Tolosa
efc@montevideo.com.uy

El Pescador
Incendio en la Jungla
Villa Laureles
El pequeño islote

 

 

EL PESCADOR

 

Delmiro Sanabria tenía por costumbre ahuyentar los mosquitos en orden, porque nada debía hacerse en forma aleatoria para el hombre, no señor. Primero estaban los que molestaban la vista y el oído, después los que se empecinaban con intentar succionarle la sangre del cuello y las manos. Raramente se tenía que proteger el torso porque fuera la época del año que fuera, aquel personaje del pueblo siempre estaba ataviado con un buzo de lana cruda, más bien grueso. Ahora bien, dejada de la mano de dios, casi abandonada, se encontraba la parte inferior de su cuerpo, y no es que las picaduras de los insectos no le molestaran, la razón que esgrimía es que si se movía demasiado se le podía espantar la pesca. Las lombrices tenían que ser clasificadas y debidamente acondicionadas antes de salir a pescar, no sea cosa que el individuo se fuera a encontrar alguna tarde frente a alguna circunstancia imprevista en el momento de ejercitar su deporte favorito: el baño de río de lombrices al que él solía definir como pesca.

No se le conocía en la historia del pueblo ninguna pieza que hubiera podido atrapar. Y no era que no lo hubiera intentado, faltaría más. Veintidós años hacía que asomaba su figura lánguida todas las tardes en las aguas del río como un ritual de perfectas costumbres, tan perfectas que para no variar nada jamás había pescado ni siquiera un pequeño ejemplar.

Una tarde de sol abusivo, el tozudo Delmiro emprendió como de costumbre su fanático ritual. Se vestió meticulosamente sin olvidar su segunda piel, el añejo pullover de lana cruda que tantas jornadas había compartido con él en la ribera del río. Mojó un poco el patio y escarbó entre las plantas para rescatar una docena de lombrices que sin ser preguntadas acababan de ser convidadas a ser parte de la vespertina manía de clasificarlas. Ordenó la pequeña maletita que contenía todo lo imaginable para esos menesteres y munido de todo ello más la caña y su vieja banqueta de lonilla emprendió el camino de pocas cuadras que lo separaban de su segundo hogar, la balconada detrás de la desembocadura del pequeño arroyo, un fantástico lugar para pasar las tardes disfrutando del paisaje, del aire puro, de la naturaleza en pleno, pero evidentemente y según lo marcaban estrepitosamente las estadísticas de más de dos décadas un pésimo lugar para la pesca.

Una vez llegado al lugar y cuasi como de memoria, la delgada figura repitió paso por paso los movimientos que día a día le convocaran desde hace tanto a ser considerado por los lugareños como un elemento más del paisaje de aquellos parajes.

La tarde se escapaba tranquila y silenciosa, como todas las tardes durante aquellos años cuando de repente ocurrió algo que sorprendió a la fauna y la flora del lugar, fue tal la sorpresa que ni los pájaros emitían sonidos, la brisa se detuvo para no silbar entre los juncos, hasta los árboles enmudecieron en espera de saber si aquello era real o solo un sueño. Don Sanabria no daba crédito a sus ojos y tenía miedo de parpadear y descubrir que aquello no era cierto. Tiró la tanza y se movió la boya. Un venteveo asomado desde lo alto emocionado creyó verlo. La boya volvió a moverse y se hundió un poco. Hasta las lombrices que esperaban en el tarro querían asomarse para verlo. Por fin el tirón fue seco y la boya se fue hundiendo como dejando que el agua la invitase a conocer el fondo. El hombre no sabía como reaccionar, es decir, la teoría la tenía muy clara pero en la práctica era donde le faltaba experiencia y de pronto fue todo nervios. Por un instante, que pareció eterno, se quedó allí petrificado sujetando la caña con ambas manos y mirando como la tanza se perdía dentro del río. Una duda le vino a la cabeza pero pronto la despejó, era imposible que se tratara de otra cosa que no fuera un pez... o no? De cualquier manera éste era el momento que había estado esperando desde hace veintidós años, éste era "su" momento. Ningún bicho acuático forastero le iba a arruinar su gloria y su trofeo. Entonces el pescador de sueños eternos jaló con fuerza y dio un tirón tan potente que al salir el pez del agua voló por los aires muchos metros. La tanza no resistió la emoción y soltó la pieza que dando vueltas y más vueltas fue a parar a los pies del añejo árbol donde se posaba el venteveo. Tal susto se pegó el ave que huyó y nadie nunca más le ha visto. Susto tenía Delmiro, que en su vida había visto aquello. Hasta ese momento su relación con el río era de respeto mutuo, pero algo había cambiado. Una vida había sido arrancada de las entrañas de sus aguas y ahora yacía inmóvil sobre el duro suelo. El hombre contempló al animal que no se sabía si había muerto por sacarlo del agua, por el tremendo golpe al caer o de susto por el inesperado vuelo al que había sido lanzado sin aviso previo. Muchas cosas pasaron por la cabeza de aquel pescador del pueblo, veía conquistado su afán y destrozada la magia. Ya no era la pesca un pretexto para disfrutar de la naturaleza, algo había cambiado. Un límite no definido ni conquistado se había traspasado y ese viaje no tenía retorno. El producto de su pesca estaba allí, inerte, rígido y tieso. Se secaban rápidamente sus escamas al calor de la tarde. Se secaban tan rápido como crecían las tribulaciones en la mente del pescador, ahora conquistador de su anhelo.

Cuentan quienes conocen la historia por cierta y no por un mero cuento, que Delmiro Sanabria tomó al pez en sus manos y caminó de vuelta al pueblo. Los que le vieron no se atrevieron a felicitarlo, porque aquel vecino estaba de duelo. Había muerto su fantasía, había llegado a puerto. Pero una vez que estuvo allí se dio cuenta que lo que se decía no era cierto. Todo cambia y aquel hombre había cambiado. Ya no se puso más su buzo de lana cruda, ya no mojó más el patio y escarbó entre las plantas. Ya no sacó a pasear lombrices. Ya no le importaba el ritual ni creía en lo exacto como cierto. Cuentan en aquel pueblo que aún hoy se puede ver a Don Sanabria todas las tardes sentado en la balconada del río, acomodado en su vieja banqueta de lonilla. Pero ya no lleva caña ni anzuelos, ni siquiera a su vieja maletita de pesca ordenada y utópicamente perfecta. Cuentan los que lo ven y los que lo vieron que ahora dedica las tardes a reconciliarse con el río, lleva trozos de pan y los arroja al agua, para darle a los peces alimento. Porque siente que aunque el equilibrio se haya roto, el hombre debe hacer lo que pueda, porque nada es perfecto.

INCENDIO EN LA JUNGLA

Los animales sintieron que algo pasaba, una espesa columna de humo se elevaba en el horizonte. Fueron instantes de tensa calma, todos estaban expectantes, parecía una imagen congelada, como si un dedo todopoderoso hubiera oprimido el botón de stand by de la vida.

El silencio ensordecedor fue interrumpido abruptamente por el crepitar de una melodía ecléctica, era la novena sinfonía en versión teléfono celular. Era el móvil del tigre que atendió presuroso, le avisaban que la catástrofe era inminente y le aconsejaban desalojar el sector y avisarle a los demás animales. El enorme felino tembló. Los demás esperaban las novedades mientras con medida calma el tigre les informó de los últimos acontecimientos. El caos sobrevino. Todos los animales huían sin rumbo fijo mientras el felino encendía una baliza para indicarles el camino correcto. La desesperación provocó innumerables accidentes. Decenas no pudieron lograrlo. Se vivieron momentos de locura, la mayoría de las víctimas fueron muertas por la turba que corría desesperada, aunque un antílope murió a manos del viejo tigre que pensaba que total, quién lo notaría?

Se evacuaron cientos, miles de animales que buscaron en la distancia esa esperanza de salvación. Una vieja cigüeña aseguró que ya había visto el reporte en las cadenas televisivas locales, mientras un huraño rinoceronte protestaba porque con el alboroto no le permitían oír las noticias en su vieja radio spica.

De pronto el tigre rugió pidiendo silencio... ni el aire se atrevió a contradecirlo. El incendio avanzaba como brasas que cobran vida. El tigre olió con toda su experiencia y su expresión lo dijo todo. Eran humanos lo que el animal olía. Varios grupos de seres humanos avanzaban en dirección al fuego en carros que herían el silencio. Habían llegado, ellos estaban allí...

Los animales se miraron, contemplaron la expresión del viejo tigre y lo supieron. Ahora estaban seguros de algo, si los humanos se hacían cargo del incendio, ellos y la amada jungla estaban perdidos...

VILLA LAURELES

Villa Laureles

Era Don Ruperto un hombre apacible, de costumbres sencillas y un buen vecino, al menos así lo recuerdo antes de aquel terrible día de otoño. Las cosas ocurrieron más o menos así...

En la Villa se reunían todos los primeros miércoles de cada mes para evaluar como estaban las cosas y de paso para dejarse animar por alguna partida de naipes y regarse el garguero con abundante aguardiente de la que preparaba la viuda del capitán Malaquina, para muchos era un elixir bajado de los cielos pero para otros, que tenían un poco de cultura alcohólica, era solamente el producto de un herrumbrado armatoste casero que alguna vez fuera un alambique grapero. La cuestión es que en aquellas reuniones de “interés de la comunidad” jamás se hablaba de algo importante, porque en ese olvidado rincón del mundo jamás ocurría nada, hasta aquel día.

Era un otoño suave, sin sobresaltos climáticos y con el característico aroma matinal de aquellos pagos, grandes arbustos de laurel plantados allí hace quién sabe cuántos años le daban a la “Avenida Principal” y única calle de la Villa el olor característico de la cocina hogareña que abriga y alimenta nuestros sueños.

Don Ruperto era de los vecinos más antiguos de la zona, y algunos aseguraban que su abuelo había sido uno de los fundadores de la Villa, uno de los pioneros.

La reunión de la comunidad se llevaba a cabo con normalidad, entre bromas y tragos cuando de repente entró el tendero, don Alonso, más de prisa que corriendo. El pobre hombre parecía que hubiera hallado un muerto, fue entonces que con su acostumbrada calma lo interrogó don Ruperto.

- ¿Qué ocurre vecino? ¿Por qué la prisa?

A lo que contestó el asustado comerciante:

- ¿No se enteraron? – y luego de una pausa dramática que fue acompañada de un buen trago de aguardiente remató - Se instalarán aquí, se instalarán en la Villa... no lo entienden, nos llega al fin el progreso!

Hubo un instante de silencio, luego algunos se miraron perplejos, preguntaron muchos datos a don Alonso hasta que se convencieron, se esperaba para ese mes el inicio de las obras, la empresa más importante del país había estado haciendo estudios en la región y finalmente los había escogido a ellos, sería en Villa Laureles que se construiría la más grande e imponente industria que jamás hubiera imaginado el hombre moderno. Todos festejaron con risas y aguardiente, todos menos don Ruperto. El hombre se dejó caer lentamente en un rincón y vaso en mano se quedó allí solitario y taciturno. Poco a poco los vecinos comenzaron a notarlo y sin pedir permiso el silencio fue ganando terreno. Cuando el entusiasmo dio paso a la cordura y alguno se animó a hacerlo, surgió de entre los amigos la pregunta:

- Qué le pasa don Ruperto, no está contento?

- ¿Y por qué he de estarlo? – contestó muy serio – ¿Acaso debería alegrarme la muerte de nuestra Villa? ¿Desde cuándo la contaminación tiene que ponerme contento?

Todos se miraron y no faltó alguno que creyese que estaba bromeando don Ruperto. Sembró la duda y sin dejar su semblante preocupado se abrió paso entre los vecinos y salió del recinto. Todos quedaron boquiabiertos, respetaban mucho al hombre pero no compartían su visión del progreso.

A medida que avanzaban las obras se fue apagando el pobre don Ruperto, comenzó a decir que la industria contaminaría las aguas con no sé que vertedero. Aseguraba que esa clase de emprendimientos industriales eran culpables del efecto invernadero, y que la emisión de gases a la atmósfera haría irrespirable el aire, y no sé qué otra cantidad de males. Los hombres responsables de la instalación de la industria decían que lo único que traerían sería mucho dinero y que a partir de la instalación del gigante industrial la Villa ya no sería la misma... en eso es en lo único que coincidía don Ruperto.

Los vecinos al principio no le hacían caso pero luego comenzaron a ladearlo, porque el hombre insistía con la muerte y desolación provocadas por la instalación de la enorme fábrica. Ya no se creía que el anciano estuviera cuerdo, hasta se ató a un árbol cuando empezaron a talar los montes, y fue necesaria la intervención de las autoridades para obligarlo a deponer su solitaria actitud. Nadie quería oírlo, y eso parecía ponerlo más enfermo. Su salud se agravó cuando se inauguraron los altos hornos que noche y día funcionaban despidiendo gruesas columnas de humo que se unían al cielo hasta dejarlo de un gris perlado. El pobre viejo se paseaba por la “Avenida Principal” y gritaba que aún estaban a tiempo, y que a aquello había que detenerlo.

Con la industria llegaron nuevas gentes a la Villa y abrieron comercios. Comenzaron a brotar en las esquinas cantinas que vendían licor a los obreros, y también el progreso trajo por primera vez a la Villa la prostitución y el juego.

Las etapas se iban cumpliendo y la impresionante mole industrial se erguía como una desafiante figura de cemento que bramaba por sus torres humo y fuego, secretando fétidos torrentes de desechos que surcaban los suelos hasta que pasmosamente se dejaban caer en las aguas que otrora servían para la pesca o el baño.

Han pasado dos otoños desde aquel día en que nos sorprendió a todos la reacción de don Ruperto, ya casi no se ve el hermoso cielo que cobijó durante eternas jornadas a los habitantes de la Villa Laureles, ya no se puede respirar el aire ni sentir el aroma hogareño, las aguas no tienen peces y a nadie se le ocurriría bañarse en aquel apestoso tiradero, no quedan montes, ni aves, ni animales. Es un día triste y más triste aún se hace el camino al cementerio. A veces me pregunto que hubiera pasado si en aquella tardecita otoñal le hubiéramos hecho caso a nuestro amigo y vecino cuando nos advirtió las consecuencias que significaría ese gigante industrial en nuestras vidas.

Ya no está don Ruperto, la agonía de su Villa terminó por quebrarlo, y hoy, que le estamos acompañando en su último camino, rumbo al cementerio, solo me quedan en la memoria sus palabras cuando todos lo rechazaban y él, desde su corazón abierto les gritaba con dolor, tratando de despertarlos de su ceguera:

- ¡Y quién les dijo que eso es progreso!.

EL PEQUEÑO ISLOTE

- Es de la clase de sujetos a los que nadie invitaría a un almuerzo campestre, ya lo creo que no. Rudo, tosco y de naturaleza extraordinariamente simple, así es él. Es cierto que sus modales son rudimentarios y se encuentran al borde de la extinción. Es probable que se debiera a su solitaria vida, veinte años o más aislado de todo contacto humano lo han afectado quitándole la oportunidad de reconocer en él todo vestigio de sociabilidad. Es lo que se conoce como un huraño, un ermitaño, una auténtica rareza en esta época. Lo encontraron durante una expedición a un islote que se suponía desabitado, ¡qué equivocados estaban! Me imagino el susto enorme de aquellos científicos que irían en busca de alguna especie de ave en peligro de extinción y de repente se les aparece este ser greñudo y desalineado que hasta ha perdido la capacidad de comunicarse mediante el habla. Supongo que les habrá gruñido, o se habrá comunicado con alguna especie de sonido gutural. ¿Qué habrá pasado por la cabeza de aquel hombre? Décadas de solitaria tranquilidad y de pronto, abruptamente, un grupo de “nerds” de laboratorio invaden su islote y para colmo de males deciden “rescatarlo”. Quizás hubiera sido mejor que respetaran su decisión y lo dejaran allí, rodeado de naturaleza y a salvo de la “ayuda humanitaria”. A veces me pregunto si a ninguno de aquellos hombres bien intencionados se les ocurrió pensar que reintegrar a la fuerza a un ser deshabituado a la convivencia humana podría ser dañino para él, o para los demás. Sé que es injusto tomar partido ahora, después de conocer todo, pero no creo que una persona sensata creyera útil para alguna de las partes obligar a este “eslabón perdido” a reencontrarse con todo lo que le había llevado a tomar la decisión de recluirse en aquel apartado islote. La hora se acerca y sigo pensando que esto no está bien. No se puede culpar a un animal por defenderse instintivamente. No es culpable quien obra por naturaleza y por reacción. Estamos equivocando el camino, estamos asumiendo una pose de divinidades por encima de los demás habitantes del planeta. Ya no solo arrasamos la vegetación de la superficie del mundo y aplastamos a todas las especies animales que, nosotros, decidimos que están por debajo del depredador humano, sino que ahora, con total desparpajo, nos damos el desvariado lujo de juzgar, sin comprender, los actos de otros humanos por considerarlos indignos de nuestra especie. Estamos ciegos y la oscuridad de nuestras mentes nos está impidiendo razonar con claridad. No es este hombre, por más que su aspecto no nos agrade, menos hombre o menos libre que los otros. No es este un ser humano de segunda categoría o desechable. No es, o no debería ser, pasible de ser juzgado sin primero intentar comprender su perspectiva de las cosas y sobre todo sus vivencias, que sin dudas condicionan su comportamiento. Definitivamente es injusto nuestro proceder y arbitraria nuestra decisión. ¿Cómo podemos saber qué piensa este hombre, si ni siquiera sabemos su nombre, edad o nacionalidad? ¿Cómo podemos juzgarlo o culparlo sin permitirle una defensa acorde a su estado? ¿Por qué somos capaces de tomar decisiones soberbias que determinan o condicionan la vida de otros, sin dar la chance de que estos puedan expresar de alguna manera sus razones? Estamos asistiendo a la última gota que desborda el vaso. Estamos en presencia del fin de la inocencia. Estamos asistiendo en forma pacífica y ovejuna a la extinción de los derechos del hombre frente al hombre. Estamos comprobando, fatalmente, que los animales más desalmados y fríos que jamás han pisado la faz de la tierra somos nosotros, nuestra especie. Somos testigos del ocaso de nuestra pretendida civilización humanista. La hora de los sueños caníbales se acerca. La matanza se avecina, es el hombre la bestia abominable que justifica su irracionalidad con argumentos de pretendida superioridad. Me gustaría saber quién de los aquí presentes puede asegurar que en el lugar de este hombre no hubiera hecho lo mismo. Siento un profundo dolor en el alma que me quiebra las entrañas. – dijo el abogado defensor y concluyó así su alegato final.

Las horas se hicieron largas e impacientes, solo él entendía lo que allí se estaba juzgando. Sus manos temblaban empapadas de sudor nervioso hasta que le comunicaron que ya estaba la decisión del Jurado. Algo no estaba bien, habían tardado demasiado poco tiempo. Ahora ya está, sea cual sea el resultado, él sabía que había hecho su trabajo a conciencia, no era por una cuestión de honorarios, sino de dignidad y decencia.

- ¿Ya tiene una decisión? – preguntó solemne el Juez.

El presidente del Jurado asintió con la cabeza y le entregó al alguacil de sala el pequeño trozo de papel que contenía el destino de un ser humano. Los nervios le provocaban zumbido en los oídos. Lo que más le preocupaba era que aquel hombre, aquel eslabón perdido, aquel huraño del islote estaba allí impávido, calmo en exceso, totalmente ajeno a lo que en ese recinto se juzgaba. Sus sospechas se hicieron realidad, no fue suficiente su alegato humanista en una sala llena de bestias irracionales que guardan respetuosas normas de convivencia y ante la mínima aparición de un ser distinto, diferente, lo expulsan, lo niegan, lo arrojan lejos, donde sus ojos y su conciencia no lo vean. Allí se lo llevan, y él, tan ajeno, lo mira sin comprender su destino. Es probable que en las horas que éste esforzado e idealista abogado estuvo defendiendo su causa, él habrá aprendido a reconocerlo y a valorar su esfuerzo, aunque, seguramente, nunca habrá comprendido la razón por la cual tanto se preocupaba aquel letrado. La audiencia terminó, los jurados, los testigos y los curiosos se alejan comentando sobre “el fenómeno” que allí fue sentenciado. El alguacil se acerca en amistoso y solidario gesto y le extiende una copia del dictamen judicial mientras lo mira compasivo, casi con simpatía.

- Gracias – es lo único que atina a decir, mientras contempla, desconsolado, el trozo de papel que resume en una fatídica frase sus pensamientos, y le provocan, a aquel derrotado defensor, imaginarse a sí mismo lejos, aislado y en paz en aquel pequeño islote apartado. Ese pedazo de hoja, que correctamente timbrado y sellado sentencia: “Expediente Nº115/48-2005/FL - El Estado contra John Doe – Culpable – Silla Eléctrica – archívese”.

 

EDUARDO TOLOSA nace el 19 de noviembre de 1964 en Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay. Es actualmente escritor, guionista y director de cine y televisión

Comienza su formación artística estudiando Dibujo y Artes Plásticas; posteriormente se forma en Periodismo Radial, Escrito y Televisivo; a los diecisiete años cursa estudios de Teatro iniciándose así en el mundo del arte dramático.

Siendo aún muy joven realiza un curso de Música y Percusión. Se desempeña alternadamente como baterista, percusionista, guitarrista, vocalista y compositor.

Participa en el elenco de la Casa Municipal de la Cultura y del Grupo Teatral Instituto Juan XXIII. Se incorpora a la Sociedad Uruguaya de Actores y a A.G.A.D.U. (Asociación General de Autores del Uruguay).

Funda la "Institución Teatro de Artes" en calidad de Coordinador General. Comienza la Docencia a cargo de la Cátedra de Arte Escénico de los Cursos y Talleres Teatrales de la Institución. Dirige y participa en varias experiencias teatrales como ser Foros, Charlas Abiertas, Laboratorios, etc.
Participa en varias actividades vinculadas a la vida cultural de la ciudad, además escribe y participa del consejo editor de varias publicaciones; etc.
Realiza para complementar su formación varios talleres vinculados al teatro durante casi dos años, Taller de Actuación con Tager Larsen (Dinamarca); Taller de Dramaturgia con Griselda Gambaro (Argentina); Taller de Dirección Teatral con Laura Yusem (Argentina) y un Taller de Dirección Teatral con Aderbal Jr. (Brasil). Asiste al Seminario de Dirección Cinematográfica con Alexander Barynin (Rusia) y al Seminario de Dirección con Jorge Lavelli (Francia).

A lo largo de su vida escribe varias obras teatrales para niños, adolescentes y adultos.
Participa en varios programas radiales en emisoras de la capital.
Funda y preside el grupo uruguayo de realización cinematográfica "Los Locos del Cine".
Encabeza como Editor Responsable la publicación a través de Internet de la revista de espectáculos Guía Show.
Al frente del Departamento Audiovisual del Ateneo de Montevideo realiza dos documentales de repercusión internacional.
Funda y preside por dos años la Escuela Multidisciplinaria de Artes de Montevideo.
En los últimos años escribe y dirige por encargo de la empresa Franco-Latin Producciones "Plus Jamais!", realiza "Shooter", ficción de acción y erotismo; escribe y dirige el largometraje "Code: Purple". Este film se encuentra integrando el Catálogo del LALIFF (Los Ángeles Latino International Film Festival) en www.latinofilmwoks.com

Autor de obras literarias en diferentes géneros.
Desde principios del 2005 se incorpora oficialmente como integrante del plantel docente de la Escuela de Actuación Integral para dictar los cursos de Actuación Delante de Cámaras.

www.etcdigital.com/eduardotolosa

 

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