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RELATOS


Por El Seis
poetaelseis@yahoo.com.mx


TULIA

Ella siempre me veía; aunque el cielo estuviera obscuro. Me encontraba entre las infinitas formas que tienen las nubes. Se quedaba mirando por largas horas la bóveda celeste (para ella el tiempo no existía); no le daba el valor común que le dan los individuos. Ella podía pasarse “todo el tiempo del mundo”, observando un arcoiris lejano (sui generis). La capacidad de sus ojos había perdido el color; ahora sólo veía en blanco y negro. En una ocasión se quedó por tres meses mirando un buitre; el cual estaba cerca de su ventana, esperando la muerte. En todo momento miraba mi rostro dentro de su corazón; decía: que ahí tenía marcado su gran amor.

Un Médico pasó ebrio, buscando un paciente, para burlarse de él.

Mientras una enfermera hermosa, besa con ahínco el pene de un paciente.

Una joven llora la muerte de su querido esposo. Las lágrimas parecen que laceran el rostro fino de la morena señora.

Un especialista (en medicina) trata de conquistar a su cliente (ya no son pacientes); y éste encantado cae ante los “embrujos” del homosexual. A lo lejos son dos “mujeres amorfas”, que se desean.

A un enfermo del corazón lo abren cual animal (cerdo); operación a corazón abierto, para sacarle todo el odio contenido.

Mientras Tulia; me mira en una pastilla psicotropa, y susurra: ¿Dónde estás mi amor? En el recipiente del agua, mira mi cuerpo, y se excita hasta la locura. Su cuerpo y su mente giran alrededor de mi maravilloso ser. A un señor de camisa blanca le comunica que es importante para ella, mi presencia. También a la licenciada en psicología le confiesa que está enamorada de mis huesos fosforescentes. Y hasta a los pocos “amigos”; como son, las nubes, la luna, el cielo, un ave, les hace saber que me necesita urgentemente. Por las noches aúlla; cual loba herida de pasión.

Sencillo. Los trabajadores de la salud; la someten a unas buenas terapias de electrochoques. Con la clara finalidad de que esté un poco más calmada, más quieta, más manejable, más consigo misma.

Todo pasa como en cámara lenta; mientras caminas con una pequeña dosis de opio en tu cerebro. Nunca pensé ir al hospital psiquiátrico, jamás. Pero mis piernas no me pertenecían, y me encaminaron hacía el nosocomio de locura. Me sentía un gigante con alas; y en momentos parecía que volaba un poco.

Hice algunos trámites de rigor, y me dejaron ver a la “loca”, así se expresaban en ese lugar extraño.

Me acompañó una linda servidora de la salud, y en el transcurso me iba platicando, algunas cuestiones triviales. Pero estaba palpitante de una extraña belleza. Me dijo algo así como que me deseaba. Pensé: no estoy escuchando bien. Pero cuando puso sus brazos en mis hombros y me besó, supe que había escuchado perfectamente. ¡Oh, Leoncio, en verdad eres guapo!, me dijo. Sacó de entre sus ropas una jeringa con heroína, y me la mostró, tratando de seducirme con semejante droga. Miré su perfecto cuerpo; y también su antojable alcaloide, que terminé por caer en sus redes. Iniciamos nuestra liturgia sexual-erótica desde el lugar para enfermos; y luego nos dirigimos al departamento de Aurora, así estaba escrito en su tarjeta de presentación que le colgaba del cuello. En el camino me dijo: Siempre esperé que fueras así; un tipo extravagante, guapo, vicioso, elegante, y culto. Recogí esa imagen por las narraciones de Tulia; ella te idolatra. Le levanté un poco la falda blanca y le miré un glúteo, y me percaté de su perfección. Estoy muy bien, dijo mi nueva mujer, mientras se desabotonaba el pecho, para mostrarme sus glándulas mamarias. Nos fuimos tomados de las manos; con un rumbo fijo y un plan inmediato: hacer el amor, y drogarnos un poco.

Un médico X, decía que Tulia, era una esquizofrénica; mientras él se masturbaba mirando a su madre. Era un caso muy confuso.

Otra psicóloga opinaba que la enferma mental padecía psicosis; y que era un caso muy lamentable. Pero esta profesionista tenía relaciones sexuales con su hijo, un jovencito de algunos 14 años de lujuria.

Todo era el caosssssssssss.

Tulia, seguía mirando mi rostro en el hueco de su corazón, donde mis palabras sonaban como una maldición. Dicen, que todas las mañanas entona mi nombre, y lo pronuncia como una triste letanía.

LA PSICOLOGA

No hay nada mejor en esta vida

que una bella dama.

Cuando la conocí, ella me consideraba un loco; hasta un “ser enfermizo”, depravado. Siempre me miraba con sus reservas, y en ningún momento, profundizaba su vista sobre mis ojos de muerto. Me huía frecuentemente, argumentando, cualquier razón o sin razón; decía: debo buscar los silencios escalofriantes del universo. Estoy buscando el principio intrínseco de la vida. El poder del universo me aplasta y aniquila, cual una hormiga ebria. Se me quedaba observando con mucha precaución y hasta cierto miedo. Yo, para ella, era sólo un poeta demente, iracundo y discípulo consumado de Dionisios. Suenan las campanas sus lamentos/Mientras los fieles enlutados se encaminan cual robots, hacia su creador/Los reverendos del metal esperan sus ovejas mecánicas, para aceitar sus cerebros/Alabado sea el Hierro/Bendita la maquina/Aleluya al aceite automotriz/Levantemos la batería al Señor del concreto/.

Ella, era la perfección de mujer. De piernas largas y bien torneadas. Ojos como cavernas obscuras y silenciosas. Sus caderas eran el movimiento mismo. Tenía un lunar pequeño en la mejilla izquierda, que la hacía verse más encamable. Estudiaba creo... Psicología, en la Universidad del Estado. Era introvertida, y un poco “altanera”, bueno... eso decían sus condiscípulos. Los ecos de Freud, taladran las consciencias/Mientras los hombres como autómatas se dirigen al pabellón de la locura/Sueñan los seres en símbolos dispersos y complicados, mientras el subconsciente se carcajea/Los dolores antiguos aparecen entre las nubes del pensamiento, y encadenan a los “sujetos urbanos”, y estos, con algunos “venenos espirituales”, alejan de sí, la cascada del sufrimiento.

Nunca el “destino” nos unió, ni las probabilidades nos acercaron jamás. Fue un día lluvioso, cuando me dije: voy por esa mujer de pelo ensortijado. Llegué en cuasi estado de ebriedad, más una píldora de esas que nos hacen olvidar que existimos, me dirigí a ella, la belleza. Me gusta tu lunar obsceno, creo que le dije. No me contestó, sólo se me quedo mirando. No me palpitaba el corazón, porque, creo que no tengo; sólo se escuchaba el sonido de una maquina recién prendida. Yo no era la perfección estándar del hombre guapo; más bien mi atractivo era mi mirada de “locura, de demencia”. Eres muy especial, y bellísimo, exclamó en tono sereno la dama. Mis ojos eran antorchas en la madrugada/Mis manos ramas de algún árbol, donde corre la savia, como una maldición/Y mi rostro era el terror mismo/Afuera, allá donde se termina lo posible, una luz azul, me envolvía con su tristísima belleza/Era el hombre más perfecto...

Te amo, me dijo. Yo no contesté nada. Sólo nos encaminamos por las calles torcidas de la ciudad, buscando un lugar privado, donde tocarnos el cuerpo, donde fundirnos en uno, donde pertenecernos, donde ser la unidad, donde... copular todo el día. Queríamos alejar el sentimiento de “angustia universal”, “aniquilar la soledad”, “dejar de temblar ante las vicisitudes del vivir”.

¿Crees qué el sexo nos espante los demonios?

No lo sé.

¿Me quieres?

No lo sé.

La vida, y todo lo que ésta implica se carcajeaba.

PIRA FUNERARIA

Cuando él estaba muriendo dijo: Deseo ver a Marta. La dama llegó con ese cuerpo de diosa Hindú, moviéndose, contoneándose, dejando en cada paso, algo así como: un suspiro de amor. Ella era dueña de un cuerpo diseñado por algún “artista cósmico”, donde dejó plasmado todo su talento: era una obra de arte. Lo que siempre llamaba la atención del divino cuerpo, era sus piernas largas, perfectamente formadas, y ese olor de mujer apasionada, que brotaba al cruzar sus extremidades inferiores. Tenía unos labios tatuados en su rostro, de color rojo carmesí, que cuando hablaba cualquier frase, parecía que salían nubes ebrias de su preciosa boca. La bonita (así le decían algunos) sólo tenía un amor, no le interesaba nadie en este planeta, que no fuera su siempre amado, su “hombre loco”…Semejante humano (hecho de flores grises y exóticas) deambulaba, por el cuerpo del globo terráqueo, era hasta natural, que levantara las más vivas pasiones de los hombres, que al verla, quedaban sometidos, hechizados, ante tanta belleza. De singular y exclusiva forma de relacionarse con sus “semejantes”, era la dificultad misma (gritaba el coro mundano) ya que en realidad no le interesaba para nada, tener amigos, y mucho menos intimar demasiado. Y cualquier diosa muerta, (desde su tumba inexistente) se sentía inferior, ante semejante beldad.
En una ocasión le dijo a un joven de algunas dos décadas, el cual, trataba de conquistar la epidermis, los huesos, las arterias, las venas, los músculos, y hasta eso que llaman corazón… de la encantadora fémina: Yo soy un ser melancólico. Sabedora de su papel aquí en la tierra, ella (la criatura angelical) sólo se dedicaba al cuidado de sí misma, hasta llegar a la obsesión, por eso mismo, siempre era la belleza en plenitud. Su trabajo consistía en lo más preciado que puede haber en la vida, la virtud de la belleza.
Era una noche, donde los relámpagos se apoderan del cielo, cuando tres mujeres profesionistas, “liberales”, explicaban, con lujo de detalle, los “beneficios” de ser independientes, productivas, y triunfadoras, y coparticipes del desarrollo nacional, de la importancia sustancial de ejercer su derecho al voto, por lo cual, la dueña de las perfectas piernas exclamo: ¡Oh!, cómo me dan pena, tristeza, y hasta conmiseración, ese tipo de seres inhumanos. Después de pensarlo un poco, las hembras ejecutivas, se fueron llorando… y parecía que detrás de sus pisadas, iban dejando sólo basura, sangre, y un reguero de áureo excremento. Odiaba la política, la consideraba muy pedestre, ramplona, y hasta una perversión; por eso, jamás en sus charlas había alguna insinuación de semejantes menesteres. Cuando alguien, daba muestras de admiración y pleitesía, por equis “servidor público”, de alta jerarquía, la dueña de esos labios de granada madura, exclamaban: Sólo los estultos se someten a otros de las mismas características, y sin esa simbiosis no sería posible tanta vulgaridad.
Algunas veces se piensa, que el día será agradable, y lleno de sorpresas, y ese momento lo parecía, algo había en el ambiente, que auguraba ser perfecto; y hasta los lobos aullaban, su hambre, su instinto asesino. Pero todo cambió, sufrió de repente, una radical transformación, un hombre ordinario, intercambiaba algunos comentarios, con otro ser mediano, y todo se volvió una tediosa tertulia, donde los seres estaban llenos de tristeza y amargura, y cargaban con la cruz de la frustración; cansada de escuchar tantas incapacidad intelectual, la divina hembra; lanzó unas palabras al viento helado: Es mejor callarse, y escuchar las “palabras” de las bestias…, que seguro están disputándose algún apasionado apareamiento, o alguna pelea sanguinaria. Pero uno de los parlanchines no estaba dispuesto a rendirse fácilmente, y siguió con sus comentarios: Una damisela “realizada” se encuentra en una oficina, recibiendo llamadas de problemas, y después se dedica en “cuerpo y alma” a dar solución a los mismos, convenciendo, implorando, suplicando, entrevistándose, haciendo algunos escritos, llevando a cabo algunos trámites, y hasta amenazando… para ganar el conflicto. A este tipo de acciones la muchedumbre, las considera de alto valor, y hasta las eleva al rango de una virtud. Exclamó Pedro, un joven rubio, de ojos negros, y de mirada religiosa. La chica del olor a sexualidad, sólo se sonrío un poco, con benevolencia, y hasta con un sentimiento cercano a la piedad. Sabía perfectamente que el tipo, sólo estaba “argumentando” algunas cuestiones generales, con el único fin, de quedar bien, con ella. Levantó el vaso lleno de vodka, jugo de toronja, hielo, y bebió, con excelente placer… Posteriormente se levantó y se encaminó, atravesando el cuerpo del espacio, en su caminar sensual iba dejando a su paso alfombra de rosas azules… No recuerdo (con claridad) quien dijo: Esta mujer áurea, cuando se queda callada, extraviada, parece que las nubes se posan en su testa, llenando su rostro de una gran o posible tormenta. Sus ojos brillan, como cavernas de murciélagos ebrios; y cuando sonríe, brillan, bailan, todas las estrellas del firmamento; y en el hueco del corazón, sale dichoso un capricho de Paganini.

FUE EN MAYO:

Fue una noche extraña, de esas que suelen presentarse en la vida de un ser humano, solamente una vez… La luna cocainómana, había perdido su posición cósmica, ante la tierra, y llena de locura, se salía continuamente de su orbita. El cielo incróspido, se caía a pedazos, haciendo un terrible ruido… que los ciudadanos creyeron que se trataba del fin del mundo. Las nubes, presas del hachís, perdieron el deseo eterno, de cambiar de forma, y en pleno estado de ocio, se dedicaron a observar la musculatura del rey de los astros. El sol lleno de júbilo, se había inyectado heroína, y bajo los efectos virtuosos del elixir, se encontraba bailando alguna melodía del medio oriente.
La ciudad estaba que ardía, al rojo vivo, todos los sentimientos, de una población de millones de muertos en vida, llenaban el espacio de la biosfera, haciendo difícil, poder caminar entre los intestinos sucios de la urbe. Los incontables rostros de los robots citadinos, se encontraban melancólicos, distraídos, angustiados, tristes, y ladraban sus descontentos, mirando un lugar específico y lejano de la bóveda celeste. En este momento especial, no se encontraba la diferencia, de ningún animal urbano, todos caminaban al mismo ritmo, y de sus ojos rotos, salían lágrimas de petróleo. Todo era el caos, pero con cierta belleza…
Llegó un vestido rojo de seda oriental, unos zapatos de tacón alto, unas medias de poliéster, una fina mascada morada; cubriendo el perfecto y divino cuerpo de Marta. Ella caminaba como si todo el entorno le perteneciera; se sentía la iluminación misma. Se sentó en mueble público, del más horrible diseño, y poniéndose cómoda, encendió un cigarro blanco, e inhaló el humo, con un gran placer… De lejos parecía una diosa antigua, de esa que quedaron esculpidas en los templos milenarios, como muestra perpetua de la belleza. Todas las miradas convergían en torno de la figura enigmática, de la guapérrima femenina.
Fue una procesión de hombres de diferentes aspectos, los que fueron a adorar la capilla del cuerpo de semejante espécimen. A todos les llamó apostatas, filisteos, y a algunos, les grito: Idolatras.
Un caballero de locura evidente, de vestimenta extraña, y de modales finos, se acercó suavemente con la “deidad”, y sin preámbulos, le dijo: Me puedes dar fuego. Al momento que mostraba su cigarro verde. Jamás mostró el mínimo interés, en la interlocutora. Ella contestó con calma y serenidad: Claro. Logró su objetivo, y sin despedirse, se dirigió, a perderse ante la multitud. Espera, no te vayas, deseo hablar contigo, eres muy especial, el grito salió, lleno de esperanzas, desde lo más profundo del ser de la dama de rojo. Parecía que los palabras se perdían entre el bullicio colectivo. Una larga sombra, venida de improvisto ensombreció todo, haciendo pensar que el cielo lloraba sus penas, o quería hacer más infelices a los ciudadanos. Había muestras evidentes de que el todo había sufrido un infarto de lamentables proporciones, y lloraba sistemas planetarios. El hombre llevaba en su mano izquierda, un paraguas, y de su boca, salían residuos de humo, los cuales, parecía que se pegaban en su rostro pálido, de enfermo, de demente, de vicioso, de alquimista. Luego volteo, furioso, enfadado, y mostrando su “rostro de demonio”, esperó, con impaciencia, a la dueña de las palabras.

UNA HISTORIA DE AMOR ETERNO

Me gustas. Eres muy guapo. Nunca había visto a algún ser como tú…
No tengo tiempo de dedicártelo, estoy muy ocupado.
Invítame, a pasear. Soy toda tuya.
Voy al hospital; me siento morir.
Te acompaño.
Estoy muy cansado. Todo carece de importancia, en este momento.
¿Acaso no te gusto?
Realmente lo sé.
Todos dicen que soy muy hermosa, preciosa, bella.
¿Ah?, sí.
Nunca se supo que sucedió en verdad, entre la pareja, pero… por un tiempo se les veía por doquier, de la mano, abrazados, charlando, sentados en algún parque del centro de la urbe. A los lejos, parecían, personajes arrancados de un óleo “en especifico”, nunca creado, por ningún artista plástico. Hasta varios ociosos ciudadanos, opinaban que eran “dioses” antiguos, ya muertos, que se aparecían, buscando, a sus fieles devotos… Los psiquiatras oficiales, argumentaban, que sólo era una pareja de dementes, que deberían de estar internados en el manicomio Municipal, al cual se le conocía como: La Casona de las Desventuras. Se dedicaron a amarse con todo su corazón, su cerebro, su cuerpo, y hasta con su alma… No les importaba, en absoluto, el entorno, el mundo exterior, ni siquiera el movimiento que esta atrapado, en el espacio. Se hacían comentarios alarmantes, malsanos, perturbadores, sobre los gemidos, que salían volando, desde la recamara de los enamorados. De las palabras de amor, de ternura, de pasión, que con alas de fuego, incendiaban las consciencias tradicionalistas, de los habitantes descerebrados de la infame ciudad. De cuando la princesa “esquizofrénica”, salía a regar el jardín del encanto, donde sólo tenía flores azules y negras; y lo hacía siempre por la noche, encontrándose desnuda. Mientras la luna, lloraba de envidia, ante tanta libertad, y belleza. El olor de opio, que la pareja de “iluminados”, consumía casi todas las noches, invadía todos los hogares de los habitantes, haciendo que, estos seres de medianas mentes, se sintieran mejor por algunos momentos… creyendo que era sin lugar a dudas el poder de alguna deidad vigente. Los lunes por la mañana, los “concubinos” (así les decía la población), se dedicaban a cantar con voces exquisitas, una opera antigua, que hacía que todos los objetos de vidrio de cualquier lugar explotaran, con el sonido potente que salía, de tan prodigiosas gargantas. También era una “leyenda” popular, la melancólica figura del “varón del buen fumar”, cuando se sentaba en una silla de madera gris, mientras leía un libro del siglo diez y nueve, y repetía constante, y fuertemente, los antiguos versos, del autor del objeto impreso. Como “eco maldito”, se escuchaba a diario, en cualquier lugar, por los detestables hombrezuelos, lo siguiente: Cuando hacen el amor, son unas máquinas infernales, incansables, insaciables, llenas de pasión desmedida, y hasta se derriten de tanta lujuria, y por la noche vuelven a recobrar sus hórridas figuras.
En una ocasión José Alberto cayó enfermo.
Marta triste y desconsolada.
El jardín se secaba todo.
Una mujer anciana, era una cloaca biológica, que llenaba con sus aromas fétidos, algunos pedazos de espacio.
Las plantas de cannabis, llenas de dolor, se incendiaron así mismas, para solidarizarse, con el caído.
Un zanate vomitaba sangre, mientras perdía el equilibrio.
Las flores se desmayaban.
Los habitantes llenos de felicidad.
Hasta el sol lleno de soberbia, lanzó una lluvia inclemente de rayos ultravioleta.
El cielo orinó, larvas negras y viscosas.
Un hombre huyó del hospital mental, buscando comer agua salada, y beberse un pedazo de carne de venado.
Un inventor “decrepito”, luchaba en su viejo laboratorio, en convertir el oro, en hogazas de pan de centeno.
Una mujer de cuarenta años de antigüedad, se bañaba a diario con sangre de niños de seis años de lozanía, tratando de detener el tiempo, que cruel y despiadado, la destruía, toda.
Un boticario preparaba un “compuesto químico”, pócima, menjurje; especial para todo aquel humano, que estuviera poseído, por algún demonio despiadado.
Un viejo y enfermo caimán, se escapo de un refugio pestilente, llegó a un jardín de niños; donde cerceno cabezas, brazos, manos, piernas, pies… y algunos tiernos corazones.
La muerte blandía su guadaña de acero mortífero, mostrando su destreza, y seleccionando sus desvalidas presas.
Cientos, miles, de cerdos grises, fueron sacrificados, con una rara finalidad: se deseaba purificar del pecado, la ciudad.
Un número considerable de ciudadanos, se encerraron en sus habitaciones, elevando plegarias prerrománicas, para sus dioses ausentes, olvidados, sustituidos, y hasta destruidos.
Hubo una muerte inexplicable de plumíferos negros, se encontraban por doquier sus cuerpos decapitados.
Sólo una adolescente de 16 años exclamo: ¡Oh!, sin duda es algo lamentable lo ocurrido. (Mientras se masturbaba, sobre las sábanas de seda, que cubrían una cama acogedora)
El día en que Alberto murió, el cielo vomitó una lluvia de flores oscuras, grises, sin color; una parvada de mariposas negras, que se metieron en las casas de todos los moribundos. Los árboles estaban llenos de cuervos ebrios, zopilotes dementes, y algunas palomas somnolientas… Un agujero negro, interpretaba magistralmente, el réquiem de Verdi, allá en algún lugar del infinito, con su singular y perfecta sinfónica cósmica. El cadáver del “pervertido”, no fue aceptado para ser sepultado en el panteón de la población, por tal motivo, su bellísima mujer, optó, por cremarlo, en un lugar lejano. Mientras el fuego se tragaba al occiso, sin ninguna contemplación, y hasta sin piedad, la doliente elevaba, cánticos medievales, para que el sonido, acompañara a su José… Ella permaneció un largo tiempo en el lugar, donde se prendió la pira funeraria, y… se comenta, que lloró sangre.

REFLEXIONES SOBRE EL ARTISTA…, ESE EXTRAÑO SER “INHUMANO”

Así como el asesino despiadado; destroza a sus víctimas, (en el orden de sus ensueños “demenciales”) lentamente, separando quirúrgicamente, los miembros inferiores de los superiores, extirparles el pene, castrarlos, para después decapitarlos, y sacarles los ojos, hasta arrancarles la vida, con una daga de fino acero. Como el hombre elegante y lúcido, que dedica su vida a los grandes negocios, y a su adorable familia, es invadido por la “desventura”, y en un momento determinado lo devora la esquizofrenia, y lleno de terror o cierta alegría, existe en otra realidad. O el antiguo alquimista, que se pasaba toda su vida; buscando encontrar la piedra filosofal, mientras los segundos de cantera, los minutos de cobre, las horas de hierro, y los días de metal ardiente, lo sepultaban inmisericorde, hasta quebrarle el ánimo, y la espalda. El joven de mirada viscosa, que está lleno de torbellinos pasionales, de ecos extraños, que invaden su testa embotada, y busca la complicidad de la oscuridad, para fornicarse a su bella madre, que encantada lo espera todas las noches lluviosas, cantando una excitante canción. Las actividades antes señaladas, no se pueden trasmitir, “el método del conocimiento” es de índole personal. Aunque cualquiera de los cuatro sujetos en cuestión, traten de ser los protagonistas de un seminario, estarían exponiendo sólo experiencias personalísimas, una parcial apreciación de los hechos, una “liturgia” particular llena de luces y símbolos, una letanía “maldita” sólo pronunciada por ellos, y en el mejor de los casos… entrarían en éxtasis con tan sólo cerrar los párpados azules. Este es un ejemplo para el joven que me pregunta: ¿Es posible instruir en la técnica del arte? ¿Se puede enseñar a hacer literatura?, ¿Las escuelas de letras, pueden forjar poetas, prosistas?, ¿En un taller literario me pueden enseñar a crear una obra de arte? ¡Claro qué no! Ser artista es una acción individual, donde el hombre tiene que adentrarse, y buscar su propio lenguaje, su expresión, y su voz, entre el universo de lejanas palabras.

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