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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Elena Escobar
lenita_e@hotmail.com

 

UN VIEJO DESCONOCIDO

Era él. Después de tanto tiempo, incluso de haber puesto tierra de por medio, ahí estaba, parado frente a ella. Y cuando su amigo se acercó a saludarla ya era imposible huir o mirar hacia otro lado. Lo peor es que ella sabía lo que ocurriría en ese instante y también lo que la esperaba durante unos días, semanas, o quizás para siempre: Los recuerdos.

Su pulso aumentó considerablemente y lo sintió cuando le pareció que el corazón se movía incesante por todo su cuerpo y se paraba en la garganta. De esa misma, en la que un “Hola, ¿Cómo estás?”, brotó tembloroso, mientras él permanecía unos centímetros más atrás, observando la escena con una mirada recelosa. Esa mirada que no consiguió olvidar nunca.

Si hubiese estado frente a un espejo hubiera visto que, además de esos temblores y ese palpitar que empezaba a resultarla incómodo, la habían delatado unas pupilas demasiado dilatadas y un ligero rubor en sus mejillas.

Una voz lejana que respondía un “Ahí vamos ¿y tú? la arrancó bruscamente de sus pensamientos. Sabía que su voz temblorosa sería demasiado evidente así que si limitó a sonreír y para ella fue un alivio cuando su interlocutor parece que aceptó su sonrisa como una contestación más que aceptable.

Él no dijo nada, ni siquiera un “hola”. Tampoco sonreía, aunque ella jure todavía que logró vislumbrar un ligero esbozo en contestación a su amplia y nerviosa sonrisa. Quizás entre ellos todo estaba dicho, o quizás no y sus miradas furtivas sirviesen como un código que solo ellos podían descifrar.

Cuando el tintineo de las llaves empezó a hacer más evidente su patente estado y el tiempo del saludo se prolongó más de lo que establecería el protocolo, decidió dar por terminada aquella extraña conversación con, aquel también, extraño, que solo había servido de excusa para ver sus ojos una vez más, al menos una vez más, se repetía para sí…

Mientras se alejaba tuvo esa sensación inexplicable y misteriosa de saberse observada en la distancia, de percibir cuando alguien a quien no vemos nos mira escrutadamente. Y allí estaba cuando ella giró la cabeza por última vez, de nuevo por última vez, solo, y portando lo que a ella le volvió a parecer, el esbozo de su magnífica sonrisa. Esa que la acompañó durante tantas lunas llenas, esas que ahora ella observaba cuando los recuerdos la azotaban sin contemplación.

No pudo evitar sonreír maliciosa y satisfecha como si aquello hubiese sido un pulso que ella había ganado en milésimas de segundo.

De pronto, una mano se acercó a la suya intentando aferrarla con fuerza y se sobresaltó. Hasta ese momento no se había dado cuenta que en esos ¿segundos, minutos, siglos? no había estado sola. Respondió confusa con su mano, y únicamente logró comprender cuando una voz conocida, que caminaba a su lado, preguntó:

-¿Quién es cariño?

-¿Quién era? –pensó. El gran amor de mi vida.

Pero una vez más, como tantas otras, se mordió la lengua e intentando convencerse a sí misma repitió varias veces en voz alta, algo de lo que siempre se arrepentiría:

-Un conocido cielo. Simplemente un viejo conocido

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