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RELATOS


Por Elisabet Coira Cordal


EL FORASTERO

Camina con seguridad unas veces, es más bien algo desmañado otras. Así mismo
vive: casi siempre con confianza en el porvenir, aunque a veces con timidez hacia lo que le rodea, hacia el mundo, hacia sus habitantes… y hacia él mismo.

El forastero es además inteligente, aunque él no lo sabe, o no quiere saberlo. No utiliza la cabeza; él es sólo corazón. Y es un hombre pequeño, un adulto un tanto inmaduro al que quizá le gusta demasiado la diversión.
Puede que eso le impida sentar la cabeza y replantearse la existencia. Pero, eso sí, se entrega en cuerpo y alma en todas y cada una de sus relaciones.
Quiere encontrar su alma gemela, su media naranja, su otra mitad… Pero a la vez las quiere a todas: a su alma gemela, a su media naranja, a su otra mitad y a las demás. Se desespera en la búsqueda de una sola mujer, y elige casi al azar, esperando acertar, jurando que es ésa y no otra la que es para siempre. Se compromete en relaciones sin amor y con mujeres que termina olvidando en cuanto finaliza la diversión. Les rompe el corazón, las mata por dentro… les asesina el alma. Inconscientemente, es cierto, pero lo hace.
No es culpa suya, ni es culpa de ellas. No hay culpables en este delito. Él se cree enamorado, y se hace amar. Al final todo queda en mortal cariño.
Mortal para ellas, que lo dieron todo y al final sólo consiguieron un amigo al que siempre querrán como algo más. Y, admitámoslo, mortal también para él, que en su constante búsqueda del amor volvió a fracasar.

Es un hombre bueno el forastero. Es todo corazón.

ELLA


Venía de lejos, y eso le impedía disfrutar de su presencia. Y aún así no conseguía olvidar las pocas ocasiones en que lo había hecho. Hacía demasiado tiempo ya que su aparición la impresionaba. Demasiado tiempo en su vida, en su mente... La simple mención de su próxima llegada la intimidaba. No era algo que ella pudiera evitar. Sufrir por él se había convertido en una costumbre, y soñar su regreso algo indispensable en su vida. Lo odiaba a veces por no quererla ni siquiera un poco, y mucho menos lo suficiente, aunque a él nunca había podido odiarlo demasiado. Quizá porque seguía creyendo en sus palabras que claman a la inocencia, y tragándose sus absurdas excusas y explicaciones. Tampoco esto lo podía evitar. Y sólo conseguía odiarse a sí misma. Se odiaba por no ser paciente para esperarlo, por desconfiar, por terminar con la relación con la también absurda excusa de que lo suyo realmente no era una relación. Tal vez no lo fuera nunca, pero eso no impedía que ella se sintiera la única culpable de su sufrimiento, fruto de la separación, consecuencia de la distancia y causa de un culpable odio hacia su misma persona.

No podía oír su nombre, ni leerlo, ni decirlo… porque de ese modo lo recordaba a él, y no podía… o no quería. Era un nombre de fuerza tal que le activaba los sentidos, alertaba a sus defensas y la llenaba de un extraño nerviosismo que sólo conseguía alterarla más y más por momentos. Fue por eso por lo que lo llamaría “el forastero”, porque mencionar su verdadero nombre le dolía, como duele recordar al que viene de fuera y temes no volver a ver... Y venía de lejos. No lo bastante como para ser llamado así, pero lo suficiente como para que ella lo hiciera.

Jamás lo olvidó. Y es suficiente con saber eso, porque recordar además lo que seguía sintiendo por él era peligroso. Podría manifestarse de nuevo, y no quería…

Quererle mataba su espíritu, consumía su vida poco a poco. Y veía que no recibía ninguna compensación. Ni una llamada, ni una palabra de cariño… un gesto. Jamás. Nunca lo veía. Le dolían los kilómetros en el corazón. Por eso se propuso olvidarlo. Por más que él jurara quererla… ¿Cómo creer sus palabras? Palabras muertas para ella. Palabras que resucitan en momentos de soledad sólo para herir más su alma, y destrozarla por dentro. ¿Y cómo seguir amando una voz? No podía. No si esa voz no se hacía persona. No si siempre era una simple voz.

 

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