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RELATOS


Por Elizabeth Riquelme


LA NIÑEZ DE HIERRO

Esa noche, el niño no sabía que hacer.
No tenía conocimiento del como o el porqué había llegado a aquella habitación, todo era confuso en su mente la cual, jugaba con su conciencia, sus recuerdos pasaban delante de sus ojos como flashes de una película, simples fotos imaginarias que no tenían conexión entre si ni un orden lógico, al menos no para el.
El cuarto era de un desagradable color azul, con paredes mohosas y manchadas de suciedad de muchos años, disimuladas parcialmente con varias manos de pintura barata y aquel olor a rancio inconfundible de las instituciones del estado.
Tenía tanto pánico que no se atrevía a levantarse de aquel catre sucio que le habían asignado. Se sentía sudado, temblaba sin tener frío. Una corriente helada le pasaba por la espalda de tanto en tanto. La boca seca hacia que sacara su lengua para humedecer sus labios, tenia la sed del terror. Estaba solo y aunque ese era un estado emocional que no conocía hasta ese día, bien que lo aprendió.
Llorando en silencio trató de recordar el motivo por el cual estaba ahí, cuando al fin lo descubrió, fue más aterrador de lo que jamás imaginó.

Me encontraba sentado en un sofá mirando a lo lejos sin un punto fijo, inerte. Solo cuando sentí mi corazón latir como un tambor de banda callejera, reaccioné y salí de aquel trance, observé asustado a todos lados, no tenia la menos idea de como había llegado ahí, lo último que recordaba era el haber estado acostado en mi habitación obligándome a dormir para ir a la escuela al día siguiente, no vi a nadie, pero estaba seguro que no estaba solo Me percaté que estaba bañado en sangre, embargado de un terror sin igual miré mis manos, jamás había visto tanta sangre en mi vida, sentí que iba a desmayarme, siempre le tuve miedo a los doctores, las agujas, los hospitales y sobre todo a aquella sustancia roja con ese olor tan penetrante e inconfundible que te aturde.
Me levanté de inmediato y como un prófugo, no sabia si huir, esconderme en algún rincón o simplemente llorar, no comprendí en ese momento el por que estaba mi cuerpo así, pensé que me habían hecho daño y que era mía, pero nada me dolía, así que tenia que ser de alguien mas ¿De quien? No sabia, solo era un chiquillo y nada más.
Salí a buscar a mis padres y es lo último que recuerdo.

Cuando llegamos con la patrulla después de una llamada de alerta de un vecino, lo conseguimos en la acera, sentado y con la mirada totalmente extraviada, murmuraba una y otra vez “mis padres”.
Quienes lo vimos en aquel instante sentimos mezcla de miedo y lástima, esa sensación que te da cuando te encuentras un animal peligroso pero desvalido, quizás herido pero con la incertidumbre de si te hará o no daño.
Después de entrar en aquella casa, jamás olvidaré lo que mis ojos tuvieron la desdicha de observar. Un río de sangre atravesaba toda la estancia, manchas por doquier, como una extraña pintura abstracta del más bizarro pintor, el olor penetrante a fluidos y carne en descomposición nos inundó.
Lentamente, entramos en la habitación, a la expectativa de que algún sospechoso de asesinato se encontrara en aquel lugar, pero la soledad y la muerte fueros los únicos testigos de nuestra presencia.
Ninguna película de terror se comparaba con aquel cuarto, lo que quedaba de una mujer estaba atada de manos y pies a la cama, sus miembros separados de sus coyunturas, el lago rojo que corría a las alfombras denotaban que había sido realizado aun con su cuerpo con vida. En una esquina, en un sillón, amordazado, atado, degollado y con todos los intestinos afuera, un hombre.

Jamás se determino el autor de aquel acto atroz, todos los índices de las manos de la sociedad señalaban a aquel niño, sin embargo, muchos alegaron que su fuerza física le habría imposibilitado a cometer aquellos asesinatos, otros refutaron aquella teoría indicando que en un estado sicótico pudo haberla tenido. Evidentemente sus huellas estaban en el lugar, pero era de esperarse ¿acaso no era su hogar? Nunca se encontró el arma homicida ni algún sospechoso aparte de él.
Llegó a la adultez lleno de hierro por doquier.
Después de aquella noche, enmudeció hasta el último día de su vida.

 

 

 

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