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Vivir sólo no me afectaba en lo más mínimo,
una mamá que se fue con su novio y una padre premuerto
no eran causal de trauma alguno. La casa era de estilo inglesa,
con enormes persianas verdes y techos tan altos que pasaban
desapercibidos. El amoblado antiguo recordaba varias dinastías,
casi todas desconocidas, al menos para mí. Como percibirán
a esta altura del relato mi casa fue el primer motor de mis
miedos y pesadillas y me costaba horrores dormirme cuando
me encontraba sólo. Por suerte todo eso pasó
y ya soy grande y mis miedos se circunscriben a la economía
o la limpieza del caserón, por los juegos de naipes
o el cuidado de mi madre ya anciana. Pero las cosas no dejan
de suceder por más edad que uno tenga y los miedos
precoces dan lugar a otros fantásticos y más
racionales.
Como cualquier lunes la quietud de la calle abruma, y mi
cabeza en la almohada choca con la pared que da a la calle.
Ya no me cuesta dormir, pero este estado de ensueño
y vigilia donde se transita de la perfecta conciencia a la
más profunda irracionalidad se extiende cada vez por
un periodo más largo. Estoy a punto de dormirme cuando,
de la calle siento a la distancia pasos, ruidos de tacos (creo
que de hombre; zapatos) y comienzo a imaginar los negros y
altos zapatos seguro de algún señor de tez mortuoriamente
blanquecina y con algún pañuelo en el cuello
que recuerde colores tenues. Los pasos suenan cada vez más
cerca y estoy completamente despierto. Los pasos son ahora
fuertes y debe estar por pasar por el frente de mi casa. Si,
de repente y cuando yo me digo por dentro que está
en la vereda y me disponía a imaginar la retirada de
sus pasos, se detiene inmóvil y comienzo a preocuparme.
Salto de la cama y busco que coincidan mis ojos con las hendijas
de la persiana, logro acertar cuando veo que él intenta
hacer lo mismo del otro lado, y me tiro repentinamente hacia
atrás del susto. Creo que lo notó porque enseguida
los pasos siguieron hasta dejar de sentirlos. No podía
dejar de pensar que los pasos volverían esa noche y
que la soledad de mi casa se acentuaba con el eco que producía
mi miedo. Pienso que debo ir a buscar un vaso de agua pero
la pereza me detiene y alargo el momento. De repente comienza
a sonar el despertador en la antigua pieza de mi hermano y
con un reflejo asombroso me levanto de la cama. Camino hacia
la habitación cuando de pronto se oye un quejido de
humano en ella y un golpe que apaga el despertador, !!pero
si estoy sólo¡¡, quién más
puede estar ahí. Me acerco a la puerta semiabierta
y miro: para mi asombro aquel cuerpo dormido era el mío
y comienzo a sospechar de la casa como si fuera un enemigo
acechándome. Comienzo a recorrerla y noto que en cada
habitación está mi cuerpo dormido, como si me
hubiese multiplicado para llenar los vacíos que la
ausencia dejaba en los colchones de las otras piezas. Comienza
a matarme el sueño y me tiro en el desván y
lentamente me duermo. Al rato abro los ojos y estoy durmiendo
en la habitación de mi hermano, dejo la cama y me dirijo
al desván: allí estaba yo durmiendo placidamente.
Tardo un rato en percibir que todos nosotros, es decir, todos
los "yos" de la casa hacemos guardia por turnos
para proteger el viejo caserón del hombre de los pasos
de afuera, que cada dos horas aproximadamente intenta entrar
al viejo caserón, quizá con la inocencia de
pensar que habita una sola persona. De repente los pasos de
nuevo, me acerco a la ventana y miro expectante y nervioso,
estoy con mucho frío y trato de hacer poco ruido, cuando
percibo que me olvidé las llaves en la oficina y no
puedo entrar, me acerco a la persiana y no dejo de sorprenderme
al ver que un sujeto me mira desde adentro y pienso: "deben
ser intrusos, la puta madre".
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