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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Ertonio
ERTONIO@terra.es

FUE UN ACCIDENTE

 

La primera investigación de la que tuve que hacerme cargo como jefe

del Grupo de Homicidios, fue, según mis más aviesos detractores, una

chapuza perfectamente diseñada para medrar. Eso es lo pudiera parecer

y lo que ellos querían creer; pero para quien esté dispuesto a

escucharme, ahora que ya ha pasado mucho tiempo, me voy a permitir

contar lo que realmente ocurrió.

Se llamaba Manuel García Fernández, medía un metro setenta y tres de

estatura, era soltero, tenía pelo moreno, setenta y dos kilos de peso

y treinta y cuatro años. Murió sofocado en su domicilio, entre un

montón de naipes esparcidos por el suelo.

Su vecino de abajo escuchó el ruido de una violenta pelea. Aguardó

prudentemente hasta que las señales de violencia hubieron cesado;

acudió entonces, solícito, para ofrecer su ayuda y, de paso,

cotillear un poco. Como nadie respondía a su llamada decidió dar

cuenta a la Policía. Los agentes, que obtuvieron idéntico resultado

al golpear la puerta, optaron por derribarla y encontraron entonces

el cadáver. Después me llamaron a casa.

Tomé la cámara y algunos útiles más y me puse en marcha. En el

edificio de la residencia del muerto, sus pasillos y galerías,

estaban diseñados de tal manera que no había manera de entrar o salir

sin ser objetivo de un intenso fuego cruzado proveniente de las mil

mirillas de sus trincheras. Para encontrar el piso de Manuel hubo de

informarme el vecindario, que, al mismo tiempo, me puso al

corriente de la vida y costumbres de la víctima; del precio de las

viviendas y de los beneficios y miserias de vivir en aquella vasta

comunidad. Estaban en disposición de jurar sobre la Biblia que nadie

extraño había entrado o salido de la finca en todo el día. Era

cuestión de creerlo dadas las circunstancias.

Una cierta dosis de buenhacer; mucha suerte; unas cuantas frases

ingeniosas exclamadas en el momento oportuno y alguna que otra

excentricidad en el límite mismo de lo tolerable era todo lo que se

necesitaba para hacerse acreedor del prestigio que yo disfrutaba

entonces. Podía permitirme el lujo de llevar a cabo la investigación

yo solo, incluso se me concedía practicar personalmente la

Inspección Ocular (normalmente reservada para especialistas). Jefes

y compañeros confiaban en mí de forma ciega, con la secreta esperanza

los últimos, eso sí, de que con recíproca ceguera me diera el

trastazo fatal.

Una vez en el lugar de los hechos, como siempre, hice fotos a

diestro y siniestro: del entorno del cadáver, del muerto propiamente,

de la vivienda en todas sus piezas y - eso nunca se me olvidaba -

del asiento en el que posteriormente me sentaría a contemplar al

fiambre (algunos pensaban que esto último lo hacía para situar el

"Punto subjetivo de observación", valiente tontería , su único fin

era el de disponer de una imagen original de esa parte del escenario,

por si accidentalmente destruía algún vestigio importante).

Esta manía mía - que sólo respondía a una pizca de necrofilia y

otra de imprudencia - estaba dando pie a que se fraguara una leyenda

sobre mi persona, de esas de literatura policíaca semanal.

"Interrogatorio del finado" y frases de esta guisa empezaba yo a

escuchar por los mentideros de Jefatura. Cosas así, como los rumores

de mi excepcional inteligencia, se me antojaban extremadamente

divertidas; pero me cuidaba mucho de desmentirlas, desde luego.

Tomé algunos datos más del vecindario; di orden de que se avisara al

juez y, cerrando la puerta de la vivienda, me quedé a solas con el

cadáver. No sabía por dónde empezar, esa era señal de que la

investigación comenzaba a discurrir por buen cauce.

Me senté en el sillón que ya había elegido y encendí un pitillo.

Cualquier estudioso de Técnica Policial hubiera recriminado

gravemente este proceder, pero yo sabía que un cierto desprecio hacia

los delicados indicios creaba una disposición sicológica muy

favorable y, además, me apetecía fumar. Este era todo el secreto del

"Interrogatorio" ese; en la misma línea que desafiar al famoso dicho

"El tiempo que pasa es la verdad que huye" sentado plácidamente,

como diciendo "Pues lárgate, me basta con lo poco que quede".

El difunto debió haber sufrido una terrible agonía, así lo revelaba

su rostro intensamente cianótico; la expresión de sus blancos ojos;

lo suplicante de sus manos que se disponían como pétalos del cuello.

Los traumatismos de todo su inerte cuerpo, juntamente con las

inequívocas señales de violencia del salón, parecían apuntar a una

pelea con resultado de homicidio; pero no encontré ningún indicio de

forcejeo en sus bien cuidadas y espléndidas uñas, ni los hematomas

propios de la estrangulación. Todo eso se aclararía en la necropsia.

La ventana de uno de los dormitorios estaba abierta y en su exterior

discurría, próximo, un canal de desagüe de Uralita; mas resultaba

difícil imaginar a un tipo de la corpulencia necesaria para

estrangular a mi cliente deslizándose cinco pisos por tan precario

medio. Tampoco había huellas de pisada en el marco.

Especialmente desconcertante resultaba aquella pila de naipes de

póquer que cubría gran parte del suelo y algún mueble; y no menos las

treinta o cuarenta barajas aún precintadas que había sobre la mesa.

Junto a estas una botella de güisqui casi llena y un vaso con este

mismo licor, casi vacío. Habría que analizarlo. Encontré también un

trozo de papel para envolver que seguramente hizo lo propio con las

barajas, estaba escrito el nombre del comercio del que procedía, tomé

nota y me senté a esperar al juez.

Según habían informado los vecinos, Manuel García vivía solo; no

tenía familia, trabajaba como técnico en una empresa de fotomecánica.

Era un tipo sencillo; reservado pero no hasta el límite de la

introspección; ordenado, pero no hasta la rigidez. Ninguna relación

con drogas, alcohol, juego, gentes raras ... nada, tampoco un

especial desdén contra ninguno de estos hábitos. Ni uno sólo de los

informantes había dejado de decir que "Era un chico muy normal", ni

uno sólo. Por lo visto no solía recibir visitas, acaso de tanto en

tanto alguna chica; pero no aquella tarde, ni en el día anterior, ni

en el otro.

Tomé su listín telefónico, que no era ni muy jugoso ni muy

raquítico; con un menú de unos cincuenta usuarios, muchos de ellos,

con toda seguridad, en desuso. Llegó por fin el juez que, viendo las

barajas de póquer, puso cara de ídem. Ordenó el Levantamiento y señaló

la conveniencia de que se analizara el güisqui; dijo que él se

ocuparía de algún virtual familiar y que, por mi parte, le mantuviera

informado. Todavía quedé un rato junto a Manuel, esperando esta vez a

los de la funeraria.

Con la experiencia había aprendido que el mismo conjunto de

respuestas se obtiene cuando se pregunta por las circunstancias de

la muerte que cuando se pregunta por las circunstancias de la vida

(sobre todo de la última parte) ; sólo que a la segunda se respondía

con más naturalidad.

Por este mismo criterio pudiera esperarse que a una vida

absolutamente "normal" debiera corresponder una muerte del mismo

matiz. Había que entender el accidente, ya sea cardiovascular, de

tráfico o laboral, como una muerte con todos los pronunciamientos de

normalidad, servidumbres de la civilización. Por otra parte ... ¿Qué

demonios tenía de normal aquella alfombra de cartas de póquer? ...

Se me ocurrió en principio que, trabajando como trabajaba en el

ramo de la fotomecánica, bien pudiera tratarse de un pedido. Tal vez

estaba comprobando la buena factura de su tarea cuando se percató de

un error; se desesperó, lanzó con rabia el mazo de cartas; comenzó a

examinar otra baraja; y otra y otras, lanzándolas todas ... Luego,

entre frustración y nervios, se atragantó con algo que mascaba o

sufrió algún tipo de crisis respiratoria, es decir, le sobrevino la

muerte.

Pero aquel lote de mazos de póker tenía todo el aspecto de haber

sido comprado en el establecimiento que se indicaba en el papel de

envoltorio, por puro olfato. )Estaría metido en algún asunto de

"barajas marcadas de imprenta"? ... Esta posibilidad se me antojó

especialmente atractiva y estúpida, me guardé uno de los mazos.

Me encendí otro cigarro y me recosté en el sillón mirando al techo

en su claridad. Coloqué los pies encima de la mesa para estrenar mi

condición de jefe en todo su protocolo, no había ninguna necesidad

de examinar inmediatamente el resto de la vivienda, cuando se

llevaran a Manuel la precintaría y ya me ocuparía en su momento.

"Dejemos que la verdad huya, ya la alcanzaremos", me dije.

"Manuel García Fernández", pensé, aquel no era un chico muy normal:

era un monumento a la normalidad. Estatura media, peso medio, moreno,

34 años, heterosexual, nivel económico medio, estudios medios; ni

simpático ni antipático; ni elegante ni desaliñado ... Me abandoné a

la imaginación y deduje que "algo absolutamente normal no era

normal". Quedé transpuesto con este pensamiento. Era una idea que por

un momento me resultó impertinente, impedía que me concentrara en

otros detalles mucho más transcendentes de la inspección; pero lo

cierto es que TODOS los vecinos habían coincidido en esta

descripción, como si previamente lo hubieran convenido ... )estarían

ocultando algún secreto? ... Tampoco era cuestión de desechar esa

posibilidad, aunque me inclinaba más bien a suponer que "muy normal"

venía a ser el título que se otorgaba a quien superaba airosamente el

pertinaz, severo y constante examen que la comunidad de vecinos

dispensaba a todos sus miembros.

Como los de funeraria tardaban un poco, me di una vuelta por la

casa, una vivienda de cinco piezas incluidos cocina y aseo; un

apartamento de soltero muy apañadito. Comencé por la cocina, por el

refrigerador, lo típico: algo de embutido, restos de comida del día

anterior, unas cuantas cervezas, un tarro de foagrás empezado, un

trozo de queso ya casi seco, medio bocadillo de una sustancia

indefinible - paté - y un congelador moderadamente surtido de

diversas porquerías ultracongeladas. El fregadero con algún plato

por limpiar; un vaso con la boca hacia abajo y dos recipientes

empezados del mismo detergente; un estropajo raído y un trozo de

jabón. El armario con una caja de galletas, otra de magdalenas; café

soluble y un bote con miel... Nada de particular.

En su dormitorio, en los armarios, únicamente ropa. Tarjetas de

visita, de crédito, algunos libros, algo más de veinte mil pesetas y

una foto reciente de Manuel que me quedé, en la mesilla de noche;

algunos trastos inútiles tras la puerta. La cama estaba hecha.

En el cuarto de baño no había nada extraño.

En su habitación había libros técnicos de fotocomposición y varios

best-seller antiguos dispuestos en una estantería, bien ordenados;

cintas magnetofónicas y algunas de vídeo sobre una mesa de trabajo;

un aparato de gimnasia cubierto de polvo en un rincón ... Nada del

otro jueves.

En el salón estaba él, en decúbito supino, aún caliente sobre un

lecho de naipes, como si hubiera suplicado hasta la muerte una

bocanada de aire, aterrador. No pude evitar quedarme mirándolo unos

minutos. El sofá, que no era muy recio, estaba roto por su mitad,

como si en él hubiera caído violentamente la víctima antes de quedar

yaciendo en el suelo. Algunos muebles de tipo mural medio

desprendidos, con algunos restos de sangre y pelos que recogí y

guardé en una bolsita hermética; los cristales de sus lunas, rotos,

habían dejado sus restos sobre las cartas del suelo.

Aquel destrozo, estaba seguro, tenía que deberse a los enérgicos

arrebatos de una agonía estremecedora, la que escuchó su vecino de

abajo.

Y los naipes, sobre todo los naipes, qué ingrediente tan novelesco y

misterioso. Cogí algunos al azar - todo estaba ya convenientemente

fotografiado - para comprobar que eran nuevos, así lo reflejaban su

prestancia y su olor. Los guardé para que Criminalística lo

confirmara.

Nadie que no sea policía, juez o camillero de los de funeraria

puede entender lo expresivo que es el rostro de un cadáver en su

último entorno vital. Aquel lo era más, su mueca de terror, me

pareció, transcendía a los insufribles preludios de su muerte atroz.

Me arrancó de una intensa ensoñación el sonido del timbre. Eran

los chicos de funeraria, dijeron que pensaban que no había nadie

porque, al parecer, tardé en abrir. Les recriminé que vinieran

fumando, por aquello de mantener la categoría profesional; les

advertí de que tuvieran el máximo cuidado en no tocar ni pisar nada.

Envolvieron a Manuel en tejidos dolorosamente plateados, marcharon

callados por el desaire de mi reprensión y mis modos. Decidí cerrar

y precintar la estancia, por aquel día era suficiente.

- -.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

La siguiente jornada fue especialmente aciaga, valiéndome de mi

renovada influencia conseguí enseguida los resultados de

Criminalística: El güisqui, aunque malo, no contenía otra cosa que

güisqui; los naipes eran nuevos, alguna ralladura en su esmalte final

que bien pudiera explicarse por su deslizamiento sobre el suelo;

pero, por lo demás, ni huellas dactilares. (Ah!, la baraja no estaba

marcada, se ajustaba microscópicamente a los diseños convencionales.

Los pelos y sangre, por lo que habían contrastado con el forense,

pertenecían al difunto.

Me pasé la mañana entrevistándome con los amigos de Manuel. Todos,

tras una reacción de incredulidad, perplejidad y congoja, venían a

señalar lo extraño del acontecimiento (Y eso que me cuidé de no

mentar lo de los naipes, esperando que espontáneamente alguien

hiciera alusión a cualquier circunstancia con ellos relacionada). A

los de la fotomecánica tuve que terminar inquiriendo sobre este tema;

pero la expresión que sistemáticamente reflejaban sus caras era

respuesta sobrada: nunca aquella empresa se había dedicado a

semejante quehacer. En efecto, su línea profesional distaba mucho de

ese género. Me dijeron, eso sí, que los últimos días Manuel los tomó

libres, la empresa le debía horas y aceptó cobrarlas de esa forma.

De nuevo; superada la incredulidad, la perplejidad y la congoja,

siempre la misma descripción: "Manuel era un chico de lo más normal".

Aquello se hacía tan desalentador como lo hubiera sido desconocer su

identidad.

La experiencia acumulada de tantas investigaciones me advertía de

algo importante. Algo así como que, cuando sistemáticamente se

concluye entre tan variopinto público, en que "era un chico muy

normal"; una de dos, o Manuel se esforzaba en convencer y convencía

de que lo era, o era un tipo "vulgar", que no "normal" ... pero nadie

dijo "vulgar", con el desprecio que esa expresión implica. Se me

antojaba inaceptable que ningún amigo, con o sin conocimiento de

causa, advirtiera de su retraimiento, o de su timidez, o de lo

ordenado que era, o de lo puntual, lo formal, lo sinvergüenza, o de

todo lo contrario.

Recuerdo muy bien como me empezaba a aturdir esta idea, y que

decidiera, aunque sólo fueran las doce de la mañana, almorzar antes

de proseguir la investigación. No puedo aportar ningún dato sobre el

lugar al que acudí a comer, ni sobre lo que comí. Eso debe ser porque

me pasé todo el tiempo ido, completamente ido; es posible que,

incluso, me fuera sin pagar.

La cuestión era tan simple como que tenía el cadáver de una persona

perfectamente anónima (ya me dirán Uds. qué nombre es ese de "Manuel

García Fernández"; sin familia, sin vicios ni defectos; sin virtudes

ni gracias) que, de buenas a primeras, aparece muerto de qué se yo

qué sobre un lecho de naipes nuevos. El homicidio, sin móvil ninguno,

estaba razonablemente descartado; el suicidio era imposible; el

accidente, entonces, salpicado de unas circunstancias raramente

conciliables con lo accidental.

Creo que paseé varias horas dándole vueltas al asunto bulevar

arriba, bulevar abajo; pero esto es sólo una hipótesis. Recuerdo

árboles a uno y otro lado y que, por decirlo así, cuando recuperé la

conciencia, era ya de noche. Nunca me había ocurrido una cosa

semejante.

Corrí enseguida a Jefatura para disculpar mi larga ausencia con

cualquier excusa, comprobé con alivio que no había habido ninguna

incidencia particularmente importante. De lo que sí me acuerdo es de

las caras que los compañeros mostraban ante mi presencia. A uno le

contesté mal, como preguntando "qué tripa se te ha roto" o que "si

tenía monos en la cara (yo)"; pero son estas prebendas que me eran

permitidas, no por mi condición de jefe, sino por la de veterano.

A la mañana siguiente, lo primero que hice (quizá aun antes de

despertarme), fue telefonear al juzgado. Me informaron de que la

necropsia no se había practicado todavía, aquello me encolerizó, pero

conseguí disimularlo bastante bien.

Cuando desayunaba comprendí que el asunto me estaba empezando a

afectar y yo era sabedor de que eso era lo peor que podía ocurrir a

un investigador; pero lo cierto era que un muerto tan espléndido como

aquel debiera ya rebosar pistas e indicios, debiera estar ya casi

resuelto. No es cosa de que se lo comuniquen Uds. a mis superiores;

pero, pese a que tenía que practicar gestiones urgentes (como acudir

al comercio en el que presuntamente vendieron las barajas, o apretar

las clavijas al forense), me tomé el día libre. Lo justifiqué

pensando que sería beneficioso para aliviar la tensión de mi nuevo

cargo, para sobrellevar la presión que suponía conocer las

expectativas que se mantenían sobre los resultados de mi trabajo.

Algo de verdad había en aquello, pero ahora les puedo decir que lo

que ciertamente me trastornaba era que, ya a esas alturas, estaba

empezando a intuir el germen del esclarecimiento de los hechos. De

todas maneras, lo que son las cosas, para distraerme de los naipes

dediqué aquel día a perder al "mus". Me lo estaba pasando muy bien, y

la jornada hubiera sido gratificante en su totalidad si hubiera

resistido a la tentación de telefonear al juzgado; pero, al filo de

las siete de la tarde, cuando me puse en contacto con ellos, el juez

me comunicó, irritado, que llevaba varias horas intentando

localizarme, que tenía que entrevistarse conmigo urgentemente.

Ya se había practicado la necropsia, el motivo de la muerte

resultó ser asfixia, la que produjo un cuerpo extraño que le ocluía

las vías aéreas. El magistrado, un tipo que tenía todo la pinta de

ser el número uno de su promoción, estaba empeñado en que aquello

tenía todo el aspecto de un homicidio, un ajuste cuentas o cosa por

el estilo decía. Se ensoberbecía cada vez que le llevaba la

contraria, o cada vez que le refería el paupérrimo resultado de mis

gestiones. Lo cierto era que la prensa le estaba comenzando a acosar

con lo que ya se denominaba "El crimen de los naipes" y no se le veía

muy diestro en esas lides.

Le dejé que se desahogara y que montara en cólera un rato. Respondió

bien al tratamiento, era un juez joven y parecía buena persona, se

tranquilizó. Después, con la colaboración del forense, le convencimos

de lo inadecuado de la hipótesis de homicidio. El médico le explicó

que, prácticamente, la única posibilidad de concurso de terceras

personas se reducía a que se le hubiera introducido el cuerpo

extraño encontrándose la víctima dormida o privada de sentido

(circunstancia esta que hubiera advertido en el análisis de sangre de

la necropsia); que, en otro caso, se hubiera encontrado tejido humano

y lesiones en las uñas y en la boca del cadáver. Yo, por mi parte, le

expuse la carencia de móvil conocido; las circunstancias de la finca

en la que residía Manuel, que mantenía un severo control por parte de

la vecindad en lo que a tráfico de personas se refiere; las

dificultades de huida por la ventana para un virtual homicida.

También que, de haberse encontrado dormido, se hubiera despertado

con el ajetreo de las cartas; o que, si éste se hubiera producido

tras el homicidio, el cadáver no se hubiera encontrado sobre - sino

bajo - un lecho de naipes. En fin, se le expuso que, sin descartarlo

por completo, debieran existir explicaciones más sencillas y

verosímiles.

Indagó entonces por la posibilidad del suicidio. El forense fue

tajante: pudiera tratarse de una extravagante imprudencia al modo de

la ruleta rusa, pero nadie se suicidaría de una forma tan horrible.

Creo que se pasó un poco, pero llegó a afirmar en un alarde de

erudición que "Era tan probable como que alguien se suicidara

estrangulándose con sus propias manos". El juez, sin embargo, no

quedó muy convencido; resultó ser instruido además de instructor y

señaló el rito de ciertas culturas de "tragarse la lengua"; el

forense no supo por dónde salir, simplemente dijo "Señoría, una cosa

es tragarse la lengua en la práctica de un rito culturalmente impuesto

y otra, muy distinta, tragarse un naipe".

Pegué un brinco... "()Un naipe?!...

"Sí, el siete de diamantes.", y tiró encima de la mesa la bolsita

que lo contenía.

Me disculpé ante los ilustrísimos y me marché. Antes comuniqué al

juez que aún conservaba en mi poder las llaves del domicilio de

Manuel. No mostró el menor reparo.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Desde luego, la hipótesis del suicidio era inconsistente. Yo ya la

había desechado basándome no tanto en el peculiar "modus operandi"

como en los múltiples testimonios que hablaban del equilibrio mental

de Manuel, en el que estaba empezando a creer.

La opción que quedaba, por reducción al absurdo, era el accidente,

pero iba a ser realmente complicado desenmarañar tan curiosas

circunstancias: lo que se había encontrado en el lugar de los

hechos no era un plato de comida a medias, ni lo que se encontró en

la traquea de Manuel una aceituna. Ingredientes tan disparatados

como los que se daban en este caso exigían explicar que es lo que

hacían los naipes en el suelo y, en particular, que es lo que hacía

el siete de diamantes en la garganta de mi patrocinado.

A propósito estaba retrasando mi visita a la papelería en la que se

vendió el "arma homicida", sabía que era la única baza que podía

arrojar algo de luz a la investigación y prefería llegar sabiendo qué

demonios tenía que preguntar. Sin embargo, habiendo transcendido el

tema a la prensa, existían graves riesgos de intoxicación en los

testimonios de los testigos, era cuestión de apresurarse.

Me recibió un tipo cuarentón con bata gris y mostacho del mismo

color que se presentó como el propietario del establecimiento. Su

rostro reflejaba una especie de amargura trascendental o de

resignación mal llevada. Aunque no encajaba con los cánones de tipo

dicharachero, tal como había supuesto, se mostró muy complacido de

atenderme. Estaba perfectamente al corriente de cuanto la prensa

había publicado sobre "El crimen de los naipes", no en vano vendía

periódicos. Me invitó a pasar a una estancia interior repleta de

cajas por desembalar y de estantes que sostenían desde un biberón con

restos resecos hasta una estufa eléctrica fuera de servicio. Me

señaló una mesa-camilla que se disponía en su centro con la intención

de que tomara asiento. Mucho antes de que me atreviera a formular

pregunta alguna comenzó a hablarme de Manuel, lo hizo como si lo

conociera de toda la vida. Lo único interesante - probablemente lo

único cierto - fue que, en efecto, en su establecimiento adquirió en

tres veces la bagatela de 72 barajas (el total de las existencias):

el primer día (dos antes de los hechos) compró una; al día siguiente

diez; el de autos sesenta y una. Señaló también que la víctima

mostraba síntomas de una importante afectación sicológica. Se

apresuró a buscar las facturas correspondientes a estas ventas.

Quedé entonces a expensas de su augusta esposa y enseguida comprendí

la amargura trascendental o la resignación mal llevada de su

cónyuge. Hablaba la mujer por los codos, poco importaba que nadie la

escuchara. Me habló de Manuel; de los peligros del juego; de un

sobrino suyo que hizo la mili en Ceuta y de otro que se estaba

preparando para ser policía. Según la contemplaba debatiéndose en

ademanes para apoyar su discurso; abriendo y cerrando apresuradamente

su inquieta bocaza, se me estaba ocurriendo meter en ella una baraja

entera. Me estaba deleitando con ese pensamiento cuando llegó, por

fin, el golpe de suerte que tanto necesitaba: sorprendí al infeliz de

su marido recriminando a un mozalbete de unos ocho años, exigiéndole

silencio besándose reiteradamente su índice derecho, que señalaba al

techo. Cuando creyó haberle convencido me miró, y quedó aterido al

verme a mí haciendo lo mismo.

Sin contemplación ninguna me incorporé y me dirigí a ellos. Apoyé mi

mano en el hombro del muchacho y, sin que fuera preciso que mediara

palabra, se dirigieron espontáneamente a la salita en la que la

buena señora aún no había parado de cacarear.

Mandamos a la señora a paseo y nos sentamos los tres. Me comentó el

hombre que lo que intentaban ocultar no tenía importancia ninguna,

que solamente instó al chico a que se callara para no involucrarlo en

nada raro. Me quedé mirando al mozalbete, que era su hijo; éste, por

su parte, miró a su padre quien, asintiendo con la cabeza, consintió

que el chaval se explicara.

Me contó que la tercera y última vez que Manuel acudió a su

establecimiento, mientras su padre envolvía el lote de barajas, se

dirigió a él y, barajando con mirada turulata un mazo de cartas que

sacó de su bolsillo, le propuso un juego. Dijo el muchacho que muy

resuelto colocó el mazo en el mostrador y, vocalizando enfáticamente,

le dijo: "Voy a sacar una carta, si no es el siete de ... no lo

recordaba bien, te daré con cinco duros". Resultó que Manuel sacó el

cinco y no el siete, y que no le dio cinco duros sino mil pesetas; el

muchacho, extrañado, quedose contemplando al feliz perdedor y ocultó

las rentables ganancias a su padre.

A mis preguntas, el testigo convino que la carta por la que apostó

(esto aún no lo había publicado la prensa) era el siete de diamantes,

lo aseguró argumentando que desconocía el nombre de esa figura, que

cuando Manuel le describió su forma él dijo "Ah, los rombos".

Prosiguió narrando la curiosa escena que el comprador protagonizó

cuando quedó a solas esperando su preciada mercancía. Describió a

Manuel barajando con fruición el mazo y extrayendo posteriormente un

naipe; el chico dijo "no debía salirle la que él quería porque se

enfadaba mucho". Señaló también que esta operación la repitió tantas

veces como le dio tiempo hasta que llegó su padre; que su frustración

crecía por momentos.

Quizá un profano o, peor, un asiduo lector de novelas policíacas no

hubiera advertido en este punto que el caso estaba ya suficientemente

resuelto. Tal vez hubiera sido conveniente prolongar algo más las

pesquisas para recopilar más testimonios que describieran a Manuel

completamente chiflado, obsesionado con un juego de cartas que le

llevó a tragarse una de ellas y morir asfixiado; pero la declaración

del hijo del dueño de la papelería, que dotaba de claro protagonismo

al "siete de diamantes", era la prueba concluyente. La pretendida

normalidad de Manuel se revelaba así como una fingida que abogaba

por ocultar una paranoia latente.

Aquel caso quedaría registrado en los anales de la psiquiatría

forense merced a un lucido informe del perito que demostraba con

habilidad como una obsesión grave podía desembocar en una crisis

compulsiva de imprevisibles consecuencias. Me las compuse para

asesorar al siquiatra sobre el episodio que compartió con el hijo del

tendero. Así dejó constancia en el estudio: "Tal era su obcecación

que, habiendo apostado con el niño la cantidad de veinticinco pesetas

por la extracción del naipe en cuestión, le pagó mil en un momento de

euforia al comprobar la similitud que con aquel mantenía el que

realmente extrajo: el cinco de diamantes". El escrito en cuestión

describía con particular magisterio el sublime acto de agresividad

que suponía "tragarse el objeto del deseo que no podía ser poseído,

el naipe correspondiente al siete de diamantes". Era una de esas

tesis en las que, con la seguridad de que nadie la iba a rebatir, uno

se permitía todo lujo de erudición y que terminaba indefectiblemente

encuadernado con pan de oro por su autor.

En realidad, las críticas que mis compañeros me dedicaron eran

infundadas, no actuaron como profesionales, lo hicieron como

inocentes chiquillos al dejarse influir con toda maldad por la prensa

amarilla y exigir la existencia de un homicida. Parecía como si, de

hecho, exigieran la captura de un asesino enmascarado que vistiera

maiot negro, botas y capa roja, y un siete de diamantes bordado en su

frente.

Como era el primer asunto del que me ocupaba como jefe de homicidios

y era tal la expectación que se había propiciado, tuve la picardía de

filtrar alguna información a la prensa; de este modo los testimonios

que posteriormente quedarían reflejados en el atestado apuntarían,

cada uno en lo que le correspondiera, a la versión de los hechos

expuesta por las publicaciones, que era la que a mí me interesaba.

Así, los amigos y vecinos de la víctima empezarían a entender su

"absoluta normalidad" como un evidente esfuerzo de fingimiento. El

chaval de la tienda no hablaría de "frustración" o "nervios", sino de

"obsesión", se ensañaría con la escena del frenético barajar y

extraer naipes; seguro que hablaba de mirada perdida y jeribeques

incomprensibles; afirmaría que fueron varias las veces que apostó por

el siete de diamantes. Su madre, la insufrible parlanchina, ya no

hablaría más del vicio del juego, sino de los riesgo de vivir solo,

de las excelencias de la vida conyugal (que seguro su esposo no

compartía).

Mis compañeros conocían bien estas argucias, por eso no me

perdonaban que me sirviera de ellas con mayor habilidad de la

estipulada. La clave estaba en retrasar las declaraciones con la

excusa de terminar de trenzar algunos flecos, dejando que el público

se empapara bien y se convenciera de la versión ya universalmente

aceptada. De este modo quedó bien claro en el atestado que una

tendencia a la obsesión que permanecía latente en Manuel, adoptó por

casualidad, en el curso de unos días festivos, la forma de la

necesidad de extraer certeramente el siete de diamantes en una

experiencia de azar; que fueron las leyes de la probabilidad las que

se encargaron de frustrar cada vez más la cerrazón de la víctima que

concluyó, en un arrebato de impotencia, tragándose el naipe de marras

y falleciendo en un fatal accidente.

El juez me felicitó y archivó gustoso las actuaciones; después de

todo, con ese buen resultado u otro cualquiera, nadie iba a

protestar.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Este fue, en efecto, el resultado oficial de las actuaciones. Sin

embargo mis pesquisas apuntaban a una explicación que no se

identificaba en absoluto con éste; mejor dicho, era contraria por

completo.

Tras entrevistarme con la familia que regentaba la papelería en la

que Manuel compró las barajas, me decanté definitivamente por la

hipótesis que desde muy pronto comencé a acariciar sin yo saberlo: No

es que Manuel persiguiera obsesivamente al siete de diamantes, es que

el siete de diamantes le perseguía implacablemente a él.

Naturalmente era consciente de lo que suponía defender esta tesis;

haber siquiera sugerido esta explicación no sólo hubiera dado al

traste con mi carrera, dependiendo del ahínco con que lo hiciera,

pudiera haber terminado con mi libertad en favor de una recomendable

terapia de internamiento.

Pero lo cierto es que se me hacía muy difícil representarme a un

tipo como Manuel perdiendo la chaveta de la noche a la mañana. Yo

había estado en su casa y había respirado un ambiente que no se me

antojaba como de sicosis, era una de esas cosas que, sencillamente,

no pueden explicarse. Como los testimonios de sus conocidos, había

verdadera confianza en la tan cantada "normalidad" de Manuel; es

cierto que en principio me mostré receloso ante ella, quizá por pura

deformación profesional, pero no tuve más remedio que claudicar por

fin en su favor: Si perdió la razón es que tuvo un importante motivo

para ello.

De este modo, ante la sorpresiva reacción que Manuel tuvo para con

el chiquillo de la papelería obsequiándole con mil pesetas por su

"fracaso", no me cabía otra interpretación que la de la esperanza

que suponía el NO haber extraído el siete de diamantes. Igual que

sobre la escena que - siempre según el niño - protagonizó mientras

esperaba que se le hiciera entrega de su compra, barajando y

extrayendo naipes con denuedo: "no debía salirle la que él quería

porque se enfadaba mucho", no podía evitar suponer que la carta que

él esperaba era CUALQUIERA QUE NO FUERA EL SIETE DE DIAMANTES.

Pero, a la par que me convencía de esta explicación, me alarmaba de

su irracionalidad. )En qué me basaba para suponer tal cosa? ... )En

virtud de qué podía, acaso, imaginar tan fantástico suceso? ... Se me

ocurrió entonces la solución más plausible: No es que reiteradamente

se daba la aparición del siete de diamantes, es que así lo creía el

pobre Manuel. De nuevo volví a dudar de la integridad síquica de mi

cliente; pero era una cuestión de ?legítima defensa?: la suya o la

mía.

Tan insanas reflexiones me poseyeron durante toda la tarde. Pululé

mecánicamente por las calles de la ciudad abstraido hasta la

inconsciencia. El binomio "NORMALIDAD - ACCIDENTE" se decantaba

alternativamente ora en favor de uno de sus términos, ora por el

otro; como si fueran contrapuestos. En una ocasión me "desperté"

sentado en uno de los taburetes de una cafetería merced a los

berridos de un camarero que, con las venas del cuello abultadas y su

rostro congestionado, me gritaba "Que qué deseaba", seguramente por

enésima vez. Tenía la intención de pedir agua pero, por instinto de

conservación, pedí una cerveza de las caras. Alguna que otra vez el

claxon de un automóvil me devolvió a la realidad.

Me quedé frente a una niña que lloraba, el helado que tan

plácidamente degustaba había caído al suelo, permanecí frente a ella

como un pasmarote. El público se aglomeraba alrededor contemplando la

escena. Naturalmente nadie dudaba que yo - sabe Dios con qué

obscura intención - fue quien la desposeyó de su golosina. Cuando el

murmullo se hizo suficientemente intenso recogí el helado y me quedé

contemplando el dibujo que había dejado sobre otras manchas más

antiguas del piso. Noté que el personal se inquietaba por momentos,

por lo que reaccioné comprando otro de chocolate y saliendo

apresuradamente por pies.

Puse tierra por medio hasta que llegué a un asiento público.

Permanecí en él unos minutos jugando con el cucurucho sucio y roto,

contemplando como se derretía deslizando sus gotas por mi mano para

dejarlas caer después sobre los adoquines de la acera, que esta vez

eran nuevos y limpios, estampando manchas estrelladas ...

(Los naipes eran nuevos! ... Acababa de hallar el único modo de

conjurar aquella torturadora idea que en mí se había cebado ... (Las

huellas! ... Las huellas de Manuel en los naipes.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Entré en Jefatura como un auténtico delincuente. El policía de la

puerta me saludó y yo le sonreí nervioso. Llegué al Gabinete de

Policía Científica sin que mediara ningún otro comprometido

encuentro. Serían las dos o las tres de la madrugada, no había nadie.

Con el padecimiento propio de un caco primerizo me hice con un bote

de carbonato de plomo (para revelar huellas dactilares); una brocha

para aplicarlo y la botella de güisqui que, aunque malo, sólo

contenía güisqui. Tomé una bolsa de plástico para guardar el botín y

salí por el garaje con el mayor disimulo.

)Qué demonios iba a hacer? ... me pregunté una vez más. Su cordura o

la mía, repliqué de viva voz.

Llegué al domicilio de Manuel como pudiera haberlo hecho el malvado

asesino de las botas y capa roja, de ahí que nadie se percatara de mi

presencia. Abrí la puerta y una vaharada de negrura me recibió

atenta. Encendí la luz con la mayor premura, tal fue mi desasosiego.

Me senté en mi sillón y me quedé mirando el lugar donde había quedado

el cuerpo inerte de Manuel.

Al poco me puse manos a la obra; preparé la silla en la que supuse

se había sentado Manuel cuando por última vez se situó frente a las

barajas; dejé sobre la mesa el bote de carbonato de plomo con la

brocha; me serví un güisqui tal como supuse él se sirvió. Con el

mayor cuidado fui recogiendo las cartas del suelo; las apilé, todas

cubiertas, en montones sobre la mesa, como simulando los mazos

vírgenes que temerosamente debió desproveer de su envoltura de papel

cebolla y disponer primorosamente frente a él. Obtuve un total de

unos veinte mazos de aproximadamente cincuenta naipes cada uno.

Tomé asiento, ya no podía echarme atrás, sorbí un trago de aquel

güisqui imposible. Cargué la brocha con carbonato y, una a una, fui

impregnando el dorso de cada uno de los naipes del primer mazo. Las

primeras dieciséis no habían sido tocadas, no se revelaba ninguna

huella dactilar; en la diecisiete dos huellas empastadas, como de

dedos sudorosos, de un índice y un medio tomados por el miedo. Antes

de descubrirla sorbí otro poco de güisqui.

Era el siete de diamantes.

Un escalofrío se apoderó de mí por algunos momentos. Me pareció ver

a Manuel sentado enfrente riéndose nerviosamente, invitándome a que

continuara el experimento. Así lo hice en cuanto me recobré el

dominio de la situación, ninguna otra carta de aquel montón había

sido tocada. Fui por el segundo, a la de tres se marcaron de nuevo

ese par de macabras huellas. Me imaginé a Manuel frente al mazo,

cortándolo y decidiéndose por un naipe, engañándolo y,

apresuradamente, optar por otro y levantarlo ...

Otro siete de diamantes.

No pude evitar comenzar a temblar; de forma refleja separé la silla

de la mesa e hice rechinar sus patas contra el suelo. Advertí que

podría despertar y alarmar al vecino de abajo y entendí la necesidad

e serenarme. Después de todo lo que estaba comprobando no era otra

cosa que lo que había sospechado y la razón me impedía creer.

Casi llegué a recuperarme, pero esta vez las blancas manchas

volvieron a aparecer enseguida. Cogí el naipe marcado por sus bordes,

me levanté y me situé en el centro del salón, inspiré profundamente,

la volví frente a mí.

El siete de diamantes.

Me pareció volver a escuchar aquella patética sonrisa. Apuré todo el

güisqui que quedaba en el vaso.

Ni en lo que quedaba de ese montón ni en el siguiente apareció otra

carta manchada, aquello permitió que me relajara. Estaba empezando a

sufrir en mis carnes el terrorífico episodio que antecedió y llevó a

la muerte al bueno de Manuel. Estaba recogiendo la prueba inequívoca

del extraordinario y fantástico accidente con que culminó una vida

pobre de acontecimientos.

Unas cuantas decenas de cartas después volvió a mostrarse una en la

que, a la aplicación de la cerusa (carbonato de plomo) se revelaban

varias huellas; en este caso no fueron dos sino ocho las manchas. La

descubrí con resignación:

El siete de diamantes.

Tan vertiginoso se me estaba haciendo aquello que hube de

reflexionar sobre el valor probatorio del análisis que estaba

llevando a cabo: No había vuelta de hoja, el polvo revelador

señalaba, totalmente ajeno a los acontecimientos, las huellas

dactilares de las superficies que habían sido manipuladas, que habían

sido tocadas con los dedos. Salvo otras explicaciones enrevesadas

que posteriormente me ocupé de descartar, aquellos resultados sólo

apuntaban a una realidad incontrovertible y espeluznante: siempre

que Manuel extraía al azar un naipe de una baraja de póker, éste

resultaba ser el siete de diamantes.

Por cierto, examiné cada uno de los naipes que ya había pasado por

la cerusa: no había más sietes de diamantes que los que estaban

convenientemente marcados por las huellas de Manuel.

Me serví otra generosa ración de aquel licor lamentable y proseguí

con la reconstitución de los hechos. Pasaron ante mí varias cartas

que quedaron limpias como patenas, otras mostraban alguna tenue

huella palmar, hasta que me topé con otra que mostraba los dos

blancos estandartes del necio destino, la que hacía la número treinta

del quinto de los montones.

Era, una vez más, el siete de diamantes. Me imaginé a Manuel

aburrido en su casa, sentado en mi sillón favorito con los pies sobre

la mesa, tomar una vieja baraja del cajón de la mesilla del teléfono.

Me lo imaginé entremezclando los naipes ajeno a la operación,

mientras contemplara, quizás, cualquier estúpido programa de

televisión; cortar el mazo y comprobar, impasible, el siete de

diamantes. Volver a repetir en el hastío de la tarde el mismo

absurdo juego y volver a descubrir, casualmente, el siete de

diamantes. Continuar divertido y volver a sacar, vaya con la carta,

el siete de diamantes. Y otra vez y otra. Abandonar receloso en mazo

para volver a retomarlo, quizá ya alarmado, momentos después.

Descubrir con temor el grave protagonismo de aquellos siete rombos.

Intentar olvidarlo pero no poder; acaso soñar con él.

Me lo imaginé sintiéndose absurdo, comprando un nuevo lote de

naipes. Corroborar con terror la pertinaz aparición de la ya tan

familiar figura, una y otra vez. Me lo imaginé perseguido, impotente,

acorralado; suponiendo mágicas propiedades en esas barajas

embrujadas, en ese siete maldito.

Y al final, frente a tan nutrido lote, contemplándose ridículo,

descubrir tras siete sietes que las nuevas barajas contenían las

cartas todas. Arrojar con desasosiego, uno a uno, tan acosantes

juegos. Y probar una vez más y descubrir un nuevo siete de diamantes;

y tomar una nueva baraja y elegir otra vez al siete de diamantes; y

más y más, y gritar, y cortar ya sin barajar otro mazo virgen, y

estampar contra los tabiques a aquellos siete demonios ... Tragarse

por fin, con los ojos inyectados de sangre y desesperación, al último

embajador de su destino fatal, que fue a alojarse en su nuez para

llevarlo consigo a otros mundos de azar y fortuna.

Otra carta marcada de huellas, otro siete de diamantes.

Hasta veintidós descubrí. No había ningún otro entre las cartas que

habían quedado inmaculadas al carbonato. Algunas de las manchadas

tenían varios pares de huellas, señal de que - así había que

interpretarlo - había probado algunas veces con un mismo mazo.

Yo no salí indemne. Levantado el último siete volvió a parecerme ver

a Manuel sentado frente a mí con una risa extraviada, asintiendo con

la cabeza según movía algo en su boca.

"Esto quedará entre nosotros", le prometí.

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Me lo llevé todo y lo destruí, no me pregunten Uds. porqué. A la

mañana siguiente me cercioré de que el mazo de cartas que el cadáver

llevaba en su bolsillo tenía casi todos sus naipes marcados con

huellas; pero de Manuel sólo eran las que, a cientos, se marcaron en

el siete de diamantes, y un par que aparecieron en el cinco de este

mismo palo.

El resto ya lo conocen Uds., ese mismo día comencé a filtrar a la

prensa los "resultados" de mi investigación y hablé con el forense.

En tres días el asunto quedó brillantemente "esclarecido".

De todas maneras, si alguno de Uds. está interesado en ampliar

detalles, que no me busque en Jefatura. Ahora regento la papelería

"Casualidad", que vende preferentemente barajas, tarots, ouijas, y

todo tipo de artilugios siniestros. No es que yo crea en estas cosas

pero me resulta reconfortante, mucho más que pensar en la casualidad

de sacar siempre la misma carta.


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