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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS

Por Esmeralda Vizcaíno
evizcainoe@yahoo.es
EL EMBRUJO DEL DESIERTO

El bazar de Abdel Akif, el servidor del simpático, en el centro de Marraquech es un lugar singular en el que todos los turistas acaban dejando parte de sí mismos. El bazar lo regenta Abdu Hadir, el servidor del poderoso. Su hermano Abdel Akif es el encargado de las mercancías. Habitualmente en la plaza de Yemá el-Fna, Abdel Akif tiene sus contactos para detectar a aquellos turistas que por ejemplo no sueltan ni un dinar para que les quiten a la cobra del cuello. Estos son tipos interesantes y escasos. Kalima con su chilaba roída se sienta en el suelo, sin una luz que anuncie su presencia entre la multitud. Con la mirada en el suelo mezcla las cartas con parsimonia. Hay que tener el olfato de un elefante para no pisarla. Kalima siempre da a estos turistas una tarjeta del bazar y siempre acuden para tomarse un té a la menta o caer bajo el embrujo de las cinco jirafas con la mirada perdida en la sabana, de los trescientos catorce ventiladores... Mohamed, el chico de seis años que aguarda a la salida del Hotel La Mamounia, con su caja de limpiabotas, guía a los turistas que no llevan reloj, ni ningún otro adorno que no sea la gena, exceptuando a aquellas muchachas que luce una buena alheña en los pies y los chicos que la llevan en las manos, ya que sólo de los casados decoran estas partes de su cuerpo como símbolo de su alianza.

Todo marchaba bien hasta el verano pasado, cuando cinco autocares, con un total de doscientos cincuenta y seis turistas desaparecieron en la medina de Fes y aparecieron doscientas cincuenta y seis brújulas que jamás perdieron el norte, sobre una alfombra persa, en el bazar de Abdel Akif. Este las vendió con rapidez a los emigrantes sin papeles, que dejaban atrás su miseria en busca de un falso paraíso en España. Las brújulas les ayudaron a proseguir su camino hacia el norte, cuando las cigüeñas y las golondrinas retornaban al sur.

Algunos de aquellos emigrantes regresaron a su Marraquech natal y entre ellos, Rafael se asoció con Abdel Akif y Abdu Hadir. Rafael contaba en la plaza junto al puesto sesenta y dos de las mandarinas, la historia de las brújulas mágicas de Abdel Akif y Abdu Hadir:

- Vivía en la región de Larache rezumando pobreza por todas partes, cuando decidí emprender viaje y buscar fortuna. Me despedí de mi familia y me encaminé rumbo a Tánger. Una vez allí un hombre me habló de las brújulas que jamás perdían el norte. Esto era lo que necesitaba, ya que en la frontera uno de los guardianes era un buen amigo mío y se limitaría a volver la mirada hacia otro lado. Caminé durante varias semanas hasta llegar a Marraquech, al bazar de Abdel Akif. No tenía dinero para comprar la brújula, pero me propuso un cambio. Si lograba traer hasta la plaza seis elefantes tallados en madera de cedro, de tamaño natural desde el sur, me entregaría la brújula. Los elefantes habían sido encontrados por una caravana en un palmeral y nadie había sido capaz de moverlos.
Me puse en marcha con rapidez y al volante de la furgoneta de Abdel Akif rumbo a la cordillera del Atlas.Tras cruzarla llegué al desierto. Viajaba por las noches ya que durante el día el calor era demoledor. Conseguí llegar y me encontré con los seis elefantes unidos por sus trompas. Cada uno llevaba unos patines, así que los enganché a la furgoneta y comencé mi viaje de regreso. La marcha fue lenta, pero segura, hasta que se paralizó al llegar a la altura del Alto Atlas. Los elefantes pesaban demasiado y la furgoneta no era capaz de contrarrestar el peso. Decidí detenerme y preparar un té a la menta, mientras la solución se cruzaba conmigo o por el contrario yo me topaba con ella. Cerré los ojos al calor de la lumbre y caí en un profundo sueño mientras los primeros copos de nieve comenzaban a caer. Un hombre de uno noventa y tres de estatura, cabello largo, rubio, ojos verdes se sentó a mi lado y se quedó mirándome fijamente. Al verle me sobresalté y comenzó a gritar de una forma semejante a las mujeres beréberes. Al cabo de unos minutos me encontré rodeado por una tribu de hombres semejantes a aquel, con sus chilabas blancas de lana. Me dieron una de ellas y me ofrecieron unos dátiles. Me puse la ropa y me los comí. Ellos se sentaron a mí alrededor, sin decir ni una palabra. Al alba me acompañaron hasta mi vehículo y seis de ellos se subieron sobre los elefantes, mientras el resto con sus tambores comenzaron a danzar. Los elefantes comenzaron a moverse al compás de la música remolcando la furgoneta. Así fue como conseguí cruzar los Atlas y llegar a la llanura

Una vez allí, los hombres desaparecieron durante la noche y los elefantes al alba volvieron a ser de madera. Tras mis oraciones de la mañana me encaminé rumbo hacia el bazar de Abdel Akif. Este maravillado por mi hazaña me dio la brújula y me ofreció un trabajo en su bazar como socio, si decidía quedarme en Marraquech incorporándome inmediatamente o de lo contrario cuando yo estuviese preparado para ello. Le día las gracias y decidí intentar llegar a España.
Con mi brújula y un futuro no mucho menos incierto crucé la frontera. Lo difícil fue introducirme en el equipaje de un turista americano y embarcar en el ferry. Alá me salvó de morir ahogado y logré alcanzar las costas gaditanas. Seguí la ruta de las cigüeñas y llegué al norte. Este me recibió con el escalofrío de las miradas de aquellos que se cruzaban conmigo. Aquella no era la tierra prometida. Me sentía más libre en mi país que allí, entre el desprecio y la indiferencia de aquellos que me rodeaban. Perdí mi brújula una noche fría entre los escombros de la obra en la que nos refugiábamos unos veinte africanos, como nos llamaban en el albergue. Tuvimos que salir con precipitación cuando la policía entró buscando a unos ladrones. Y decidí que lo mejor sería volver a casa.
Un hombre al que no conocía me ofreció su casa, su comida, ropas y la ayuda necesaria para volver a Marraquech. Yo no entendía la causa de su ofrecimiento, hasta que me mostró un recorte en el que decía: Misteriosa desaparición de cinco autocares de turistas en Marruecos. Me dijo que no había explicación racional, pero él era uno de esos turistas y por arte de birlibirloque tras tatuarse los pies con gena, se había transformado en una brújula. Al traerla hasta su lugar de origen el hechizo se rompió y recobró su condición como ser humano.

Acepté su ayuda y una vez al año nos vemos. Ahora vivo en Marraquech y trabajo en el Bazar. Voy a la plaza de Yemá el-Fna y cuento mi historia a todo aquel que tenga tiempo para prestar sus oídos a la narración de mis viajes, a cambio de unos dinares, bajo la mirada atenta de la policía, que tiene por real mandato no creer en la irracionalidad, pero una de sus orejas escucha atenta, mientras sus ojos buscan el versículo del Corán que les salvaguardará del mal de ojo.

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