El bazar de Abdel Akif, el servidor del simpático,
en el centro de Marraquech es un lugar singular en el que
todos los turistas acaban dejando parte de sí mismos.
El bazar lo regenta Abdu Hadir, el servidor del poderoso.
Su hermano Abdel Akif es el encargado de las mercancías.
Habitualmente en la plaza de Yemá el-Fna, Abdel Akif
tiene sus contactos para detectar a aquellos turistas que
por ejemplo no sueltan ni un dinar para que les quiten a
la cobra del cuello. Estos son tipos interesantes y escasos.
Kalima con su chilaba roída se sienta en el suelo,
sin una luz que anuncie su presencia entre la multitud.
Con la mirada en el suelo mezcla las cartas con parsimonia.
Hay que tener el olfato de un elefante para no pisarla.
Kalima siempre da a estos turistas una tarjeta del bazar
y siempre acuden para tomarse un té a la menta o
caer bajo el embrujo de las cinco jirafas con la mirada
perdida en la sabana, de los trescientos catorce ventiladores...
Mohamed, el chico de seis años que aguarda a la salida
del Hotel La Mamounia, con su caja de limpiabotas, guía
a los turistas que no llevan reloj, ni ningún otro
adorno que no sea la gena, exceptuando a aquellas muchachas
que luce una buena alheña en los pies y los chicos
que la llevan en las manos, ya que sólo de los casados
decoran estas partes de su cuerpo como símbolo de
su alianza.
Todo marchaba bien hasta el verano pasado, cuando cinco
autocares, con un total de doscientos cincuenta y seis turistas
desaparecieron en la medina de Fes y aparecieron doscientas
cincuenta y seis brújulas que jamás perdieron
el norte, sobre una alfombra persa, en el bazar de Abdel
Akif. Este las vendió con rapidez a los emigrantes
sin papeles, que dejaban atrás su miseria en busca
de un falso paraíso en España. Las brújulas
les ayudaron a proseguir su camino hacia el norte, cuando
las cigüeñas y las golondrinas retornaban al
sur.
Algunos de aquellos emigrantes regresaron a su Marraquech
natal y entre ellos, Rafael se asoció con Abdel Akif
y Abdu Hadir. Rafael contaba en la plaza junto al puesto
sesenta y dos de las mandarinas, la historia de las brújulas
mágicas de Abdel Akif y Abdu Hadir:
- Vivía en la región de Larache rezumando
pobreza por todas partes, cuando decidí emprender
viaje y buscar fortuna. Me despedí de mi familia
y me encaminé rumbo a Tánger. Una vez allí
un hombre me habló de las brújulas que jamás
perdían el norte. Esto era lo que necesitaba, ya
que en la frontera uno de los guardianes era un buen amigo
mío y se limitaría a volver la mirada hacia
otro lado. Caminé durante varias semanas hasta llegar
a Marraquech, al bazar de Abdel Akif. No tenía dinero
para comprar la brújula, pero me propuso un cambio.
Si lograba traer hasta la plaza seis elefantes tallados
en madera de cedro, de tamaño natural desde el sur,
me entregaría la brújula. Los elefantes habían
sido encontrados por una caravana en un palmeral y nadie
había sido capaz de moverlos.
Me puse en marcha con rapidez y al volante de la furgoneta
de Abdel Akif rumbo a la cordillera del Atlas.Tras cruzarla
llegué al desierto. Viajaba por las noches ya que
durante el día el calor era demoledor. Conseguí
llegar y me encontré con los seis elefantes unidos
por sus trompas. Cada uno llevaba unos patines, así
que los enganché a la furgoneta y comencé
mi viaje de regreso. La marcha fue lenta, pero segura, hasta
que se paralizó al llegar a la altura del Alto Atlas.
Los elefantes pesaban demasiado y la furgoneta no era capaz
de contrarrestar el peso. Decidí detenerme y preparar
un té a la menta, mientras la solución se
cruzaba conmigo o por el contrario yo me topaba con ella.
Cerré los ojos al calor de la lumbre y caí
en un profundo sueño mientras los primeros copos
de nieve comenzaban a caer. Un hombre de uno noventa y tres
de estatura, cabello largo, rubio, ojos verdes se sentó
a mi lado y se quedó mirándome fijamente.
Al verle me sobresalté y comenzó a gritar
de una forma semejante a las mujeres beréberes. Al
cabo de unos minutos me encontré rodeado por una
tribu de hombres semejantes a aquel, con sus chilabas blancas
de lana. Me dieron una de ellas y me ofrecieron unos dátiles.
Me puse la ropa y me los comí. Ellos se sentaron
a mí alrededor, sin decir ni una palabra. Al alba
me acompañaron hasta mi vehículo y seis de
ellos se subieron sobre los elefantes, mientras el resto
con sus tambores comenzaron a danzar. Los elefantes comenzaron
a moverse al compás de la música remolcando
la furgoneta. Así fue como conseguí cruzar
los Atlas y llegar a la llanura
Una vez allí, los hombres desaparecieron durante
la noche y los elefantes al alba volvieron a ser de madera.
Tras mis oraciones de la mañana me encaminé
rumbo hacia el bazar de Abdel Akif. Este maravillado por
mi hazaña me dio la brújula y me ofreció
un trabajo en su bazar como socio, si decidía quedarme
en Marraquech incorporándome inmediatamente o de
lo contrario cuando yo estuviese preparado para ello. Le
día las gracias y decidí intentar llegar a
España.
Con mi brújula y un futuro no mucho menos incierto
crucé la frontera. Lo difícil fue introducirme
en el equipaje de un turista americano y embarcar en el
ferry. Alá me salvó de morir ahogado y logré
alcanzar las costas gaditanas. Seguí la ruta de las
cigüeñas y llegué al norte. Este me recibió
con el escalofrío de las miradas de aquellos que
se cruzaban conmigo. Aquella no era la tierra prometida.
Me sentía más libre en mi país que
allí, entre el desprecio y la indiferencia de aquellos
que me rodeaban. Perdí mi brújula una noche
fría entre los escombros de la obra en la que nos
refugiábamos unos veinte africanos, como nos llamaban
en el albergue. Tuvimos que salir con precipitación
cuando la policía entró buscando a unos ladrones.
Y decidí que lo mejor sería volver a casa.
Un hombre al que no conocía me ofreció su
casa, su comida, ropas y la ayuda necesaria para volver
a Marraquech. Yo no entendía la causa de su ofrecimiento,
hasta que me mostró un recorte en el que decía:
Misteriosa desaparición de cinco autocares de turistas
en Marruecos. Me dijo que no había explicación
racional, pero él era uno de esos turistas y por
arte de birlibirloque tras tatuarse los pies con gena, se
había transformado en una brújula. Al traerla
hasta su lugar de origen el hechizo se rompió y recobró
su condición como ser humano.
Acepté su ayuda y una vez al año nos vemos.
Ahora vivo en Marraquech y trabajo en el Bazar. Voy a la
plaza de Yemá el-Fna y cuento mi historia a todo
aquel que tenga tiempo para prestar sus oídos a la
narración de mis viajes, a cambio de unos dinares,
bajo la mirada atenta de la policía, que tiene por
real mandato no creer en la irracionalidad, pero una de
sus orejas escucha atenta, mientras sus ojos buscan el versículo
del Corán que les salvaguardará del mal de
ojo.
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