- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus



 

  Guías culturales

RELATOS


Por Eugenio Campos

 

LOS MARES DEL SUR


I

Johnny navegaba a bordo de una pequeña lancha neumática. La noche era cerrada, llovía y hacía frío. En la oscuridad, pulsó una tecla de su reloj y pudo ver iluminarse la pantalla del GPS. Poco después, vio acercarse hacia él las manchas oscuras de las islas Shetland.
En este centenar de islas, situadas entre, las islas Feroe, el suroeste de Noruega y Gran Bretaña , y pertenecientes a estas últimas, se encontraba su objetivo. Se desvió hacia el oeste para buscar la isla de Papa Stour. Aún le quedaba media hora de navegación. Rodeó la isla mayor, Mainland y continuó derecho hacia el objetivo.
Johnny Mac Cowan, era un mercenario, intentaba estar siempre en algún conflicto y cuando no, no rechazaba un trabajo en solitario. A sus treinta y cinco años estaba en la flor de la vida, y pensaba que era hora de dejar paso a los jóvenes. Era un hombre alto y fornido, tenía el pelo negro, así como los ojos. Su nariz era recta, sus labios gruesos y su mandíbula cuadrada. Tenía una cicatriz cerca del ojo derecho, recuerdo de una batalla, e iba bien afeitado. Pero esta noche no se notaba nada de eso, ya que llevaba el rostro pintado de camuflaje.
Había sido contratado por un personaje enigmático para recuperar un importante CD. No le había dicho qué contenía, ni él lo había preguntado. Eso no le importaba lo más mínimo. Lo único que quería era cobrar la cantidad establecida. Y era un buen pellizco. Con eso y lo que tenía ahorrado podría perderse en alguna isla de los mares del sur, donde siempre hace buen tiempo. Y no tener que soportar estos climas tan crudos.
Al fin vio acercarse las sombras de los acantilados. Consultó el mapa que le habían dado, la cala que buscaba debía estar ligeramente a su izquierda. Cortó el motor y dejó ir el bote con su impulso hasta las rocas. Tras recorrerlas unos minutos encontró una cala. En la oscuridad, todas eran iguales, pero gracias al GPS localizó la que buscaba.
A la luz de su linterna de bolsillo, buscó algún saliente para atar la lancha, pero la piedra era lisa, parecía una pared. Sacó un pitón y lo clavó en la roca, después, pasó la cuerda por la anilla y la ató. Ahora el bote no se iría a la deriva.
Apagó su linterna, esperó unos minutos a que sus ojos se acostumbrasen de nuevo a la oscuridad y comenzó la ascensión. No era mucho, unos treinta metros, para él pan comido. Pero la lluvia era un leve contratiempo. Tendría que escalar muy despacio, no era momento de resbalar sobre la piedra mojada y caer al vacío, además debía ser tan silencioso como un muerto.
Tenía el borde ahí mismo, con la mano tanteó y notó la hierba empapada. Asomó la cabeza, pero no vio más que oscuridad. Aunque al observar con detenimiento y sin mirar fijamente, sino girando los ojos alrededor de un punto, pudo distinguir a ambos lados una casetas. Debían ser las garitas de la guardia.
Conocía muy bien esas guardias. En esta instalación, al igual que en cualquier otra que no se encuentra en una zona de peligro las guardias estaban hechas por soldados desganados. Aburridos. Y que solo deseaban ver terminar su calvario para regresar al calor de sus lechos. Y en una noche como esta, estarían encerrados en la garita esperando al relevo.


II

Tumbado sobre el césped, Johnny sacó de su mochila, con movimientos muy lentos, una gafas de visión nocturna y se las puso. Enseguida pudo ver, como si mirase un televisor con mucha nieve, lo que tenía a su alrededor, y vio con nitidez las dos garitas. En la de su derecha el soldado fumaba, podía ver perfectamente la parte incandescente.
Arrastrándose muy despacio para no ser descubierto, se fue alejando del lugar. Llevaba puesto un traje de neopreno negro y gracias a él mantenía su cuerpo seco. Aunque no lo protegía del frío. Se deslizó unos cincuenta metros. Cuando vio que desde las garitas no podían verlo, se alzó. Pero se quedó agachado, y es que no había donde esconderse.
El terreno era ondulado, con rocas saliendo de la tierra, algunas de gran tamaño. El resto estaba cubierto de hierba. No había ni un sólo árbol para camuflarse. Fue dando saltos entre las rocas más grandes, aprovechando la oscuridad que le ofrecían. En pocos minutos llegó al objetivo.
Era un palacio de finales del XIX. La edificación estaba construida con bloques de piedra gris y tenía tres pisos, incluyendo la planta baja. Probablemente había sido construido con otros fines que no fuesen los militares. Tenía un portón principal guardado por dos soldados. Todas las ventanas a pie de calle tenían unas gruesas rejas. Y la parte trasera parecía estar orientada hacia el mar.
Observó desde donde estaba, un desnivel del terreno que lo ocultaba, el palacete y no vio ninguna cámara de vigilancia. Entonces, escondido por la depresión del terreno, se encaminó hacia el mar.
A cincuenta metros del edificio, en una garita, un soldado medio adormilado esperaba a que viniera el relevo. Ésta, al contrario que las demás, estaba iluminada por un foco que proyectaba un mar de luz, dejando la caseta en medio como si fuera un islote.
El guardia estaba más pendiente del interior del recinto que de lo que pudiera venir desde el mar. Johnny se acercó por detrás, justo donde estaba la sombra de la garita, beneficiándose así de esa oscuridad. Pegó la espalda a la pared y se puso a rascarla. Emitía un leve sonido que tras el primer momento de sorpresa, intrigó al soldado. Maldijo el tiempo que hacía siempre sobre las islas y salió para ver qué ocurría.
Johnny estaba agazapado. Vio venir hacia él al centinela y sin darle tiempo a descubrir su presencia, le mandó un puñetazo a la entrepierna. Antes que pudiera gritar, lo cogió y lo metió en la zona oscura, tapándole la boca. Después, valiéndose de sus grandes manos, estranguló al soldado. Cuando advirtió que éste desfallecía aflojó la presión que ejercía. El guardia cayó al suelo inconsciente.
El mercenario sabía que a partir de ahora su tiempo estaba contado. Se dirigió a la garita que ocupaba la misma situación que la que acababa de atacar, pero en el otro extremo del palacio. Esta vez, no se podía entretener a jugar al gato y al ratón. Fue derecho a la puerta y la abrió.
El soldado estaba semidormido, apoyado de espada a la garita y con el arma reglamentaria lejos de su alcance. Al ver la irrupción de Johnny se incorporó. Éste le mandó un cabezazo que le partió la nariz, después, le dio un golpe en la sien que lo dejó K.O. Ahora podría explorar la fachada del edificio en busca de su punto débil.
Desde la caseta estudió el edificio. Los bloques de piedra con los que estaba construido le facilitarían la escalada. Su misterioso contratante le había dicho que el famoso CD estaba en un despacho del segundo piso. Treparía al primero y después subiría al piso superior por las escaleras. Se acercó al muro a la carrera y directamente se puso a subir. Había escogido una ventana y se dirigía hacia ella.
Con la fuerza de sus dedos y buscando los pequeños salientes fue subiendo hasta alcanzar esa ventana. Sacó de la mochila una ventosa y la aplicó al cristal, después, con un diamante, lo cortó. Introdujo la mano, abrió y se coló en la instalación de la OTAN.


III

Robert Kinnard llevaba tres años destinado a la seguridad de las instalaciones de la OTAN en las islas Shetland. Soldado de profesión, había pedido este destino voluntario, ya que era el más cercano que tenía la OTAN de su residencia. Desde que estaba aquí todo había sido rutina. Un día guardia de mañana, el siguiente de noche y el tercer día libre.
Pasaba muchas horas ante un cuadro de seguridad vigilando luces que debían anunciar algún peligro, pero en todo este tiempo, nada. Nunca había pasado nada fuera de lo común. De vez en cuando, hacían algún simulacro para estar preparados, pero eso era todo. Ahora, tenía una lucecilla roja del primer piso parpadeando.

– ¡Mi sargento, mi sargento!, tengo una luz encendida en el cuadro – dijo muy excitado.
– ¿Una luz?
– Sí mi sargento, de la sala de juntas.

El sargento Ferrie pulsó un botón y se puso a hablar en un micrófono.

– Cuerpo de guardia, sargento Ferrie al habla…
– Aquí el cuerpo de guardia, cabo Johnston a la escucha…
– Tengo un aviso de incidencia en la sala de juntas del primer piso, quizás no sea nada, pero hay que comprobarlo.
– Ahora mismo lo comprobamos mi sargento.
– Espero noticias.

Johnny, una vez en la plaza, se dirigió rápidamente a la puerta. Ésta se abría con una tarjeta como las de los cajeros y tecleando un código. El mercenario sacó de la mochila una tarjeta que iba unida un cable gris ancho de dos dedos y la introdujo en la rendija. Después, la conectó al ordenador de su reloj. En la pantalla podía ver correr los números. El primero quedó fijo, …4…, mientras, los demás seguían corriendo. Entonces, oyó unos pasos precipitados acercándose. Quitó la tarjeta y la guardó.
Los soldados Effren y Sitter subieron de cuatro en cuatro las escaleras, recorrieron el largo pasillo y fueron derecho a la puerta de la sala de juntas. Abrieron. Todo estaba oscuro y en silencio. Sitter dio dos pasos al interior, seguido por su compañero. El soldado Effren estiró la mano para encender la luz, pero no le dio tiempo, su mano quedó suspendida en el aire.
Sin saber de donde provenía, su compañero recibió un golpe justo detrás de la oreja izquierda, cayó como un plomo. Enseguida, él mismo, recibió un puñetazo justo debajo del esternón, dejándolo paralizado. Después, no vio venir el golpe que lo tumbaría del todo, lo recibió debajo del labio inferior.
Johnny tiró de los cuerpos hacia dentro, miró al pasillo, éste estaba tranquilo. Entonces, cerró la puerta y salió. Subió al piso superior por una escalera de madera encerada y brillante. A su derecha, a unos cuatro metros, una puerta de cristal cortaba el paso. Se acercó y utilizó su tarjeta para abrirla. El ordenador del reloj tardó veinte segundos en averiguar el código. El mercenario entró y fue rápidamente a la segunda puerta de la izquierda. Era una puerta de madera igual a las demás. Volvió a usar la tarjeta y consiguió colarse.
Entonces, unas sirenas estridentes sonaron en todo el campamento. Johnny Mac Cowan no se puso nervioso por ello, solo pensó que habrían descubierto alguno de los centinelas.
Estaba en el despacho de un pez gordo, se notaba por los muebles y la decoración. El despacho tenía un detalle que no le gustó nada, no tenía ventanas. En la pared de su izquierda colgaba un cuadro representando el retrato de un militar del siglo XVII o XVIII. Fue recto hacia él y lo descolgó. Detrás, apareció una pequeña caja fuerte.
Sacó de la mochila un aparato negro con unos sensores que conectó cerca del teclado, después lo conectó al reloj. En unos segundos tendría el código. Prestaba atención a los ruidos que provenían del edificio, a la vez que observaba su reloj. …1…, …4…, …0…, …3…, …8…, …1.
El número. Lo tecleó y oyó algo liberarse, pero no tenía la llave para abrirla. De una pequeña caja de plástico verde, sacó una pasta gris que introdujo en la cerradura, le clavó dos cables que desenrolló hasta quedar protegido tras el escritorio. Conectó los dos cables a una pequeña batería y se pudo oír una leve explosión. Con una palanca terminó de abrir la caja, entre una pila de documentos, encontró el CD, tenía la marca que le habían dicho: Top Secret - Y 3 DK. Lo guardó en la mochila, ahora venía lo más difícil, salir. Fue a la puerta y la entreabrió. Dos soldados abrían la puerta de cristal. Antes de que pudieran verlo, cerró.


IV

La puerta se abrió y asomó el cañón negro de un M-16. Johnny cogió el cañón, y tiró de él al tiempo que le daba una patada en las costillas al soldado. Éste quedó sin respiración, aprovechando su estado y la sorpresa, lo lanzó sobre su compañero. Éste no pudo esquivarlo, vio sus movimientos dificultados y no pudo disparar.
Beneficiándose de este hecho, el mercenario se tiró a por el segundo soldado. Le mandó un puñetazo al ojo, dejándolo casi K.O. Al primero le dio una patada en el esternón y cayó grogui. Al segundo lo remató con una patada a la entrepierna.
Johnny abrió una ventana del pasillo. Se asomó y vio dos focos iluminando la fachada. Sacó la Steyr G.B que siempre lo acompañaba y disparó a los focos. Enseguida se apagaron. Dejó la ventana abierta y salió corriendo por el pasillo. Abajo, empezaron a aparecer soldados tanto en el exterior como en el interior.
Bajó las escaleras de tres en tres y justo abajo, en el rellano, se encontró de frente con dos solados.
– ¡Arriba las manos! – ladró uno de ellos, - y suelta el arma.
Johnny dejó caer su automática y puso las manos en la cabeza. Entonces, los dos soldados creyeron haber ganado la partida.
– Avisa al sargento que hemos capturado al intruso – dijo a su compañero.

El soldado se descuidó al sacar su walkie, solo quedaba pendiente del detenido uno de ellos. Contando en que el soldado tendría un segundo de duda, el mercenario sacó de su espalda un largo y fino estilete y le hizo un corte en la mano. El soldado soltó su arma, y recibió en la parte derecha del cuello un duro golpe. Perdió la consciencia. El compañero se quedó paralizado ante la explosión de violencia del intruso. Éste giró sobre si mismo y le envió, con el canto de la mano, un latigazo justo debajo de la nariz. Tuvo una pérdida de coordinación nerviosa y poco después cayó noqueado.
Johnny recuperó su Steyr G.B y se fue corriendo a la sala de juntas. Podía oír unos pasos precipitados. Llegó a la puerta, introdujo su tarjeta y la conectó al reloj. Aún faltaban unos segundos para conseguir entrar. Los soldados que subían a la carrera se vieron frenados por los cuerpos de sus compañeros. Pero mientras unos los socorrían, los otros se fueron en busca del mercenario.
Johnny abrió la puerta y entró justo a tiempo. Fue a la ventana por la que había entrado y observó desde cierta distancia el exterior. Unos focos iluminaban también esta parte del edificio. Además, pudo adivinar la presencia de unos soldados. Se tumbo y desde ahí abrió la ventana en grande. Después, se alejó para no ser visto.
Abajo, bajo la lluvia, media docena de soldados se preguntaban qué hacían ahí mojándose y temblando de frío. Tenían la seguridad de que el intruso sería detenido en poco tiempo en el interior. Así que esto era una pérdida de tiempo. La fachada estaba bien iluminada, incluso se podía ver el interior de las estancias. ¿Pero quién había abierto esa ventana? Si estaba cerrada un momento antes.
El soldado iba a advertir a su sargento, cuando vio salir a toda velocidad al intruso. Johnny dio un salto y aterrizó con suavidad sobre la hierba blanda y mojada. Cogió por sorpresa a los soldados, y valiéndose de ello, salió corriendo en dirección a la oscuridad.
Enseguida se oyeron órdenes lanzadas a gritos. Y hubo un minuto de desconcierto que dio ventaja al mercenario. Éste hizo, en sentido inverso y a la carrera, el recorrido que había hecho a la ida. Se preguntaba qué harían los soldados de guardia en las garitas.
Gracias a las gafas de visión nocturna, que había recuperado en la carrera, pudo distinguirlos. Los habían avisado, estaban a la espera. Unos cincuenta metros de distancia los separaban.
– ¡Alto! – le gritó uno de ellos. - ¡Alto! – repitió al ver que Johnny no se detenía.
El soldado dio un tiro al aire, después apuntó en su dirección. Johnny adivinó que iba a dispararle, así que se tiró al suelo. El disparo pasó por encima de su cabeza. No quería matar a nadie, entonces, le pegó un tiro en la pierna. El soldado cayó. Su compañero, al verlo, se puso a disparar como un loco. Johnny lo dejó vaciar su cargador y repitió la jugada, deshaciéndose así de los dos centinelas.
Detrás, podía ver las luces de unas linternas aproximándose. Se levantó y salió corriendo. Lo vieron sus perseguidores y le dieron el alto. Seguidamente hubo un disparo. Pero era tarde, Johnny hizo un perfecto salto del ángel y cayó al agua. Desde arriba, lo buscaban alumbrando el acantilado, pero las linternas no tenían potencia suficiente.
Johnny recuperó su bote y se fue remando en silencio mar adentro. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, arrancó el motor. Ahora le quedaba el viaje de vuelta. ¿Lo esperarían a su llegada? ¿O bien pensarían que se había matado en el salto? Johnny Mac Cowan desapareció en la oscuridad pensando en los mares del sur.

 

 

 

 

Volver al Relatos Cortos...

        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online