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Por Fabio Andrés Flouch


UNA FIESTA PARA POCOS , FINANCIADA CON EL DOLOR DE MUCHOS

“Yo creo, que la plata que se pidió para uno, hay que devolverla…Es un deber”…Expresó mi amigo Pedro mientras manteníamos un diálogo referido a la deuda externa argentina. Aquella frase invitaba a reprimir cualquier debate del cual se podría haber cargado la charla, teniendo en cuenta el poder inhibidor que ejercía ese razonamiento ético y el poco conocimiento que teníamos sobre el tema.
Hoy, luego de haber atravesado un largo proceso de concientización me permito plantear los siguientes cuestionamientos; ¿Es legítimo lo que plantea pedro, debemos pagar la deuda externa? ¿Fuimos beneficiados por los cuantiosos movimientos de capital? ¿Toda la deuda constituye dinero prestado, es más, fueron préstamos otorgados al pueblo? Son cuestionamientos pertinentes a la luz de desmitificar, denunciar, desenmascarar a los tiranos, desnudar una infamia que fue impuesta como verdad incuestionable, que planteó una única alternativa, una única viabilidad política: El ajuste, o mejor dicho, la destrucción y endeudamiento del estado. Una siniestra operación que redundó en hambre, exclusión, degradación estatal, muerte… Y así fue, y sigue siendo… El pueblo lo tiene que pagar… Al decir de mi amigo… “la plata que uno pidió, la tiene que pagar”.

La deuda externa argentina no es el resultado de desaciertos políticos o errores en la gestión económico-financiera por parte de los funcionarios. Por el contrario, esta cargada de intencionalidad, es parte de un proyecto político estratégicamente planeado y sistemáticamente aplicado. Fue gestado en Washington y consensuado para su aplicación por la clase dirigente de nuestro país. ¿Pero como es que nuestra clase dirigente decide endeudarse y endeudarnos, si acaso, no somos todos argentinos, no debiéramos tirar para un mismo lado? Somos todos argentinos, pero dentro de este país existieron y existen clases sociales antagónicas, y como tal, contradicción de intereses y conflictos, a pesar de ello, la clase dirigente se desvive hablando de la supuesta unidad nacional.

Nuestra clase dirigente siempre estuvo al servicio de la burguesía internacional, así fue desde el nacimiento de la patria y el período dictador no fue una excepción:

Los genocidas militares y sus aliados internos y foráneos encauzaron al país en un proceso devastador, pusieron a su servicio mecanismos perversos que fueron funcionales al saqueo, la acumulación y el asesinato: Especulación financiera, movimientos dentro de una misma empresa catalogados como prestamos, transformación de la deuda privada en deuda pública, préstamos destinados al régimen de asesinato y terror. Todo esto, sumado a los absurdos intereses impuestos por los bancos internacionales, fueron el motor principal del primer envión de endeudamiento: de 7.875 millones de dólares en 1975 a 45.087 millones en 1983. Así fue nomás; toma vos, dámela a mi, la legalizamos como deuda y la convertimos en pública.

Derrocharon avaricia y egoísmo, plasmaron toda su inhumanidad matando y atemorizando. El Banco Mundial otorgó préstamos con el fin de eliminar a los “zurdos”. Esto significa que posteriores ajustes destinados a jubilados, escuelas y hospitales, entre otros sectores públicos, fueron en parte, el pago financiado de los instrumentos utilizados para perseguir, torturar y asesinar a nuestros hombres y mujeres más críticos. Toda una ironía.

En los 70 debía reestructurarse el capitalismo, estaba en crisis nuevamente. Los países ricos debían intensificar la explotación y encontrar nuevas regiones para saquear con el fin de lograr una mayor concentración de la riqueza. Endeudar a países como la Argentina era un eficaz instrumento para lograr estos objetivos. Por aquel entonces, la torta se empezó a cortar en trozos más grandes y a repartirse en menos cantidad de personas. En Argentina quedo claro que aquellos que tenían el ideal de una repartición igualitaria y que se oponían a la injusticia que se venía, debían ser extirpados, arrancados de cuajo. Había que matar al oponente.

Aún hoy, atemorizado y cargando con la deuda sobre sus espaldas, queda el pueblo. Recibiendo migajas o en el peor de los casos quedando fuera de la repartija. Añorando los esponjosos y húmedos trozos de torta que los poderosos jamás llegarán a degustar en su totalidad. Entre ellos; los empujados hacia el costado, esta mi amigo Pedro.

El gobierno de Menem siguió aplicando con enorme pasión los designios de la burguesía internacional funcionales a la lógica del sistema, es decir, el reparto desigual de la torta.

Con un estado cada vez más degradado, se cumplen los anhelos de los poderosos amantes del libre mercado, aquellos que quieren que el estado no los controle, no ponga trabas a esa carrera loca que los conduce al saqueo de nuestros recursos naturales y el usufructo de nuestros bienes públicos. Son los amantes del despilfarro y de las fiestas opulentas, esas a las que solo entran unos pocos. Los mismos que se enfiestaron en los 70 siguieron en los 80, y más que nunca en los 90. La fiesta de la ya harto conocida especulación financiera, fuga de capitales, préstamos para compensar la escasa recaudación fiscal, canje de la deuda por bonos y abultados intereses. Esta fiestita privada engrosó la deuda de una manera fenomenal, con solo decir que aumento de; 58.588 millones de dólares en 1991 a 144.657 millones en 1999, vasta y sobra para entender que la fiesta fue gorda. Nuevamente; Toma vos, dámela a mí, la legalizamos como deuda y la convertimos en pública.

Hace tres décadas que los poderes de turno imponiendo ajustes nos hacen sentir con creces que somos legítimos deudores, como consecuencia de esto; nos hemos convertido en testigos de la decadencia del sistema educativo, del sistema de salud, la falta de inversiones para generar empleo, degradación de todos los sectores públicos, exclusión, hambre, desnutrición. La deuda fue y sigue siendo el instrumento por el cual los países poderosos amarran a los más pobres y conducen a sus clases populares a la miseria y al olvido, imponiendo políticas que se adapten al capitalismo depredador, tales como la privatización de recursos, empresas y derechos esenciales como educación y salud; apertura al mercado externo; desregulación de actividades económicas y productivas; reducción del presupuesto para el bienestar social. Todas recetas impuestas por el FMI, sin embargo, esto no quiere decir que haya desacuerdo con algunas de las clases dirigentes nacionales, por el contrario, hay consenso; negociados políticos, como ocurrió en nuestro país y que tuvo su fiel expresión en los 70 y los 90.

La deuda la pagan los sectores populares, pero nunca han sido beneficiados por esos cautelosos movimientos de capital. Empresas monopólicas nacionales e internacionales, bancos nacionales y extranjeros, funcionarios, entre otros, fueron los gestores y apropiadores de esa descomunal bola de capital, mal llamada deuda pública. A pesar de esto; pesa sobre nuestras cabezas la amenaza de ese irrisorio cálculo estadístico denominado deuda per cápita, dato que se nos presenta a través de distintos medios informativos para inculcarnos la idea de que cada uno de nosotros gastó un determinado monto de los millones que se deben a los acreedores externos

El gobierno actual efectuó dos ínfimos pagos a dos de los acreedores, el FMI y EL Club de París, sin embargo, a pesar de ser ínfimos montos en relación al monto total, los pagos fueron enunciados y festejados como un triunfo, un premio a la buena administración del dinero. No falta algún desprevenido que cree que se pago toda la deuda y siente desprenderse de lazos que lo tuvieron amarrado, pero de los cuales nunca fue conciente.

Es necesario al menos, que quienes siendo víctimas, no legitimen la deuda llegando al razonamiento que alguna vez enunció Pedro. Legitimar la oleada privatizadora, naturalizar problemas sociales como el desempleo, la pobreza y la indigencia, pedir pena de muerte y mano dura para el que delinque, son formas de culpabilizar a las victimas y de seguir brindándole el mejor escenario a los poderosos. Ignorar los mecanismos de los que se apropia el poder, nos lleva a legitimar las decisiones que de ellos imparten, desviar los ejes de la responsabilidad, o en el peor de los casos, creer que nuestro sufrimiento es un designio divino al cual no podemos escapar. La deuda externa fue y sigue siendo un instrumento del cual se valen los grupos políticos, financieros y económicos dominantes mundiales para excluir y concentrar aún más los beneficios; el poder. Argentina como país deudor tenía que ajustar, es decir, reducir capital para el bienestar de su pueblo, eliminar de la agenda política toda estrategia que garantizara una redistribución equitativa, quitar a los pobres para dar a los ricos. La antítesis de Robin Hood.

En el acto de avalar por desconocimiento; hay ingenuidad. En la negación; perversidad. En ambos casos; injusticia.

 



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