- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus



 

  Guías culturales

RELATOS


Por Fermín Vidales

 

HERMENEGILDO EL AFRICANO

En mil novecientos ochenta y cuatro llegó a Villa Oruga un africano llamado Hermenegildo. Era un negro enorme, con el pelo laberíntico y apretado, y la boca belfa y sorprendida. Desfiló por las calles vendiendo volteretas, contorsiones y malabares imposibles. Los villanos corrían ligeramente el visillo y se asomaban a la ventana con más recelo que miedo. A la altura de la Calle Málaga una viejecita a la que había sorprendido el espectáculo desguarecida apresuró el paso, y se escabulló resoplando por el túnel del mercado. El africano, lejos de amilanarse con tan parco recibimiento, sonreía por doquier a las cabezas escurridizas. No obstante, después de varias horas desplegando sus artes inútilmente, instaló sus escasos bártulos en una esquina de la plaza Consistorial y empezó a comerse un bocadillo de chorizo. Al cabo de unos minutos se le acercó el alguacil, Pepe Galero, con una mano expectante sobre el cinturón.
- Disculpe nuestros modales, caballero, pero aquí no estamos acostumbrados a la gente como usted.
- Y cómo se supone que soy yo, si puede saberse- masculló Hermenegildo entre bocado y bocado.
- Pues claro que se puede, pero me sorprende que usted mismo no lo sepa. Digo yo que alguna vez se habrá mirado en un espejo.
- Alguna que otra vez, pero no he notado nada raro.
- ¿Bromea? ¿A usted le parece tan normal que sea tan negro y tan enorme?
El negro Hermenegildo soltó una carcajada seca que estremeció los cimientos de las casas, y las paredes temblaron visiblemente y soltaron una polvareda de cal. El alguacil adoptó un gesto entre la maravilla y la suspicacia.
- En el África son todos así- dijo el africano.
- ¡Caramba!
- Pues sí. De lo contrario no podríamos sobrevivir entre las fieras.
- Aquí no hay fieras- informó Pepe Galero mientras se rascaba la barbilla.- Algún que otro perro rabioso, como mucho.
- Me hago cargo- replicó Hermenegildo mirándose detenidamente las manos.- En seguida saldré del pueblo, no es mi intención molestar.
Pepe Galero arrugó la frente y echó la cabeza hacia atrás.
- ¿A quién está molestando usted? A mí no me parece que esté molestando a nadie. Es más, creo que es una persona de lo más finolis.
- ¿De veras?
- Por supuesto. Yo diría que tiene más de madrileño que de africano.
Los labios Hermenegildo temblaron, quién sabe si ofendidos, conmovidos, o por contener una nueva risotada.
- He de serle franco, amigo...
- Hermenegildo.
- He de serle franco, amigo Hermenegildo. Esos milagros de su cuerpo no le conseguirán aquí ni una miserable peseta. Nosotros somos gente pobre, así que no gastamos el dinero en florituras. Da igual que dé saltos mortales o que escupa fuego por la nariz. Sin embargo más de uno estaría encantado en contratar su musculatura. ¿Ha trabajado usted en el campo?
- África es un campo enorme, así que ya me dirá usted.
- Tanto mejor. ¿Qué le parece?
- Me parece que me quedaré una temporada- dijo el negro con aire misterioso.

Hermenegildo el africano se instaló en un caserón maltrecho del Ventorrillo. Era sumiso y sonriente, y pronto se corrió la voz de que parecía un mulo trabajando, así que no le faltaron peonadas con que ganarse la vida. Lo mismo quemaba leña que vareaba los almendros que verdeaba aceitunas en septiembre. Se levantaba a las claras del día y comenzaba la tarea de turno con un ímpetu hercúleo y algún ritmo entre los dientes. Después de un año sin parar, dejó de ser el forastero de aspecto extravagante para convertirse en un villano cualquiera. Sin embargo, había una cuenta pendiente en su nueva vida: las mujeres. No eran pocas las que le habían arrimado la cadera a la entrepierna en los bailes de la feria o en la Romería de San Isidro el Labrador, pero el negro parecía imperturbable a todas las insinuaciones. Un día Pepe Galero, mientras paraban en la bodega de Pascual, le soltó sin rodeos:
- Mira, compadre, cada uno con su vida hace lo que quiera, pero no está bien que seas marica y no me lo hayas mentado. Desde aquel día que hablamos en la plaza hemos sido los mejores amigos.
- ¿De dónde has sacado eso de que soy marica, Pepe?
- Venga ya, que no eres nuevo. Aquí se sabe todo en seguida. Algunas mujeres dicen que en cuanto te ponen la mano encima das un respingo y te apartas espantado.
- Eso no tiene nada que ver. Es sólo cuestión de gustos. A mí me atrae más la carne requemada.
- Y a mí las costillas de cordero, pero como la hucha no anda muy allá me conformo con el pollo. Así que tu verás lo que haces, pero ya va siendo hora de que dejen de llamarte sarasa por las esquinas, a ver si van a meterme a mí en el mismo saco.
Hermenegildo mostró su dentadura perfecta, apuró de un trago la copa de vino, y se despidió sonriente. Él mismo había meditado largamente el tema. No eran pocas las noches que pasaba abrasándose entre las sábanas, para despertarse con el pulso desbocado y los muslos chorreando. Soñaba que estaba en su tierra lejana, unas veces en la jungla, o en una laguna clara, y otras en medio del desierto. En cualquier parte que fuera, siempre terminaba apareciendo una negra de pechos gloriosos y pelo recio, quien después de danzar endemoniadamente a su alrededor, se le arrimaba a la cintura sin miramientos. Cuando el negro Hermenegildo empezaba a sentir las vibraciones del volcán por debajo del ombligo se despertaba, y sólo después de enfriarse la cara con agua y refrotarse el líquido de la pasión consumida volvía a meterse en la cama.

Una mañana de febrero, cogiendo naranjas para Manuel el de los López, tuvo su primer mareo y se desplomó en el suelo.
- Estoy bien, estoy bien- decía al cabo de unos segundos a los peones que se acercaban a verle.
Pero Manuel el de los López le mandó que se fuera a su casa a descansar. Ya en la intimidad de su dormitorio Hermenegildo el africano se palpó el vientre abultado, y consciente de su desgracia, le dio vergüenza reconocer ante sí mismo que le apeteciera enormemente un pastel de nueces.
A la mañana siguiente Hermenegildo el Africano se marchó de Villa Oruga.

EL PROFETA

La mañana del 24 de mayo de 1996 Isidoro Carabantes entró en trance por vez primera. Fue en el bar de Andalucía y los parroquianos más viejos, pálidos, se acordaron inmediatamente de su abuelo. Ramiro Carabantes era un hombre de campo bueno y trabajador que, por arte de birlibirloque, había empezado un día a expresarse en una lengua extraña. Don Emilio Casares, el cura por entonces, lo examinó detenidamente por si le hallaba algún demonio dentro, y después de dos semanas de insólitas probaturas concluyó que no, que no era la voz del Diablo la que se encerraba en su garganta, sino la de Dios. Informó a sus ovejas de que Ramiro Carabantes hablaba el latín mejor que Salustio. El problema es que nadie conocía dicha lengua en Villa Oruga, así que el resto de su vida Ramiro Carabantes sólo pudo hablar con don Emilio.

Los más ancianos pensaron que la historia de Ramiro se estaba repitiendo con su nieto. Isidoro había puesto los ojos en blanco y tenía todo el cuerpo tiritando. En cualquier momento abriría la boca para soltar un dominus vobiscum o un alea iacta est, pero las palabras de Isidoro fueron dolorosamente claras.
- Hoy a las diez de la noche aullará un perro, y a los treinta y tres minutos morirá el primero.
Después del anuncio Isidoro Carabantes cogió su botellín de cerveza, le dio un trago largo, y preguntó a la gente si tenía monos en la cara.

Nadie se extrañó cuando a la mañana siguiente empezaron a doblar las campanas. Algunos se reunieron en seguida con el señor alcalde y el cura, por si había alguna solución.
- Yo no veo que podamos hacer nada- dijo don Felipe Agüera de Leandro, el alcalde. Los que deban morirse se morirán igual.
- En efecto- corroboró el cura.- Dios nos está concediendo el milagro de saber de ante mano que puede ser nuestra hora. Así podremos poner nuestros asuntos en orden antes de partir al más allá.

El dictamen del mosén se corrió por todo el pueblo y la resignación se apoderó de los espíritus. No quedaba otra alternativa que esperar. Y no hubo que esperar mucho, ya que tres días después, en medio de una peonada, Isidoro Carabantes volvió a transfigurarse y anunció que a las siete y media de la tarde aullaría un perro, y veintiocho minutos después fallecería el segundo.

Conforme se acercaba la hora fatídica las calles de Villa Oruga fueron quedando desiertas. Dentro de las casas comenzaron a escucharse los susurros de inesperadas declaraciones de amor, de confesiones pecaminosas, de solicitudes de perdón, de aclaraciones de malentendidos, de insultos contenidos. La gente libraba sus almas del peso de la conciencia ante la cercanía de la muerte. A las siete y veintinueve se hizo un silencio sepulcral. Tan sólo se intuía el zumbido de los corazones pegados a las ventanas. Entonces se escuchó el aullido del perro y los miradas se aferraron a las manecillas del reloj. Las siete y treinta y cuatro. Las siete y cuarenta y dos. Las madres abrazaban con fuerza a sus hijos asustados y musitaban plegarias. Las siete y cuarenta y cinco. Algunos apretaban los dientes para contener mejor el aliento. Las siete y cuarenta y nueve. Las siete y cincuenta. El señor párroco, arrodillado en la sacristía, daba gracias al señor. Las siete y cincuenta y tres. Isidoro Carabantes, ajeno a sus profecías e incrédulo ante los comentarios, comía un puchero de garbanzos tranquilamente. Las siete y cincuenta y ocho...Las siete y cincuenta y nueve. Las casas de Villa Oruga se convirtieron en una algarabía de llantos y risotadas. Habían sobrevivido. No les había tocado a ellos.

A quien sí le tocó la muerte fue a la familia de Pedro el de la Fuentezuela. El niño mayor, de tan sólo diecinueve años, se había desplomado a la hora señalada. Un paro cardíaco repentino, precisó el médico. Cuando los villanos se acercaron a la casa para dar el pésame traían la cara llena de vergüenza.

Las próximas semanas resultaron tensas. Todos vigilaban de reojo a Isidoro Carabantes, quien seguía con su vida como si nada. Pero el tiempo transcurría sin que se manifestara un nuevo vaticinio, así que los villanos comenzaron con las enmiendas, las preguntas, los insultos y los reproches. ¿Cómo pudiste engañarme con esa puta?, se oía en algunos hogares. ¿Por qué no me dijiste antes que te habías gastado ese dinero? ¿De verdad que me quieres tanto? ¿Qué el niño no es mío? Los villaorugueños se saludaban por la calle con los ojos achicados por el recelo, y no fueron pocos quienes descargaron la culpabilidad a puñetazos.
- No sé de dónde le viene al ser humano esta manía por la verdad cuando le ronda la muerte- se quejaba don Felipe, el alcalde, viendo que su villa se había convertido en un infierno- Lo pecado, pecado está, y se lo confiesas al cura, que para eso está, o te lo llevas a la tumba. Mira lo que pasa ahora. Casi prefiero que Isidoro vuelva a lanzar uno de sus augurios, a ver si se calman los ánimos.

Parecía que el profeta encerrado en Isidoro Carabantes hubiera escuchado al señor alcalde, porque al día siguiente se manifestó de nuevo.
- Hoy, a las nueve y treinta y seis, aullará un perro, y a los trece minutos se morirá el último.

Tal y como había intuido don Felipe Agüera, los habitantes de Villa Oruga recuperaron la calma. La intimidad de los hogares se llenó de súplicas de perdón, aunque pocos volvieron a desnudar las entrañas de su alma. Perdona lo que te dije, no lo pensaba de veras. Después de todo es mi hijo, yo soy quien lo ha criado. Estaba borracho, no sabía lo que hacía. Por supuesto que te perdono. Por supuesto que te quiero.

El tres de julio de 1996, a la nueve y cuarenta y nueve de la tarde, Isidoro Carabantes murió atragantado con un hueso de aceituna. Los villaorugueños respiraron aliviados y recobraron con entusiasmo la incertidumbre de su destino. Bueno, casi todos. El señor cura lloraba y repetía una y otra vez: “señor, por qué nos has abandonado“.


Volver al Relatos Cortos...

        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online