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RELATOS


Por Fermosell m.s.


PERFUME

Decir veintidós era hablar de dos veces once, un número mágico que había marcado tantas coincidencias en sus vidas recientes y que representaban la misma cantidad de días transcurridos en lo que iba del primer mes de un año que presagiaba, ante todo, distancia.

Cuando pudiese leer aquellas palabras estaría inmersa en el frío mes de febrero y a lo mejor hubiese comenzado a ver los copos de nieve que todos los inviernos la visitaban para que recordase su infancia y aquel regusto especial que le hacía sentirse bien. Los mismos quizá que le estaban vetados a él por vivir en un lugar donde la temperatura agradable era casi una norma y ese fenómeno atmosférico, a veces tan bello, nunca asomaba.

Un seco timbrazo del portero electrónico cortó de forma fulminante el, supuestamente, placentero sueño. Haciendo un leve esfuerzo observó que eran las once, y, aun sin encontrar otras tantas razones para levantarse y comprobar quién era, siguió acostado volviendo su cuerpo sobre el lado izquierdo e intentando dormir de nuevo.

Luego, ya de noche, tras acabar el trabajo, se marchó con unos amigos al bar de costumbre para tomarse algunas copas y quemar, en cierto sentido, unas horas que parecían sobrar en su particular proporción del día.

Fue a casa y abrió el buzón; allí estaba y antes de tomarlo entre sus manos, el olor había envuelto por completo el pequeño habitáculo para poner, sin darse cuenta, en movimiento las hebras del recuerdo que brotaron con rapidez. Pensó que parecía mentira el que diminutas partículas impregnadas sobre el papel tuviesen el poder de impulsar y traer unos pensamientos que descansaban tranquilos en algún lugar de su cerebro y agrupados en tan escaso espacio guardasen tanto. Pero ocurrió así; un dispositivo automático los desplegó en un instante y fueron visionados los cortos, pero intensos recuerdos de aquellos días previos a fin de año.

Al momento comprendió que en la mañana, a esa hora tan diurna para su costumbre, el que había tocado el timbre con insistencia no era otro que el sufrido funcionario de correos, cuya obligación y profesionalidad eran entregarle en mano aquel perfumado obsequio, pero ante la imposibilidad real de hacerlo, optó por depositarlo; traía su carta.

Anteriormente, como si de una anticipación se tratase, esa misma tarde había podido escuchar su voz cuya diferencia con la primera vez que lo hizo no fue otra que ella misma pues ahora el sonido articulado iba unido a una persona en forma y dimensión. Al principio sólo la escuchaba intentando imaginar su dueña; le daba hechura y simetría, pero de todos modos, cuando entró en el restaurante aquella soleada mañana y pudo verla, supo desde su interior que la mujer sentada enfrente era la propietaria de ese acento dulce.

Se inclinó en el sofá para hacerse sitio entre los periódicos, pero el olor tan peculiar fue inundando todos sus sentidos y le obligaron a verla de nuevo cuando trasteaba el equipo de música y apareció con las manos juntas, los ojos muy despiertos, el pantalón ancho y una camiseta floja que le había prestado diciendo de una manera asombrada que había hecho algo terrible. Él la miró con sorpresa dudando de lo que decía, pero se fijó rápido mientras sonreía puesto que lo horrible era el no haber podido evitar que se derramase sobre el cuarto de baño su particular esencia que cubrió durante días la casa con un perfume especial hasta que lo físico dejó de existir y quedó grabado el resto en la memoria. Aún guardaba el frasco transparente cuyas palabras no entendía, pero sí su contenido al que estaba sujeto.

Ella seguiría diferente porque sólo ese aroma podía unirlos aunque no se tocasen pues la identificaba igual. Además, tenía el sobre bastante cerca y el perfume hacía realidad una apariencia gracias a su fantasía mientras escuchaba su cinta de música favorita.

Se sentía bien y no pudo encontrar, aun buscándola, una razón lógica para estar de un modo distinto. Era como un bello embrujo sin remisión que le hacía atesorar la felicidad en las cosas pequeñas, aquellas en las que por su aspecto no obligan a casi nada, sólo a ser uno mismo y a disfrutar de ese momento en el que no hay futuro más allá de lo que representa.

Aquel encuentro había sido como una aventura, pero solamente en la forma de producirse cada uno de los hechos posteriores. Todo tuvo la evidencia de una bonita historia en la que quizá hubiese faltado mayor juego dentro de la misma, pero el tiempo suele ser sabio e hizo que durase lo justo para no morir jamás. Serían como fotografías animadas y en color que podrían visionar cada vez que lo desearan.

Recordó la experiencia del teléfono donde le demostró que era posible estar juntos a pesar de no verse porque la presencia como tal no les obliga más que a limitarse entre ambos determinando finales o bloqueos en cada acción, pero de esa manera podían disfrutar cuanto quisieran apoyándose en términos como la voz, el olor y el pensamiento; bañado en su totalidad por una imaginación siempre nueva donde sus manos fueron las suyas y los labios viajaron para posarse allí donde querían.

Su mente, la de ella, era lo único que poseía como llave para todo lo demás. Lo decía alguien que sabía leer en los ojos y que siempre la tendría en ellos.

Al poco, después de unos tragos de cerveza, se había quitado los zapatos arrojándolos sin cuidado. Uno de ellos dio en la pantalla del televisor, el otro no estaba demasiado apartado; lo observó unos segundos y descansó su cuello viendo, por el gesto, que la lámpara todavía tenía fundidas dos bombillas. Luego se felicitó porque ella no estaba tan lejos.

 




 


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