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RELATOS


Por Fernando Gayo Sánchez

 

LA SUSTANCIA

En el camino a casa, dando vuelta a la manzana que lo comunica con la vía principal, Esther vio salir un perro blanco. Estaba feliz, y el animal sintió a su paso un extraño nerviosismo; un jadeo intermitente sacudía su garganta. El camino era corto y sólo pudo rozar al animal antes de perderlo de vista. Mientras la puerta se abría el perro jugueteaba dentro de su cabeza. Si hubiera tenido tiempo, se dijo para sí, seríamos amigos.
El inmueble era uno de esos antiguos caserones de la posguerra: paredes marrones con un estilo de miseria que se filtra en el ambiente. Allí la luz no se reflejaba, y aunque las cortinas siempre se descorrían a las ocho de la mañana, era de noche. En esa penumbra y con treinta y dos años, la vida de Esther no parecía una fiesta de disfraces, y si lo era, la rutina y otras telas del montón, abastecían todo su vestuario.
-Disparatado es verme delgada -dijo en voz alta antes de comerse el último gajo de mandarina. Esther era obesa. Sobre la mesa descansaban los restos de su anterior banquete: tres platos descascarillados con carne de cerdo. El tomate, ya seco, había formado una extraña arquitectura en el borde del tapón.
Todavía colgaba de su hombro el bolso amarillo, pero el sonido del timbre precipitó que cayera sobre el sofá. Al abrir la puerta un hombre pequeño le miró a lo ojos. Sobre la mano sostenía un bote blanco, no tenía etiqueta, y el brillo del plástico reflejaba un cutis suave y mimado.
-Buena tardes – un tono de voz cálido envolvía al hombre pequeño al cruzar la entrada.
-Sí...? - Esther silabeó.
En unos pasos ya estaba sentado con las piernas juntas y mostrando el enigmático bote.
-Es usted muy gorda señorita- tomó aire –y supongo que desearía perder eso que le sobra, y de carambola obtener aquello que le falta.
-¿Aquello que me falta...? Son tantas cosas... - sonrió sentándose enfrente del vendedor- .Supongo que usted me quiere vender un producto maravilloso que derretirá mis kilos y hará de mí una mujer diez.
-Error señorita. Se lo regalo -y al levantarse se giró de modo brusco. Sin saber cómo, Esther agarraba el bote y despedía con la mano al hombre que ya dejaba en el ambiente un clic y un destello de nada.
Frotándose los ojos el bote continuaba en su mano.
-Treinta y dos pastillas, como mis años-

Por la línea de teléfono, al otro del lado del cable, una mujer mayor escuchaba el relato completo. No hubo interrupciones, y si el tono del monólogo resultaba gracioso, una sospecha final coloreó de oscuro los pensamientos de la señora Collado.
-¿Me las tomo? -al decir esto, Esther notó un sí detrás de la nuca.
-Hija, a caballo regalado mírale bien el diente.
-Ya lo sé mamá. Ahora mismo las tiro.
Los vasos estaban ordenados de mayor a menor. El último era de color granate y el agua le daba un tinte rojizo. Con la pastilla en la boca, se lo bebió de un sorbo. La cápsula en la garganta fue recorriendo el tubo hasta caer en el estómago; ahora a esperar el veredicto de la báscula. Sin duda tenía para un mes completo, y después, si la pérdida era perceptible, ya buscaría en las páginas amarillas la empresa responsable del invento.
Y la pérdida lo fue. A las ocho de la mañana, como de costumbre, se inclinó sobre sí misma para lograr ver los números digitales: noventa y uno con trescientos. Esta máquina está optimista, pensó, un kilo en un día. Fue caminando a paso ligero hasta la parada de autobús, y cuando el conductor la vio, rehizo una sonrisa para recibirla. Nadie la miraba pero ella lo observaba todo, y sin ser corta de vista, pudo comprobar que los detalles eran hoy más nítidos, con mas contorno, con un no sé qué indefinido que los definía a todos. Hasta el pensamiento se manifestaba fino e inquisidor; las noticias eran menos reales y no por ello perdían dramatismo.
-Así habló Zaratrusta
-¿Cómo dice? - La sorpresa de aquella mujer la hizo sonreír.
-Nada....sólo un libro que hoy he logrado entender.
El cuchicheo por el autobús se había vuelto relevante. Esta era su parada, y con mil perdones y varios favores, logró apearse.
Esther escribía ahora algunas reflexiones o lo que fueran: “La transformación de lo que se es comienza con su aceptación”. Cinco minutos después el cursor parpadeaba en la pantalla al final de la línea. La oficina donde trabajaba no era muy grande y el punto se había extendido a sus compañeros.
-¿Es un diario, Esther? Deberías poner contraseña a tus documentos privados -espetó Natalia, compañera de Esther y endiabladamente atractiva. Lo dijo con esa maldad viciosa que da los años de hacer la puñeta a quienes se consideran indefensos.

-Noventa con trescientos, y ya van dos... ¡Me pongo la falda del año pasado! -gritó al fondo del pasillo. El contoneo le salía de dentro; un baile femenino, que a pesar del volumen, la hacía atractiva. Su espejo en esta oportunidad reflejaba un cuerpo de noventa con trescientos distinto, acariciado por la sensualidad de sentirse querido e iluminado por los colores del maquillaje barato. Cuando en la calle aquel muchacho le guiñó un ojo, ya era perseguida por el diablillo de lo prohibido hasta las espaldas de aquel frutero galán.
-¿Una cervecita? Invito yo- atacó Esther con una pose cuidada.
-No tengo mucho tiempo, he de recoger en el almacén un pedido y luego atravesar media ciudad para entregarlo.
La última letra se mezcló con la saliva de Esther, y las manos en el cuerpo viril extendían la camisa y los botones se apartaban para que aquella marabunta de deseo no tuviera freno. Lenguas entrelazadas, amarres improvisados y un sexo rápido e inseguro detrás del camión. Si el gemido hubiera salido como quería, toda la vecindad sería solidaria de aquellos gritos. Pero apretó los dientes y tapó la boca de su amante. El orgasmo fue íntimo, como siempre le gustaron estas cosas, sin sobresalto ni publicidad. Arreglada la falda, el camino hasta la parada se hizo corto.

Junio moría en el calendario con un tirón de hoja, y con veinte kilos menos, Esther desayunó chocolate con churros. El mes se había llevado la grasa y dos tercios de pastillas, también la ropa de muchos años se apilaba en bolsas negras con tiras blancas que acaban por romperse y traslucen todo lo que contienen. Sobre la mesa una torre de libros viejos. Durante esos veinte días fueron cabecera de noche hasta muy entrada la madrugada. Quedaban diez maravillosas habitáculos con la sustancia que estaba cambiando su vida.
-Y cuando se terminen, ¿volveré a engordar lo perdido? -reflexionó Esther.
La mañana de este nublado día la despertó con la imagen de una sílfide en el espejo del baño y un bote vacío. Era ella: delgada, esbelta, sedienta de ojos...y sin pastillas.
Aunque optimista, una duda la consumía, y al limarse las uñas, peinar su abundante mata de pelo y darse una ducha lenta, el miedo se fue infiltrando como el mejor de los perfumes.
La horas vendieron sus minutos a un precio ridículo; apoyada en al barra de un pub hacía gala de su cuerpo atrayendo a los hombres que percibían su frivolidad. Toreó y descorchó los mejores ejemplares para volver al ruedo y adormecer con sus encantos al hombre maduro que hacía rato estaba soñando con ella.
-La carambola no es solamente esto-dijo antes de desaparecer tras los dibujos de humo.
-Es él... el vendedor... ¡Un momento, no te vayas!
El alcohol y el baile no le permitían pensar. Tambaleó sus pasos detrás de aquella sombra y los tacones flotantes retumbaron como cacerolas. Al salir del local, el silencio y su propio ruido eran lo único que estaba intacto. No quería pensar, sólo dormir y mantener su delgadez a cualquier precio.

Los dígitos de la báscula estaban a su favor, seguía el descenso; ya eran cincuenta y dos kilos. Aquella sustancia actuaba incluso después de perderse, con el mismo ritmo e intensidad.
Hoy el cansancio se presentó la noche anterior, y al mirarse las piernas, éstas le devolvían una delgadez blanquecina. Fue caminando descalza por toda la casa, tambaleándose hasta el sofá.
-Mamá, no soy la misma....He terminado aquellas pastillas que me regalaron. Peso treinta y nueve kilos.
El auricular se golpeó contra el suelo; también la mano de Esther formaba un ángulo incómodo con la mesa. La respiración se redujo como una cuenta atrás, y los suspiros de aire salían a cuentagotas.
-¡Hija, hija! ¿Qué ocurre, estás bien?
Pero a la mujer tendida en aquella cómica postura no le impresionaban los gritos. En aquel preciso instante, cuando ya se creía muerta, recordó la historia de túneles, luces, ángeles y demonios...

La sirena de la ambulancia era ruidosa. El conductor fumaba un cigarrillo bajo en nicotina y cambiaba de marcha al mismo tiempo que la ceniza se esparcía por el salpicadero.
El tamborileo de la camilla hizo que Esther se orinara, pero nadie excepto ella notó la humedad.
Trataba de abrir al menos un ojo, pero la goma de la mascarilla se interponía en el punto de visión haciendo imposible que el párpado se despegara. La ambulancia, con un chirriar de frenos, se detuvo a la puerta del hospital, y camilleros y enfermeras se movían impulsados por un mecánico frenesí asiendo los barrotes para apoderarse de la enferma.
Los pasillos, conocidos al dedillo por el personal, simulaban un laberinto hasta la sala de Cuidados Intensivos. El doctor Suárez echó una ojeada rápida y desnudó sin pudor el cuerpo de Esther. Entonces sí se sintió muerta. Un frío de invierno la tenía paralizada. La mascarilla dejó de apretarla y pudo abrir los ojos. El bigote del doctor Suárez era de finos pelos mal colocados, el mentón hundido y ojos saltones que giran locos en su órbita mientras buscan la mirada de Esther.
-¿Cómo se siente?
-Cansada, muy cansada...y el pensamiento marchó a sabiendas de que el cuerpo se quedaba allí, en la camilla de hospital, esperando su regreso, ignorante de los caminos que recorre el sueño o el delirio antes de retornar a su aposento. De un lado al otro, del cuerpo a no sabe dónde, Esther se reía, y cada parada respiratoria era un festival de batas y manos....Aquello le excitaba, pero nadie era cómplice de lo que estaba sintiendo.

-...de carambola, obtener aquello que le falta.
-¡Eh...! ¡No te vuelvas a ir! - pero la voz tenía autonomía y no era gobernada por la intención de Esther, tan sólo se reproducía en su cabeza. De improviso el doctor Suárez sentenció que la habían perdido, que aquella mujer anoréxica era un saco de huesos para la morgue, y que las lágrimas de sus ojos le dibujaron un rostro de muñeca china.

-¡Qué desperdicio de mujer!

Esther jamás había gritado como lo hizo aquella mañana, y sus noventa y un kilos con trescientos gramos se izaron sobre la cama con una agilidad de trapecista. Se palpó las nalgas; sentía en la palma de la mano la grasa de su vientre y el volumétrico culo.

-Un maldito sueño... eso ha sido, un maldito sueño- pero antes de que los dientes asomaran en la comisura de los labios, un bote de plástico sin etiqueta proyectaba su sombra en la mesilla.

 

 



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