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  Guías culturales

RELATOS


Por Fernando José Baró


TU AÑORADO ESCRITOR

Tal vez mi escapada definitiva a este pueblo castellano alejado y algo perdido, tenga que ver con tu ausencia; o seas una mera justificación no culpable de mi alma solitaria, ya cansada de derrotas.
Fuiste y eso si te lo puedo asegurar mi última y más querida ilusión tras mi definitiva y más dolorosa pérdida. La verdad es que los Dioses siempre me trataron bien; fueron benévolos conmigo. Hay quien lo llama buena suerte. Quizás por eso las únicas derrotas de mi vida han sido excesivamente dolorosas al no estar acostumbrado a perder.
Pero hago un alto en esta sinfonía ácrata de ideas y me paro a recordarte y siento tu añoranza y me duele tu ausencia. Yo también mi querida rubia, mi adorada ilusión; te echo de menos. Para mí, también fue importante nuestra primera despedida y esos dos besos que nos dimos, cargados de imperiosa necesidad y de verdadero amor. Quise decirte muchas cosas antes de que te fueras pero a mí, tampoco me salieron las palabras. “Te echaré de menos” me dijiste. Yo ya lo estaba haciendo y aún no te habías ido.
Las siguientes noticias tuyas fueron que te acordabas de mí y que no entendías qué te pasaba conmigo; que volviendo a casa después de trabajar, te ponías a pensar en mí. Afirmabas estar tonta y te preguntabas si a mí, me ocurría lo mismo. Creo que a ese sentimiento lo llaman amor. Me sentiría el hombre más dichoso del Mundo si cada mañana al despertar lo primero que vieran mis ojos fuera tu cuerpo junto al mío en mi lecho. Creo que esta declaración responde a todas tus preguntas.
Vienen a mi mente las palabras de mi admirado escritor leonés nacido en el desaparecido pueblo de Vegamián: “A partir de un momento de la vida las pérdidas afectivas pesan más que aquello que has alcanzado”. Y tu ausencia para mí; representa una dolorosa pérdida.
Ahora mi vida es tranquila; tal vez excesivamente. No tengo relación estrecha con ninguno de los pocos habitantes de la villa, pero me llevo bien con todos ellos. Dedico el día a pasear, leer, escribir - nunca he dejado de hacerlo - contemplar la naturaleza y echar de comer a mis gatos. El pasado verano una gata a la que llamé Diana, parió cinco crías en mi corral y desde ese día, ella y sus cinco gatos, no dejan de acudir a él. Allí pasan las noches y vienen a comer a diario. El resto del tiempo vagabundean por el pueblo; afortunadamente son libres.
Compré a Jesús Guillén; labrador del pueblo, una burra a la que con la aportación de mi querida sobrina Tania que vino unos días a visitarme, llamé Alazana. Los burros fueron introducidos en Andalucía hace tres mil años. Alazana pertenece a la raza conocida como andaluza o cordobesa. Está considerada la raza de borricos más antigua de Europa. Tienen gran alzada, son robustos, de cuello musculoso y grupa redondeada. Son de color claro (rucio) y de pelo fino, suave y corto. Suelen ser de temperamento tranquilo y apacible. Muy enérgicos y resistentes.
Alazana es blanca con leves manchas oscuras; no va acorde con su nombre, ya que el color de su pelo no es canela, dorado, vinoso, anaranjado ni tostado; pero tanto a Tania como a mí nos gusto llamarla así. Nos pareció un nombre bello y musical y ya no podríamos nombrarla de otra forma. Es lista, muy agradecida y le gusta sentirse querida. Además de la cebada y el pan duro que come a diario; degusta nabos, zanahorias, calabazas y fruta de temporada.
En primavera, verano e incluso en otoño disfruto tanto o más que ella cuando tras ponerla la montura, damos largos paseos por los alrededores de la villa o nos acercamos a Tinajas, que solo está a seis kilómetros. Otras veces subimos a las ruinas de la ermita de San Ginés, a disfrutar de maravillosas vistas, al derruido castillo árabe o nos dejamos caer, atravesando olivares, a unas cuevas prehistóricas a más de una hora de camino del pueblo.
La otra tarde viví una extraña situación. Iba de vuelta a casa, montado en Alazana como de costumbre. Se nos había hecho más tarde de lo habitual y empezaba a anochecer. Para complicar más el retorno, comenzó a llover copiosamente. Tras bajar un cerro, apareció ante mí, tras unos paraísos, una posada desconocida hasta el momento. Quizás me había perdido sin darme cuenta, pero tampoco había recorrido un trecho tan largo como para alejarme del termino conocido y nunca había tenido noticias de esa venta. Tras dejar atada a la burra bajo un porche; entré en la posada y me sorprendió ver en pleno siglo XXI a todas las personas que allí se encontraban vestidas con la indumentaria de finales del siglo XIX. Me acerqué a la barra y pedí una jarra de vino.
- ¡Qué!. ¿Celebráis alguna fiesta o baile de disfraces?. - pregunté al posadero.
- Para bailes estamos - me respondió entre abatido y algo enojado por la pregunta.
- ¡Vamos de entierro señor! - apostillo una señora que estaba recogiendo las mesas.
¡Una verdadera lástima!; veintinueve años, tan joven y tan guapa. Doña Saturnina; una de las mejores maestras que hemos tenido, y ya ve usted.
El silencio invadió la posada durante unos segundos.
- Al vino está invitado. Lo siento, pero vamos a cerrar - me dijo el posadero.
Salí acompañando a la comitiva, intrigado por aquella inhóspita situación. No llevábamos caminando ni diez minutos y bajando una cuesta apareció un pueblo desconocido por mí hasta entonces. Creí que íbamos derechos al cementerio pero los lugareños cada vez más numerosos bordearon la iglesia del pueblo y detrás, en un recoleto, sombrío y frío patio; dieron sepultura a la joven, entre los llantos y lamentos de familiares y amigos. Un escalofrió recorrió mi cuerpo pensando que aquella mujer a la que estábamos enterrando tenía tu misma edad. Pensé en ti, mientras la tierra golpeaba secamente la caja mortuoria donde yacía la joven maestra.
Volvimos cabizbajos y en silencio a la posada y después de despedirme del posadero y algunos acompañantes del sepelio, aún desconcertado por la vestimenta de la gente de aquel pueblo desconocido; preparé los arreos a Alazana para la vuelta a casa. Había dejado de llover. Antes de irme, pregunté a un labrador que entraba en la venta, el nombre del lugar en que acabábamos de enterrar a aquella joven.
Carrascosa del Campo - contestó.
Llegué a casa sin saber si era real lo vivido o por el contrario todo había sido un sueño. Carrascosa del Campo está a 40 kilómetros de allí. Era imposible recorrer lo andado, en tan poco tiempo.
Esa noche me costó coger el sueño. Todo lo vivido desde que aquella posada había surgido ante mis ojos era algo absurdo, irreal, pero había sido así. A la mañana siguiente me puse al volante de mi coche y lleno de dudas fui a Carrascosa. Al llegar, ví que era un pueblo mas bien moderno y que la gente no vestía como el día anterior. Corrí al patio trasero de la iglesia y me sobrecogió leer en la lápida donde habíamos enterrado a la joven maestra:

AQUI YACE Dª SATURNINA
GARCIA Y Gª MAESTRA DE
NIÑAS. FALLECIO EL 26 DE
MARZO DE 1875 A LA EDAD
DE 29 AÑOS.
R.I.P.


¿Fue sueño, realidad, imaginación o nebulosa quimera?. No sé..... Lo único que tengo claro es que tu añorado escritor inventa esta misteriosa, becqueriana e irreal historia para evadirse de tu dolorosa ausencia. Porque tu añorado escritor, querida y deseada rubia; también te añora.

ALGO OSCURO

Cuando la conocí, me llamó la atención su pelo negro y abundante. Cosa anormal en mí, ya que siempre me gustaron las mujeres claras de pelo. Tal vez fue su mirada gris verdosa y penetrante, su pícara sonrisa o el movimiento de su insinuante y pequeño trasero al caminar.
El caso es que de una forma u otra, me gustó. Tras conversar con ella me di cuenta de que le gustaba ser halagada. Alguien dirá que como a todas las mujeres, pero no. A ella le gustaba el flirteo. Y a mí, siempre me gustó flirtear, es decir; el juego amoroso que no se formaliza ni supone compromiso.
Las primeras citas fueron tomar un café, una cerveza o comer juntos. Posteriormente quedamos alguna noche para tomar una copa. Fue una madrugada de sábado con las feromonas de ambos alteradas, cuando por vez primera, consumamos nuestro deseo salvaje, ardiente y desaforadamente en mi coche.
En esa primera vez no aprecié en ningún momento sus verdaderas apetencias sexuales. Llevábamos meses viéndonos y hasta ese momento no habíamos tenido ni un triste beso con lo que pensé que era normal que nuestro primer coito fuera desmedido, tórrido y ansioso en exceso tras meses de espera.
Fue en posteriores citas cuando empecé a conocer sus más íntimos secretos, sus verdaderas apetencias sexuales y os diré sinceramente que me gustó.
Yo había leído mucho no sobre masoquismo - que es la perversión sexual de quien goza con verse humillado o maltratado por otra persona - pero sí sobre vampirismo; que a la larga – al menos para mí – significan casi lo mismo.
Más de un filósofo incluye los gritos en la categoría del silencio. Gritos, jadeos, imprecaciones, forman una “sustancia silenciosa”.Tal vez maléfica. El esclavo siente placer por la “tortura” y atracción por quien la inflinge y al mismo tiempo y recíprocamente también el amo al verse ejecutor y ser también espectador de la borrachera erótica que se está desarrollando. Hay quien dice que “el mal seduce tanto como el bien, o incluso más”.
Poco a poco y tras varias relaciones sexuales, fui dándome cuenta de que su disfrute era extremo cuando se rozaba e incluso se traspasaba la línea del dolor. Me pedía en principio que la diera mordisquitos que se fueron convirtiendo en mordiscos que tardaban más de una semana en desaparecer de su cuerpo. Al ser una joven de pechos pequeños y tras mis experiencias en juegos sexuales con otras féminas, pensé que delicados mordiscos en sus pezones, le proporcionaban un extremo placer por tener mayor sensibilidad que las mujeres de grandes senos pero me di cuenta de que su satisfacción era inmensa, tanto como para - en varias ocasiones - llegar al orgasmo cuando sin pretenderlo apretaba mis dientes más de lo normal. Los primeros leves cachetes en su trasero se convirtieron posteriormente y a petición suya en azotes y mordiscos que me “obligaba” a realizarla.
Como os decía anteriormente todo ello me gustó. En principio y a pesar de obtener placer con ello, me asustaban sus excesos sexuales pero poco a poco no fui solo partícipe como mano ejecutora si no también como “víctima”. Día a día iba gustoso y casi sin darme cuenta experimentando placer al humillar y ser humillado, al maltratar y ser maltratado. Un deseo incontrolado nos inducía a romper, transgredir y pervertir las leyes del comportamiento humano y social.
Quedábamos para tomar copas por la noche y fornicábamos en cualquier sitio; en donde se terciara. En un portal oscuro, en los aseos de los locales de copas, de pie apoyados en un coche en calles solitarias o bajo soportales en penumbra.
La verdad es que no estaba enamorado de ella pero tampoco me importaba. Lo había estado anteriormente de otras mujeres y los finales tras el enamoramiento son excesivamente dolorosos - al menos para mí - con lo que mi disfrute era sublime junto a una mujer que se limitaba simplemente a darme placer y a recibirlo en un juego de irrefrenable y morbosa pasión.
Los fines de semana los pasábamos en mi casa, una buhardilla en la céntrica calle del Almendro en el madrileño barrio de los Austrias. Era curioso al menos, e incluso gracioso, cruzarse en las escaleras con los vecinos. Miraban a mi compañera intrigados ya que su aspecto era de lo más recatado y comedido. La impresión que daba era de ser una joven educada y formal; mas los gritos y gemidos nocturnos no pasaban inadvertidos por la vecindad.
Yo había tenido relaciones sexuales con varias mujeres, unas más lujuriosas que otras, pero había algo en el comportamiento sexual de mi actual compañera que no había visto anteriormente en ninguna de ellas. Ya de por sí su desnudo era morboso, salvaje, primitivo, prohibido... Su larga melena negro azabache, sus minúsculos pechos y su abundante, oscuro y rizado pubis la convertían en un objeto lujurioso de deseo. Ello sumado a una humedad constante en su sexo, siempre ansioso, deseoso y dispuesto para el coito. Los días en los que menstruaba entraba en un clímax incontrolable, pidiéndome sexo a todas horas. Llegué a sentir una irrefrenable pasión por el olor, incluso el sabor de su sangre, ya que ello conllevaba a mayor disfrute entre ambos. Era extraordinario ver como en contadas ocasiones llegaba al orgasmo manteniendo relaciones sexuales tradicionalmente y por el contrario sus orgasmos eran múltiples cuando realizábamos sexo “contra natura”.
No sé si estábamos locos o no pero la verdad es que con nuestro comportamiento no hacíamos daño a nadie y nuestro disfrute sexual era sublime.
No quisimos en ningún momento plantearnos el vivir juntos ya que no queríamos romper nuestra extraña pero satisfactoria relación con la rutina y las ataduras que supone el compartir vida y piso. Dejé a todas mis anteriores amistades y mis encuentros esporádicos de fin de semana con otras mujeres ya que ella lo llenaba todo. Como os decía anteriormente no estaba enamorado pero llegué a quererla y mucho. Además del sexo que era un noventa por ciento de nuestra relación, nos reímos juntos e hicimos más de un viaje a pueblos cercanos a Madrid. Estuvimos en Navalcarnero, en Chinchón, en Batres, en Torija.... Visitamos museos, castillos, iglesias, y saboreamos la gastronomía y los vinos de la zona.
Llegó un fin de semana más. Como todos los viernes tras cenar en un restaurante italiano y tomar una copa, nos fuimos a casa y estuvimos disfrutando sexualmente hasta las siete de la mañana, momento en el que ya sin fuerzas caímos rendidos. Desperté y me sorprendió no tenerla en mi cama ya que era más dormilona que yo. La llamé pensando que estaba en el cuarto de baño o preparándose un café y no contestó. Me incorporé en la cama y fue entonces cuando vi una nota y su juego de llaves sobre la mesilla.

La nota breve y escrita a rotulador decía así:

Lo siento, mi amor, pero necesito sensaciones más fuertes. Ha sido maravilloso compartir contigo estos seis meses.

Cuídate mucho y no me lo tengas en cuenta; ya sabes que soy así.

Un beso.

Me quedé perplejo. “Sensaciones más fuertes”.

Como toda historia amorosa o sexual, tuvo su principio y su final. La verdad es que nunca hubiera imaginado tener una experiencia así y gracias a ella compartí momentos - tal vez - únicos y conocí sensaciones dentro de mí que jamás hubiera imaginado. Ella sabía sacar de lo más profundo de mi interior lo más primitivo y salvaje de mi ser. Junto a ella mi vida cotidiana estaba inmersa en un clima de gran erotismo, en una sensualidad envolvente. Empecé a creer firmemente en la idea tanto de Sigmund Freud como de Gustav Klimt entre otros, del sexo como motor primario de todos los actos humanos. Quizás era cierto que la mujer encarna la crueldad, la sensualidad perversa, el dominio del cuerpo sobre el espíritu. El mal toma forma de mujer para reducir al hombre y arrancarlo de los caminos del bien y de la razón. Durante seis meses esta mujer había cubierto todos mis anhelos y obsesiones más oscuras.
Vivimos en un tiempo, en una falsa sociedad en el que hemos olvidado que somos animales. Racionales sí; pero animales. Y todo animal tiene algo de salvaje; de primitivo. Acaso es racional beber sin tener sed y comer sin tener hambre. Nosotros lo hacemos; los animales no.
Recordé una cita de Pablo Neruda: “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.

TABLA DE SALVACIÓN

Es curioso como cada uno de nosotros nos aferramos a un sueño. Al menos los luchadores que seguimos creyendo que nada es imposible si se pone el corazón en ello. Los sueños nos ayudan a seguir adelante. Muchas veces sin ellos sería más difícil avanzar en este arduo camino que es la vida. Tan maravillosa a veces como amarga otras tantas.
“La Juli”, que así se la conoce en el pueblo, tiene su sueño y gracias a él, lleva viviendo esperanzada muchos años. Viuda desde que falleció Santiago, (maestro del pueblo, que sufrió la pérdida de su empleo, tras la contienda civil, en 1939, por sus ideas republicanas) quedó con un niño y tuvo que trabajar duro para criar a su hijo.
Hoy, con más de 80 años de edad, vive sola en el pueblo que la vio nacer y donde ha residido siempre. Su hijo, aunque la visita todos los fines de semana, vive en Cuenca, que es donde se casó y formó su familia.
Como os decía al principio, “la Juli” tiene su sueño. A pesar de su edad, y de los años que lleva viuda, sus ojos brillan intensamente cuando cuenta que desde que falleció Santiago no ha dejado este de visitarla casi a diario. La primera vez que lo hizo, era de noche. Ella, metida en la cama, sintió pasos que, subiendo la escalera, se dirigían hacia su dormitorio. Esa noche, “la Juli”, le dijo a su fallecido esposo que no volviera a aparecerse ante ella así. La había dado, y nunca mejor dicho, un susto de muerte. O, más exactamente aún, un susto de muerto. Desde ese día, y cumpliendo el deseo de su viuda, continuó visitándola y hablándola pero siempre en sueños.
De unos meses a estas fechas, Santiago, le dice a “la Juli” que dentro de poco estarán juntos de nuevo. Que no tema porque él mismo vendrá a buscarla y la tendrá cogida de la mano, mientras contemplan como meros espectadores el entierro de su cuerpo. En el momento en el que echen tierra sobre el ataúd, partirán a la habitación en la que ha estado Santiago todo este tiempo. Lugar en el que vivirán juntos eternamente los dos. Parece ser – según dice Santiago – que allí también hay que trabajar, pero que entre los dos podrán llevar fácilmente su labor a buen puerto. Me decía “la Juli” que allí se está mucho mejor que aquí y que cuando me digan que ya no está entre nosotros no me apene porque está segura de vivir una existencia mucho mejor. Y, lo que es más importante, acompañada de su esposo.
Ese sueño ha sido la tabla de salvación para mantenerse a flote esta anciana desde que quedó viuda. Si existe algo tras la muerte, tal vez otra clase de vida, es algo que desconocemos. Hay quien lo llama “la ciudad soñada”, lugar en el que no existe la envidia, ni el rencor, si no más bien el perdón y el verdadero amor.
Otros buscamos tablas de salvación aquí en la Tierra. Yo por ejemplo he pensado en comprar un reloj antiguo de pared. De los que ya no funcionan. Y, hasta el día que regreses, ponerlo en mi casa con una hora fija. La hora en la que una tarde del mes de mayo tuve la fortuna de ser besado por tus labios. Inmortalizar ese momento, esa bendita hora en la que mi mejor sueño, que yo creía imposible, se hizo realidad.

Madrid, julio de 2004
Fernando José Baró

(Santiago vino a buscar a su mujer en mayo de 2005. Los restos de ambos yacen en el cementerio de Gascueña, en pleno corazón de la Alcarria de Cuenca).

CAMBIO DE RUMBO

Guiño literario en recuerdo a mi abuelo materno Magín.
Tabernero leonés nacido en Fabero del Bierzo que nos
dejó en agosto de 1986.

Pedro a sus setenta años llevaba una vida tranquila. Hacía más de tres años que había enviudado de su adorada María y con su pensión y su piso no tenía problemas económicos. Sin hijos, ya que nunca pudieron tenerlos, vivía solo y se encontraba a gusto. El apartamento en el que residía era pequeño, pero coqueto. Lleno de recuerdos y retratos de su difunta esposa. Al morir ésta, guardó en un maletero todas sus “fotos”, dejando solamente las de María sola y de joven. En ninguna de ellas, enmarcadas y colocadas en mesas y estanterías, aparecía él.
Llevaba una vida rutinaria. Por las mañanas, a diario, bajaba por el pan y medio litro de vino y una vez a la semana hacía el resto de la compra. Pasaba muchas horas del día leyendo en casa. Eso era su mayor entretenimiento. Nunca había sido amigo de juegos de mesa, y ello a pesar de que en el bar de abajo todas las tardes se jugaban partidas de cartas y dominó. Partidas a las que en varias ocasiones le habían invitado. Él prefería zambullirse en las historias de los libros.
A la hora de cenar ponía un rato la televisión para escuchar las noticias y si echaban alguna película que pudiera interesarle la veía antes de acostarse. Así iban pasando sus días.
Una noche en la que no había nada interesante que ver en la televisión se acostó pronto. Debían de ser las nueve y media aproximadamente. Se estaba quedando dormido y oyó el ruido de unas llaves que en la cerradura intentaban abrir la puerta principal de su casa. Alarmado se levantó dirigiéndose hacía la entrada. Al llegar a ella, vio a una pareja de jóvenes, hombre y mujer, que encendían la luz del recibidor. Los dos, al verle se asustaron tanto o más que él. Pedro estaba descalzo, en calzoncillos y tapando parte de su cuerpo con una sábana.
- Pero... ¿quién es usted y qué hace aquí en mi casa? - le dijo la joven desconocida.
-¿Cómo que en su casa?. ¡Esta casa es mía!. - contesto Pedro.
El joven, pareja reciente de la chica propietaria o no del piso, no entendía nada. Además era la primera vez que entraba en esa vivienda.
- ¡Ahora mismo, o se marcha usted o llamo a la Policía!. - le espetó la muchacha al anciano.
- ¡A la Policía la voy a llamar yo en este instante!. - replicó Pedro.
Llamaron y en la espera, se miraban los tres con cara de circunstancia. El chico abrazaba a su pareja y procuraba tranquilizarla, diciéndola que todo se arreglaría. Pedro, enrollado en la sabana, sentado en una silla, creía estar soñando.
Dos agentes de la Policía Nacional, tras examinar la documentación de los reclamantes y comprobar sus domicilios, pidieron a Pedro que les acompañara a la Comisaría.
- Vístase, si es que tiene ropa, y venga con nosotros, por favor.
- Pero, ¿por qué?. Yo no he hecho nada y... estoy en mi casa.
- Señor en su documento aparece un domicilio que no es este. La dirección correcta es la de la señorita. Su domicilio no es aquí en Madrid; es de Valladolid.
- ¡Valladolid!, yo no conozco Valladolid, no he estado allí en mi vida. Esto es un mal entendido. Por favor créanme.
A pesar de la negativa del anciano y tras haber confirmado que el domicilio era de la joven, Pedro no tuvo más remedio que vestirse. Acompañado por los policías se disponía a abandonar el domicilio cuando un escalofrío invadió su cuerpo. En la mesa del recibidor, y enmarcado, había un retrato de la joven que decía ser propietaria de la vivienda. ¡En el mismo sitio donde debería estar el retrato de su mujer!.
Con todo el alboroto que se había formado, algunos vecinos se hallaban en el rellano de la escalera, viendo como bajaban el anciano y los agentes. Al llegar al primer piso, Pedro vió el cielo abierto, ya que una señora en bata curioseaba lo que sucedía.
- ¡Doña Pura! - gritó el anciano - ¡Dígales a estos señores que el piso es mío!.
La señora, callada y extrañada no dijo palabra.
En la calle también había expectación. Los parroquianos y el dueño del bar, habían salido a ver como se llevaban al viejo en el coche patrulla. En un último intento, Pedro gritó al que regentaba el bar, donde a diario compraba el vino.
- ¡Magín!, diles quién soy. ¡Esta gente se ha vuelto loca!.
Uno de los policías, le dijo al tabernero;
- ¿Conoce a este hombre?.
Mirándole apenado, respondió:
- No lo he visto en mi vida.
Han pasado varios meses. Pedro, que ese si que es su nombre, lleva todo este tiempo recluido en un sanatorio mental. Ya no tiene claro si aquella era su casa o no. Los únicos recuerdos que conserva de su vida, son los de esa vivienda. Recuerda los esfuerzos económicos que tuvieron que hacer él y su mujer hasta pagar la última letra; La larga y penosa enfermedad que postró a María en la cama hasta su fallecimiento... Todo son dudas. ¿Habrá estado casado con María, o será fruto de su imaginación?. No sabe si es soltero, casado o viudo como él creía. La medicación que toma a diario no le deja pensar. ¿Y doña Pura, y Magín?. Y, ¿qué hacía yo allí si no era mi casa?. ¿Cómo entré en ella?...
Nadie le cuenta nada, nadie le explica nada. Y ¿loco?, yo no estoy loco. ¡Valladolid!.... No conozco Valladolid. Nunca he estado allí.


Fernando José Baró
Madrid,28 de agosto de 2003
Narración finalista del I Certamen Literario “Verbo Azul”

OCASO

Cae la lluvia sobre los asistentes al sepelio. Es un día húmedo y gris, en el que solo resalta el resplandor de los mármoles y piedras de las blancas sepulturas. Ella, una bella joven de estilizada figura ataviada con un traje de seda y encaje, de un blanco inmaculado, yace inerte dentro de un ataúd. Familiares y amigos, algunos vestidos de luto, asisten al último adiós. El cura con el Evangelio en las manos lee unos versículos bíblicos del apóstol Juan. Palabras de Jesucristo referentes a la vida eterna.
- “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”.
Retirado, a tres sepulturas del lugar del enterramiento, un joven de rizados y oscuros cabellos aprieta fuertemente sus puños y dientes, llorando en silencio sin derramar una lágrima. El marido de la joven se atusa sus grandes, oscuros y poblados bigotes mirando desafiadamente al joven mencionado, intentando guardar las formas mientras aprieta fuertemente el puño de su bastón.
Años atrás, cuando la joven hoy muerta, estaba llena de vida, conoció al joven de rizados cabellos, entablando una bonita relación amistosa con él. Se veían algunas tardes, aunque nunca solos, y sin darse cuenta, el amor surgió entre ellos. Lo que pudo ser el principio de una bella historia de amor, solamente se quedó en deseos sin cumplir, miedos y un compendio de despropósitos y malos entendidos por falta de comunicación entre ellos. Lo que acabó no con la relación de amistad, pero si con lo que realmente sentían sus corazones. Los corazones nunca se engañan y hablan entre ellos, tal vez en silencio, sin contar con la opinión ajena. Corazones que esperan el día de unirse para siempre y demostrar al mundo que las cosas son más fáciles cuando soltamos el lastre del miedo a fracasar en nuestras ilusiones.
Ella conoció a un hombre al que unió su vida. Era bastantes años mayor que ella, pero la dió estabilidad económica y afectiva. Posteriormente el joven de rizados cabellos se casó con la que tiempo atrás había sido su prometida. Sus vidas en pareja eran tranquilas, pero carecían del amor necesario para sentirse plenamente felices. Una tarde los jóvenes amigos volvieron a encontrarse y esta vez sus corazones si pudieron encender la chispa necesaria para provocar un fuego casi eterno. Se vieron a partir de entonces a escondidas, llenando sus vidas de verdadero amor e ilusionándose de nuevo en un apasionado idilio. Estaban enamorados como dos colegiales. Fueron años irrepetibles, imborrables, para ambos. Iban a una posada de las afueras de Madrid, donde comían y después pasaban la tarde acostados en una discreta habitación.
Lo bueno, desgraciadamente, no suele durar mucho tiempo y la joven comenzó a sentirse culpable de la infidelidad que estaba cometiendo. Además de esto su marido comenzó a sospechar de ella, pues cada vez se mostraba más distante de él. Su compañero, el joven de rizados cabellos la propuso comenzar de nuevo, ellos dos juntos. Romper con todo lo anterior y volver a vivir. No pudo ser. Mentalmente ella no estaba preparada para afrontar una ruptura. Los miedos vencieron al amor, dando por zanjada la secreta relación. Atrás, rotos, quedaron los sueños, ilusiones y proyectos de futuro.
A partir de ese momento ninguno de los dos amantes encontró la paz en sus vidas. Sus relaciones de pareja eran turbulentas, en las que no faltaban casi a diario discusiones que poco a poco fueron subiendo de tono. El joven de rizados cabellos añoraba a su amada, no pudiendo ser feliz con la mujer que compartía su vida. La otra mujer, su amada, ahora sola con su esposo, echaba en falta las frases de amor y las caricias de quien ya no estaba en su vida. Psicológicamente se fue gastando cada vez más. Dejó de comer o lo hacía poco. Terminó anémica y posteriormente tuberculosa, algo muy frecuente entonces. Su marido la llevó a un hospital de la sierra de Madrid. Pero la implacable enfermedad siguió su curso. La paciente estaba mentalmente en otro lugar, rememorando aquellos momentos vividos junto a su amado que ignoraba dónde y cómo se encontraba ella. La medicación fracasaba en aquel organismo cada vez más débil. El desenlace fue el esperado. Una mañana apareció muerta en la cama. Parecía un hermoso ángel. Los sufrimientos habían sido muchos y su cuerpo no pudo más. La noche antes de morir dejó escrita una nota a su amado en la que le decía que a pesar de ser ella quien tomó la decisión de acabar las relaciones, nunca había dejado de quererle.
Que piense cada uno quien fue verdaderamente responsable de un desenlace tan fatal. Yo solo creo en el amor, que es quien verdaderamente mueve el Mundo.
Concluido el entierro los asistentes fueron abandonando el campo santo. El viudo intentó acercarse al amante de su difunta esposa en actitud agresiva, pero los familiares y amigos lo impidieron. El cielo seguía gris, no dejaba de llover y el fúnebre recinto se convertía en un barrizal. El joven de cabellos rizados se acercó al sitio donde reposaban los restos de su amada, se arrodilló y hundiendo sus manos en la tierra que cubría lo que más había querido en su vida, lloró amargamente.

OBSESIÓN

“La verdadera belleza no se encuentra
con nosotros más que en el sufrimiento
y en el dolor”.
Gustave Courbet (1819 - 1877)

Tu olor me llega de repente, sin quererlo. Hueles a libertad, a primavera, a pasión desenfrenada, a lujuria... al concepto más amplio del amor.
Paseo por las calles y de pronto siento una ráfaga de tu perfume, y a pesar de saber que ya no estás, te siento cerca.

Lo primero que me llamó la atención fueron tus ojos. No he visto en mi vida ojos como los tuyos. También me gustó tu desparpajo, tu voz, tu figura estilizada y tu olor.

Ahora tus ojos ausentes ya no iluminan mi mirada y siento la tristeza de tu pérdida, como si hubieran arrancado parte de mi alma. Ya sabes que fuiste mi vida y ahora navego errante sin rumbo fijo, tal vez hacia la deriva y, muerto en vida, simplemente, dejo pasar la vida. Hay veces en las que me llega tu olor y mis feromonas se alteran buscando a las tuyas.

Me alejé de Madrid. Estar cerca de ti y no poder verte era un tormento que no podía aguantar más tiempo. Las nubes grises me alejan del verano y la primavera que tú representas y me pregunto si es justo pasar la vida y llegar al final de ella sin tenerte, cuando sé que nací para compartir mi vida contigo, para llenarte de besos y emborracharnos juntos de amor, caricias, sexo, lujuria y desenfreno. Siempre te parecieron hermosos mis ojos, que nacieron solo para mirarte, y apetecibles mis labios, que fueron creados solo para besarte. Mi boca no crea palabras bellas más que para ti y necesita más que nunca ser besada por tus labios, acariciada por tu lengua y volver a tener el sabor de tu saliva. ¡Oh si, tu sabor, tu tacto y... tu olor!

Ahora estoy solo, a pesar de nunca haberlo estado ya que siempre aún en la distancia, estuviste conmigo. Covarrubias es frío en invierno y fresco en verano gracias al río Arlanza que besa sus orillas. Algunas mañanas paseo en las inmediaciones de la iglesia de San Cosme y San Damián, antigua colegiata, donde se encuentran los restos de Fernán González, primer conde independiente de Castilla y de su esposa Sancha. Es un pueblo acogedor en el que pasear resulta gratificante y llena el alma de una paz difícil de encontrar en otro lugar.

Recuerdo las veces en las que tras colmarnos de besos y caricias, tu olor permanecía en mis manos más de un día, incluso después de ducharme. En mi cama, quedándome dormido, ya sin ti, olía mis manos sintiéndote cerca. ¡Olías tan bien!.

Hay tardes, ahora, cuando el mar quedó lejos, en las que paseo por la orilla del río y es el torreón de Fernán González, envuelto en la leyenda trágica del asesinato de la infanta doña Urraca, también conocido como “torreón de doña Urraca”, el único testigo de mi soledad en estas tierras burgalesas. Solo tenía dos opciones. Vivir contigo o si no estar solo, echar un pulso al dolor. Tardes en las que de repente, como una obsesión, como un aire de libertad, me llega tu maravilloso olor.

LA ÚLTIMA ESTACIÓN

Llegó el día de su cumpleaños del mes de junio. Como la última década, todos los veranos habían sido calurosos excesivamente. Cumplía cuarenta y seis. Seguía siendo una mujer bella. Incluso ahora, rayando los cincuenta, era más atractiva, más deseable y, sobre todo, más segura de lo que realmente quería.
Había pasado por una separación matrimonial, por varias relaciones de pareja esporádicas; tenía un hijo de diecinueve años y llevaba tiempo viviendo con un hombre mayor que ella, que la daba tranquilidad afectiva y estabilidad económica.
Pensó en su vida, en lo que afortunadamente ya no tenía, en lo que había conseguido hasta el momento, en lo que añoraba también. Pensó en él. Llevaba tiempo sin hacerlo o tal vez siempre lo había hecho pero hacía años que no con tanta intensidad. Recordó los maravillosos momentos junto a José. Sus caricias, sus besos, sus palabras de amor, su voz, su olor.....
Varios hombres durante su vida la habían querido, otros, los menos, la habían adorado sin medida. Entre estos últimos estaba José.
Su hijo, como era normal y a pesar de vivir en casa, llevaba su vida. Cada vez pasaba más tiempo fuera del hogar, con lo que su madre lo veía menos. Raro era el fin de semana que dormía en casa y pasaba largas temporadas con su padre. Años atrás, los fines de semana y el tiempo que no empleaba en trabajar, Usoa, que así se llama la protagonista de esta historia, tenía como cualquier madre la responsabilidad de ocupar casi todo su tiempo libre en cuidar a su hijo. En educarlo e intentar que con los años fuera un hombre de provecho. Y había cumplido su responsabilidad con creces. A veces, incluso, sacrificando alguno de sus sueños que pudieron ser realidad y no llegaron a serlo por poner en primer lugar la estabilidad tanto económica como afectiva de su hijo.
La vida de Usoa era rutinaria. Su trabajo, su casa, las cenas de fin de semana con su pareja, ir de copas con amigos... Vivía tranquila, sin problemas, pero no estaba enamorada de su compañero o al menos no tenía esa necesidad imperiosa de estar junto al ser amado. Si estaba enamorada, cosa que solo sabía ella, no sentía latir su corazón acelerado, ni se ponía nerviosa al verlo. Tal vez la convivencia había matado no el cariño, pero sí el verdadero amor y la pasión.
Pensó en José, insistentemente. Recordó los momentos de amor y placer junto a él. Sus manos, sus ojos, su boca, el sabor de sus besos, sus dulces caricias...
José, quiso a Usoa como a ninguna otra mujer. Nada ni nadie le volteó tanto como ella. Fue un manantial de agua fresca para su sed. Una bocanada de aire puro para sus pulmones. Fue... lo que más quiso.
No pudo superar dejar de verla. Tras la ruptura trabajó un par de años más, se prejubiló y se marcho de Madrid intentando olvidarla. No podía vivir en la misma ciudad que su amada sin intentar verla y tampoco tenía el derecho de perturbar la vida de Usoa.
José compró en un pueblo de Castilla un sotechado de dos plantas que antiguamente había sido utilizado para guardar grano y utensilios de labor. Poco a poco fue habilitándolo como vivienda. Estaba a la entrada del pueblo, donde empiezan los arrabales, cercano a una antigua fuente de agua fresca de manantial. Tenía un amplio zaguán con suelo de pedernal y un gran ventanal enrejado a la calle, un cuarto de baño, una cocina con chimenea, un comedor y un dormitorio pequeño en la planta baja. La vivienda se completaba en la planta superior con un dormitorio con cuarto de baño y una sala de estar - biblioteca, con varios tragaluces, que era donde José pasaba gran parte de su tiempo leyendo y escuchando música. La fachada principal del antiguo sotechado era muy soleada y pintada en color ocre. Su parte trasera tenía una puerta de salida a un callejón estrecho. Los tejados eran de rojiza teja árabe.
El pueblo en el que vivía José tenía pocos habitantes a excepción de los meses de estío, que se llenaba de veraneantes. Pueblo de monte bajo, abundante en cerros, por los que José daba largos paseos entre pinares, recordando los momentos felices junto a su amada y lejana Usoa.
Vivía asumiendo con resignación que su mejor sueño, su bella historia de amor, había terminado.
Una mañana de cielo azul, llamaron a casa de José. Su corazón, al abrir la puerta, comenzó a acelerarse. No podía creerlo, pero era cierto. Ante él estaba Usoa. Los dos sin articular palabra se miraron a los ojos tiernamente; nerviosamente también, hasta que José rompió el silencio.
- ¿Vienes a quedarte? - la dijo.
- ¡Si!. - respondió ella.
- ¿Para siempre?- preguntó José.
- ¡Para siempre! - afirmó Usoa.
- Bienvenida a tu casa, mi amor - la dijo José con los ojos llorosos.
Y se abrazaron en el umbral de la casa tiernamente y en silencio. Sintiendo sus corazones al unísono. Oliéndose de nuevo. Ya habría tiempo para besarse, para mirarse, para hablar muchas cosas, para la pasión....
Era un momento único e irrepetible en el que ambos, por fin, habían llegado al destino tan deseado, a su última, querida y añorada estación.

 

CUANDO NADA IMPORTE

Ahora con el paso de los años, te recuerdo. Quizás nada me importa ya. Fui un loco romántico y te quise más que a nadie. Más que a nada. Perder la cabeza conociéndote era lo más normal, eras tan entrañable, tan hermosa. Hoy cuando el velo del tiempo cubrió aquel maravilloso pasado te sigo queriendo. Siempre decías que yo estaba acostumbrado al desamor, que lo llevaba bien. No es eso; se acostumbra uno a vivir con el dolor, pero no por ello deja de ser amargo. Sin quererlo me rompiste el alma con tu ausencia. Nuestra relación era difícil, lo sé. Mas nunca he vuelto a vivir un amor así. Hubiera dejado todo por ti. Contigo perdía la partida una y otra vez, y esto suponía una espina que se clavaba cada vez más en mi pecho, acrecentando al mismo tiempo mi amor por ti.
De veras que estoy cansado, ya nada importa, pero te sigo recordando. Cómo olvidar tu linda voz, tu encantadora risa, tus bellos ojos, tus labios que besé una y mil veces, entre caricias y frases de amor, tus manos llenas de caricias.
¿Dónde quedaron tantos planes de futuro? ¿Los deseos por cumplir? ¿Nuestros sueños?. Tú me querías y mucho, lo sé. Yo te adoraba, sin freno, sin medida.
Aún puedo sentir el dulce sabor de tus labios en los míos. “Hubiera sido tan fácil”, tú lo decías. Pero a pesar de que las cosas se complicaron, podíamos haber acabado juntos y... ser felices, lo sabes. Todo estuvo en tu mano.
Yo al final terminé solo, estaba cantado. Con los años compré está pequeña casa con jardín en la que poder soñarte. Aquí paso los días rutinariamente, en este amargo tedio.

No he sido infeliz, pero tampoco fui el hombre más feliz del mundo, sobre todo a raíz de conocerte.
¡Qué más da!... Ya nada importa.


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