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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Ferran de Montagut
nou_mon@hotmail.com

AMOR EN INTRENET

¿Acaso no sientes que estoy cerca? Estoy aquí contigo. Deja que tus dedos corran por tu teclado, imagínatelo. Es una dimensión distinta, yo lo se y tú lo sabes. Deja que nos encontremos, no te aferres a ese mundo lleno de durezas, que hasta ahora has conocido, ábrete y trasciéndete.

Soy un cuerpo, una conciencia, un mar de sensaciones, soy un punto en el infinito, un todo evulocionando. He entrado desde otra dimensión, tan real o irreal como aquella en la que hasta ahora he vivido. Y en esta otra dimensión me descubro unido, por un hilo sutil que me ha apresado y a él también, con alguien que como yo, exploraba.

¿No sientes acaso las vibraciones? No trates de explicar lo inexplicable, sigue tus impulsos. Las palabras son necesarias, son útiles, es lo único que comprende nuestra mente, pero solo son representaciones, el mapa y la punta del iceberg.

Es como una corriente eléctrica, no la vemos. Las explicaciones empíricas no importan si somos capaces de percibir su efecto.

No prestes atención a la las palabras, no las juzgues, solo siente lo que quieren transmitirte. Déjate venir, me correspondes. Donde están nuestros cuerpos no importa. Lo que de ti y de mí se atrae los trasciende, aunque también los incluya: No te dejes arrebatar por el viejo paradigma, obedece tus impulsos y se valiente.

Tengo miedo, lo que ahora siento no puede traducirse, es como saber lo que aún no se, tocar ahora lo inalcanzable, sentirme lleno, invadido, y a la vez necesitar expandirme, llegar a unirme a ella concientemente, darme.

Yo también entiendo, pero mi sangre parece entenderlo, y hierve; mis manos están en el teclado ahora y están a la vez tocándote, y mi boca clama por besarte. Déjate venir, respóndeme, que el mandato que me impele tu también debes de sentirlo.

Es una fuerza que no es de este mundo, el mundo que hasta ahora conocía, pero que sabe también el viejo idioma que siempre existió y existirá siempre. Me dejaré llevar, si no puedo evitarlo, seguro que no lo evitaré, pues mi sangre también hierve.

¿Acaso tú no sientes mi ardiente beso? Dímelo, suelta esos dedos, y respóndeme, que yo nunca pensé sentir esto ni nunca lo busqué fuera del mundo. Que como tú, yo también tengo miedo, pero ya no puedo escapar.

Es más fuerte que los dos, es inútil resistirse. Me estremezco.

Y yo tiemblo cuando tú te estremeces, y mi cuerpo siente tu cuerpo, como si estuviera, aquí conmigo, invisible, y ahora te estoy abrazando, y te beso apasionadamente, y los objetos a mi alrededor ya no existen.

No se donde estoy, pero ya no me importa, nada malo puede ser lo que me arrastra, por que me hace sentir... Crecer y querer darme. Yo también te abrazo y a ti me entrego, y abro mi boca a tu beso. Y con fuerza te respondo.

Ahora en ese instante somos uno en este mundo y ya no me importa lo que ocurra en el otro, Yo te llevaré en mí por siempre, no importa en que lugar esté, ni importa ya el tiempo.

AQUEL COLCHON DE COLORINES

¿Cómo está doctor?

¡Muy mal!

Don Luis bajó la mirada hacia el lecho, donde respiraba fatigosamente el pequeño Nil.

-No le haga tomar más medicamentos. De nada serviría; ahora es solo Dios quien tiene que decir su última palabra. Solo nos queda a nosotros intentar hacerle los más feliz posible los días que le resten de vida.

¿Morirá pronto?

No sé. Lo que usted debe de hacer es lograr que se vaya de este perro mundo con una sonrisa en sus labios. (El buen doctor dudó un momento.) ¿Es su único hijo?

Don Javier calló; se secó unas lágrimas que se deslizaban lentamente. En sus mejillas.

Y dijo: Si... Si se me va me quedaré completamente solo...

Y el niño se iba, se le notaba en sus ojos, en la lividez de su rostro, en la tristeza de sus palabras.

***************

Don Javier había visto morir a su esposa, arrodillado en la cabecera

Del lecho donde ella se encontraba.

Mientras veía perderse poco a poco a Nil entre las brumas de la muerte, recordó las últimas palabras de su pobre y buena mujer.

Javier... Javier, quiero que el pequeño se llame Nil...

Y murió mientras en una cuna a apenas unos pasos del cadáver, lloraba un niño de apenas cinco días.

Poco después descubrió que aquel niño le podía devolver algo del cariño de su pobre madre y mujer, y don Javier se volcó a él.

Nil que desde pequeño, había sido un niño que siempre parecía sonreír; nadie jamas recordaba haberle visto llorar.

Un hombre empieza a ser feliz en el momento en que ama a una mujer; y comienza a gozar de este amor y cuando vuelca a un hijo todo este sentimiento purificado.

Nil va creciendo: Papá, papá quiero un camión...

Ahora no puede ser Nilo, cuando vayan mejor las cosas te lo compraré...

Y Nil a pesar de la negativa sonreía. Y don Javier sufría al tener que negarle a su hijito a su pequeñín un capricho, pero él, ¡era tan pobre!

Papá, papá mira que soldados...

Si, Nil, si... Más adelante te compraré todo, todo: Balones, soldados... Y hasta una bicicleta.

Y así había transcurrido toda la infancia del pobre huérfano; entre privaciones y deseos.

Nil esperaba cada mañana en vano.

Y un día cayó enfermo.

Amanecía. El cielo despertaba después de una larga noche, pausadamente, desperezándose en el horizonte rojizo, el sol parpadeaba en lontananza con sus primeros fulgores.

Don Javier había pasado toda la larga noche en vela junto a su hijo.

Había velado su sueño inquieto mientras recordaba que el niño solo tenia seis años desde la muerte de su querida esposa Karina.

Nil... Nil... Con voz muy bajita susurró Javier acercándose a la cara lívida de la criatura.

El niño despertó. Se cogió a su padre en el cuello y le llenó la cara de besos. A Javier se le ahogaban las frases en su garganta.

Dime, papá, ¿tú has visto alguna vez un colchón de colorines?

El Javier tomó a su hijo Nil en brazos y lo sacó al balcón envuelto en una gruesa y larga manta rota.

El niño insistió:

¿Has visto alguna vez un colchón de colorines, papa?

Sí hijo mío; lo he visto.

El niño abrió ilusionado sus tristes ojillos.

Y díjole, yo vi uno ayer, mientras tomaba el sol aquí, en el balcón,

lo llevaba un niño... Un niño que era igual que yo...

Don Javier acarició al pequeño y le besó la frente.

¿Papá quieres comprarme un colchón de bellos colorínes?...

La pregunta brincó en los oídos de Javier y la hirió el corazón más que una bala injusta, más que una ilusión incumplida.

Don Javier cerró sus ojos. Hi exclamó...

No puedo, hijo; no puedo.

Sólo quiero este colchón de colorines, pues así podré pensar que estoy en la playa, viendo el mar, jugando con otros niños en la arena...

Don Javier abrazó con fuerza a su hijo.

No puedo, pequeño, no puedo.

Y estalló en ahogados sollozos, antes de repetir:

No puedo, no puedo... Hijo no tengo dinero...

El niño acarició con sus manos inocentes el canoso cabello de su papá y, sollozando también, comenzó a consolarle.

Pobre papá, pobre papá... No quiero colchón... Ya no lo necesito... Era solo un capricho más... No necesito este colchón... ¡Ya no lo necesito, ni lo quiero!

Sus lágrimas se fundieron en un fuerte abrazo. El uno lloraba de desesperación y de rabia. El otro de pena y de desilusión.

Don Javier solo tenía 60 €uros en su bolsillo. No lo pensó dos veces. Cogió la llave y salió a la calle. Por la escalera se encontró con una anciana vecina del piso principal. Sentianse un mutuo odio el uno del otro, apenas si se saludaban.

¿Porqué tenia que existir tanta injusticia? Él, que tenia un hijo a quien cuidar, era pobre, vivía en un ático pequeño y humilde. Ella sin embargo era una solterona. Sin nadie que dependiera de su dinero, era rica vivía en el piso principal, con lujo, con varias criadas y muebles muy caros.

Don Javier sabía a donde iba. Se paró frente a un escaparate. Era una tienda de artículos de playa. Miró las colchonetas: 104'21 € 6 € y 109'02 €uros.

Cansado, derrotado, inició el regreso a casa. Iba casi llorando de impotencia. Pensaba en la desilusion que se llevaría el pobre Nil.

Cuando llegó el niño estaba temblando bajo el fuerte sol del verano,

Como los pajarillos en un lecho de nieve. Tenía el rostro macilento, los ojos cansados, los labios amoratados, las manos yertas.

Le preguntó a su papá si había podido comprar aquel bonito colchón de colorines... Don Javier no contesto, las palabras se le ahogaron entre salivas y no pudo contestar a su hijo.

Aquella tarde estaba Don Javier con su hijito sentado sobre sus rodillas, mirando, tras los cristales, mientras caía la lluvia de una nube pasajera de verano.

Sonó el timbre.

Espera, hijo, voy a abrir.

En la puerta se encontraba un hombre alto, con un sobre en las manos.

¿Qué quiere?

Entregarle este sobre.

¿Qué es?

No lo sé.

¿Quién lo manda?

El hombre miró fijamente a Don Javier.

No puedo decírselo. La persona que lo envía quiere permanecer en el anonimato... Solo me a dicho que le pida una cosa.

¿Qué?

Que rece por ella.

El hombre entregó el sobre y se alejó rápidamente.

Don Javier cerró la puerta y rasgó el sobre.

Dentro halló un billete de 500 €uros y una nota que decía así:

<Compre a Nil un colchón de colorines, él más bello él mas caro.

Gracias.>

Don Javier, alocado, temblándole las manos y el corazón de gozo, corrió a la habitación donde estaba el pequeño Nilo.

Nil. ¡Nil! ¡Hijo mío, voy a comprarte el colchón!

¡Te voy a comprar el colchón más grande y bonito de la tienda, el mejor él más bello el de más colorines!

¡Verás como te gusta!

El niño no respondió. Tenía la cabeza.

Apoyada en los cristales del balcón, las manos caídas y las piernecitas pendientes del sillón.

Nil... ¡Nil!...

El niño estaba frío, inmóvil, ¡había muerto!

Y aquella noche mientras las calles comenzaban a secarse de la lluvia caída, en una habitaciones grandes, desproporcinadamente grandes y solas, angustiosamente solas una viejecita lloraba amargamente, al oír los gritos desesperados y desgarrados, como de un animal herido cruelmente, que brotaban del corazón de Don Javier...

A QUEL COLCHON DE COLORINES

 

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