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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

LA GENERACIÓN DEL 27


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“...Y allí fueron pastores que en las noches serenas
Al son de las esquilas miraban la estrellas
Y a fuerzas de mirarlas quisieron ser como ellas.”
Federico García Lorca


 

Ver bien es ver de lejos. Ver de lejos como los pájaros y los que se dice que tienen vista “cansada” o presbicia, que sería mejor decir descansada, pues es vista larga que descansa los ojos por la mirada en la lejanía, por lo que se dice vista de pájaro o de hombre de llanura o de mar; de ojos habituados a mirar lejanías.

 

Se dice que el hábito de ver lejos ciega para lo que está cerca; y se cita a  no sé que pastores de llanura que conforme van envejeciendo van cegándose para lo cercano, hasta tener que andar por las cañadas con lazarillo, mientras su mirada penetra  los más lejanos horizontes. Y esto que le sucede en los espacios luminosos a nuestros ojos, ¿no le sucederá también en el tiempo a los ojos del alma? ¿Y habrá también vista cansada o miopía para el alma cuando esta mira en el espacio temporal de la historia? ¿Cuándo mira hacia atrás o hacia delante en el tiempo?

 

Claro que hay pájaros y pájaros; no es lo mismo el mochuelo que el aguilucho. ¿También habrá entonces para el alma ojos miopes y ojos présbitas, uno para que se ciegan para lo cercano y otros que no ven la lejanía? Yo, que soy de los que tienen “vista cansada” o presbicia en los ojos del cuerpo, debo tener también esa cualidad en los del alma, pues cada vez veo más claro en lo lejano y más oscuro en lo cercano; más claro en lo pasado o venidero y oscuro en lo presente. A mí me parece que en estas distancias del tiempo, como si lo mirase a “vista de pájaro”  o con vista de pájaro, se me vuelve mágico panorama a los ojos, no solamente lo pasado de mi vida por el recuerdo, sino de todo lo que miro y veo en el presente, por la figuración vivísima que me dan las palabras, la lectura de los libros.

 

Gracias a la vista cansada puede verse panorámicamente la literatura con vista de pájaro y no sólo a “vista de pájaro”.

 

Ahora se habla mucho de generaciones y constelaciones literarias y está muy de moda hablar nuevamente de la “generación del año 27”. Estos maestros literarios de la generación del 27 se van alejando de nuestros ojos, por lo que aparecen con más claridad. A esta generación de “líricos” ( se les ve, se le ve la lira! ... escribía Juan Ramón) la llamaba el poeta de Moguer promoción, porque lo fue  en efecto, históricamente, promovida por la revista Índice, su revista (de Juan Ramón), aunque le acompañasen en ella como directores Enrique Díez-Canedo y Alfonso Reyes, y como redactores casi todos sus promovidos.

 

Los promovidos, prosistas y poetas, eran los siguientes: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Federico García Lorca, Antonio Espina, José Bergamín, Adolfo Salazar, Gerardo Diego, José Moreno Villa, Juan Larrea, Corpus Barga, Antonio Marichalar... A estos nombres se añadían citas de novedad con Dámaso Alonso, Rafael Alberti y algún otro. Índice publicó cuatro o cinco números solamente. Pese a la brevedad de su vida, su significación fue de gran alcance por la fuerza de la personalidad de Juan Ramón.

 

También a ese grupo pertenecen Cernuda, Prados, Altolaguire, Hinojosa, Rejano, Garfias , Villalón y Aleixandre. Del genial prosita Ernesto Jiménez Caballero se olvidan demasiado los seleccionadores o discriminadores caprichosos de la que bautizaron de generación del 27. Con ellos,  prosistas y poetas, músicos como Manuel de Falla y Haffter  y los pintores Picasso, Juan Gris, Benjamín Palencia, Dalí, Manuel Ángeles Ortiz...  Últimamente y de forma muy acertada se ha aumentado la nómina de los poetas del 27, con nombres como: Chabás, Domenchina, Larrea, Champourcín, Concha Méndez, Laffón,  Buendía, Pérez Clotet, Oliver, Valdivieso, Espinosa, García Cabrera, Gutiérrez Albelo y el inolvidable Domingo López Torres.

 

El homenaje con que en 1927 conmemoraron el Centenario de Góngora un pequeño grupo de escritores amigos tuvo importancia para marcar una fecha histórica literaria, y con ella, a una generación, que ha llevado el lenguaje literario español, en prosa y verso a una de las más altas y perfectas etapas de madurez que le conocimos en el tiempo. Y como dijo Jorge Guillén: “Un recuerdo de viaje / Queda en nuestras memorias / Nos fuimos a Sevilla. / ¿Quiénes? Unos amigos / por contactos casuales”.

 


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