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MANUEL ACUÑA: LA VOZ DE LA IDEALIZACIÓN ROMÁNTICA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Comprendo que tus besos
jamás han de ser míos;
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás;
y te amo, y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos,
te quiero mucho más.”
Manuel Acuña.

 

Este poeta todo amor unas veces, aunque todo escepticismo hastiado por sus precoces desengaños, otras, pero hablando siempre de Dios, en quien cree, se acuerda de que es estudiante de medicina, y se nos presenta frío, razonador, en sus tercetos Ante un cadáver, hijos de un racionalismo que parece más bien de origen teutónico que hispanoamericano. En ellos proclama la inmortalidad de la materia perenne en sus transformaciones; pero aliando ingeniosamente el pensamiento filosófico con la poesía, de la que están impregnados aquellos versos. Desgraciadamente, su último amor fue la Muerte,  a cuyo encuentro salió suicidándose en plena juventud, a los veinticuatro años, lo que añade una emoción más a la lectura de aquella composición, la de mayor importancia entre las suyas.

 

“Y era un gran poeta –escribía  José Martí- aquel Manuel Acuña. El no tenía la disposición estratégica de Olmedo, la entonación pindárica de Matta, la corrección trabajosa de Bello, el arte griego de Téophile Gautier y de Baudelaire, pero en su alma eran especiales los conceptos, se henchían a medida que crecían, comenzaba siempre a escribir en las alturas. Habrán hecho confusión lamentable en su espíritu los cráneos y las nubes: aspirador poderoso, aspiró al cielo no tuvo el gran valor de buscarlo en la tierra, aquí se halla. Hoy lamento su muerte. No escribo su vida, hoy leo su Nocturno a Rosario, página última de su existencia verdadera, y lloro sobre él, y no leo nada. Se rompió aquella alma cuando estalló en aquel quejido de dolor”.

 

Manuel Acuña Narro nació en la ciudad de Saltillo, Coahuila, el 27 de agosto de 1849. Sus estudios primarios los realiza en el Colegio Josefino de la ciudad de Saltillo. Posteriormente se trasladó a la Ciudad de México, para estudiar interno, Matemáticas, Latín, Francés y Filosofía. En enero de 1868 inicia sus estudios en la Escuela de Medicina.  A su muerte solo había concluido el cuarto año de su carrera.

 

Acuña inicia su carrera literaria en 1868 con una elegía a la muerte de su compañero y amigo Eduardo Alzúa. Ese mismo año funda, en compañía de varios intelectuales,  la Sociedad Literaria Nezahualcoyoti, inspirada en el ideario nacionalista de Altamarino, en cuyo seno dio a conocer sus primeros versos, publicando sus poemas en la revista El Anáhuac y en un folletín del periódico La Iberia. El 9 de mayo de 1871 se estrena, con gran  éxito del público, su drama El Pasado.

 

Manuel Acuña fue un apasionado de Rosario de la Peña, la mujer que estuvo más íntimamente ligada a sus últimos años. Su inmenso y desenfrenado amor por ella fue la causa, o al menos la razón más fundada, de que quedara truncada su existencia. El 6 de diciembre de 1873, Manuel Acuña, en Ciudad de México, puso fin su vida,   tras ingerir cianuro potásico. Sus amigos y compañeros le velaron en la Escuela de Medicina y fue sepultado el 10 de diciembre en el cementerio del Campo Florido, con la asistencia de representaciones de las sociedades literarias y científicas y una multitud de personas. Posteriormente sus restos fueron trasladados a  la Rotonda de los Hombres Ilustres del Cementerio de Dolores. Y finalmente,  a Saltillo, su ciudad natal, donde el escultor Jesús F. Contreras había realizado un notable grupo escultórico a la memoria del poeta.

 

La vida de Manuel Acuña está presidida por dos coordenadas: el materialismo escéptico y la idealización romántica. El desdén que por este espíritu típicamente byroniano mostró  Rosario de la Peña, belleza a quien habían cantado otros poetas como Ignacio Ramírez y Martí , fue la gota que colmó el vaso; pocos días antes de su muerte, había escrito Nocturno a Rosario, pieza que junto con la esproncediana composición A un cadáver, constituye lo mejor de su obra. Entre otras obras pueden escogerse: Entonces y hoy, Lágrimas, Adiós.

 

Acuña, como Larra en España, por haber rebasado en sus amores los límites de lo humano, acabó en la desesperación y el suicidio, ya presentido en los versos del citado Nocturno: “Esa era mi esperanza... / Mas ya que a sus fulgores / se opone el hondo abismo / que existe entre los dos, / adiós, por la vez última, / amor de mis amores, / la luz de mis tinieblas, / la esencia de mis flores, / mi lira de poeta, / mi juventud, ¡adiós!”.


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