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ADRIANO DEL VALLE: LA VOZ DE UN LIRICO ULTRAÍSTA

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Madre, una estrella se ahoga
entre las aguas del río.
Va blanca de luz de luna
llena de miedo y de frío.”
Adriano del Valle


Su primer libro, Primavera portátil, le consagró como uno de nuestros más primorosos y modernos poetas. Su estilo, mezcla de místicos castellanos y de líricos americanos, con Rubén Darío a la cabeza, es sugestivo y fragante. Sobre todo, muy personal.

Adriano del Valle Rossi nace en Sevilla el 19 de enero de 1895. Con Isaac del Vando Villar, funda en su ciudad natal la revista Grecia, que es el órgano más autorizado del movimiento ultraísta en España. También es fundador con Fernando Villalón y Rogelio Buendía de la revista onubense Papel de Aleluyas, y dirigió en Madrid la revista literaria Santo y Seña y la revista cinematográfica Primer Plano.

El poeta vivía con una alegre independencia económica, pues vendía maquinaria agrícola de pueblo en pueblo y de cortijo en cortijo, y según nos cuenta Adriano, “si es fama que los ángeles ayudaban a San Isidro a labrar el campo no es menos cierto que a mí me ayudaban los ángeles buenos a vender mis máquinas para que tuviera tiempo para amar a los míos”.

Adriano del Valle es, esencialmente, un lírico. Su obra, bien extensa, es obra poética. Es decir, en verso. No obstante, en ocasiones, escribe artículos para los periódicos que, en el fondo y en la forma, descubren al poeta. Son, en realidad, poemas en prosa. En 1933 obtiene el Premio Nacional de Literatura por su obra Mundo sin tranvías. Diez años más tarde, recibe el Premio Mariano de Cavia por su artículo “Stella Matutina”. Adriano del Valle muere en Madrid el día 1 de octubre de 1957.

Era un verdadero poeta, sin mezquindad, generoso, viviendo al lado de todos. Adriano del Valle es siempre el mismo, creado por la campiña andaluza, renovado por los soles de todas las mañanas. En todas las expresiones de su talento literario se halla, junto al hombre, el poeta. Entre los títulos más relevantes de su obra poética se cuentan Lyra sacra, Los gozos del río , Arpa fiel, que obtuvo el Premio José Antonio Primo de Rivera y el Fastenrath de la Real Academia, y la obra póstuma Oda náutica a Cádiz.

Iniciado como lítico en el ultraísmo, posteriormente cuajo en un neopopularismo que utiliza las estrofas clásicas con cierta maestría . La poesía de Adriano del Valle es viva y actual continuadora de la brillante tradición barroca española del siglo XVII. El arte de Adriano del Valle tiende sutiles redes al lector, haciéndole picar en el regusto de la “frase hecha”. Leemos en el soneto “ A Roma”: “Todos los acueductos van a Roma”. Y en el “Romance del Espantapájaros”: “Si el miedo guarda a la viña, / ¿quién puso jueces al campo?”.

Hablar de la maestría de Adriano casi no es preciso. Cada poeta tiene sus sobresalientes valores individuales y lo peculiar en Adriano del Valle, lo que le da voz propia, es el juego, el ingenio, y, sobre todo, ese doble sentido quevedesco.

“Sevilla en verso”, le llamó Eugenio Montes. Y su gran amigo, el poeta malagueño Muñoz Rojas, exclama: “¡Oh inmenso Adriano, hombre grande, gran río, gran sombra de árbol andante! En ti se desencadenaba algo que nos comunicaba con el latido de la tierra, con el temblor de la palabra”. Y con acento insistente , siempre ese acento, el popular, como el del cante andaluz que nos dijo el poeta: “Canta el pájaro en la rama; / un ruiseñor, bien despierto, / con canora voz que clama / predicando en el desierto”.

 


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