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PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN: LA VOZ DEL INSIGNE NOVELISTA

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“¡Era Granada... rica y prepotente,
tal como fue... cuando Granada era!”
Pedro Antonio Alarcón

 

Tres novelistas forman, con Pedro Antonio Alarcón, el grupo de novelistas de la generación de 1868: Valera, Pereda y Galdós. Las fechas de los nacimientos de los novelistas que constituyen este grupo se distancian a veces bastante años, como ocurre con los de Valera y Galdós nacido, uno en 1824 y otro en 1843, sin embargo, sí es simultánea la producción de ellos.

La obra de Pedro Antonio Alarcón, representa el paso del prerrealismo al realismo, del dualismo a la totalización significativa, si bien una buena parte de sus libros están directamente inspirados por el romanticismo. En puridad se puede sostener que Alarcón combatió toda su vida contra el realismo totalizador, aunque para hacerlo hubo de escribir como un auténtico realista.

Pedro Antonio de Alarcón y Ariza nace en Guadix el 10 de marzo de 1833, el mismo año que Pereda. El novelista granadino busca primero en Madrid y luego en Granada empleo a sus ambiciones literarias. En 1853 y 54 fue, en la última ciudad, socio de La Cuerda Granadina, especie de hermandad bohemio-literaria. Alarcón se inició como periodista y escritor literario con la dirección del diario El Eco de Occidente. Intervino en Granada en las revueltas políticas y fundó una revista titulada La Redención. Dirigió en Madrid el periódico satírico de orientación republicana El Látigo, donde atacó a Isabel II, lo que le arrastró a aceptar un duelo a muerte frente a un adversario técnico en los “lances de honor”.

En 1857, estrenó un drama El hijo pródigo que fracasó. En octubre de 1859, el gobierno del general O'Donnell declaró la guerra a Marruecos. Aquella innecesaria guerra, llevó a los campos africanos “ a dos periodistas jóvenes, arriesgados, deseosos de gloria” cuyos nombres eran Pedro Antonio de Alarcón y Gaspar Núñez de Arce. Ambos, el futuro novelista y el futuro poeta, quedaron afiliados al partido político de O'Donnell.

Alarcón relata los lances de la patriótica aventura en su Diario de un testigo de la Guerra de Africa, que le valió extensa popularidad y fama. En 1861, publico De Madrid a Nápoles, con este libro dice Alarcón, “termina la primera época de mi vida literaria (...). Eligiéronme luego mis paisanos diputado a Cortes, de oposición; lo fui después ministerial: cuestiones de campanario, intereses de localidad, luchas parlamentarias, obligaciones de partido, destierros, conspiraciones, la temida Revolución..., absorbieron mi actividad y mi tiempo”. Fruto de estas actividades políticas fueron el destierro de 1866; y su presencia en septiembre de 1868, en la batalla de Alcolea; su nombramiento que rehusó, de ministro plenipotenciario en Suecia y Noruega; la gran cruz de Isabel la Católica y su entrada en la Real Academia Española.

Después de un paréntesis de doce años publica el libro La Alpujarra en 1873. Siguen a éste El sombrero de tres picos, El clavo, El carbonero alcalde, El escándalo, El niño de la bola, El capitán Veneno y La pródiga. Estas son las novelas publicadas en la segunda etapa de nueve años, pues después de publicar La pródiga se apoderó de su ánimo un invencible tedio hacia la vida literaria y lleno de amargura renunció al cultivo de la novela, cuando aún no contaba cincuenta años de edad. Retirado del mundo y aislado luego en su soledad de enfermo fue apagándose la vida del novelista, que murió en Madrid el 19 de julio de 1891, a los cincuenta y ocho años de edad.

Quejábase Alarcón de que sólo ante El sombrero de tres picos deteníase respetuosa la crítica. “Todo el mundo lo ha tratado hasta con mimo (...). A tal extremo ha llegado esta unanimidad, que muchas veces ha sentido aburrimiento y desdén a la pícara obra por nadie impugnada”. La crítica y el gran público habían pronunciado el fallo acertado. En este jocoso cuento, el arte de Alarcón alcanza su cúspide. El narrador ingenioso y colorista que es Alarcón está en su ambiente y pintó maravillosamente la atmósfera erótica que suscita la vitalidad y belleza de la risueña Frasquita. El sombrero de tres picos tiene la fragancia de una danza andaluza; quizá por eso ha inspirado a Manuel de Falla páginas musicales inolvidables.

“El talento de Alarcón -dice Clarín -, sus envidiables dotes de novelista están a salvo, bastan las bellezas indicadas para darle el título honrosísimo de autor insigne”. La gracia, fantasía y fácil estilo de Alarcón ayudaron a arraigar el nuevo realismo de la novela española. La novela de Alarcón reflejan la riqueza ideológica y las profundas inquietudes que esta década renovadora de 1860 a 1870 aportó a España. Y como dijo el poeta: “Historia / es hacer memoria”.

 


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