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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

LA AMÉRICA ESPAÑOLA

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Pero el barco se aleja
y comienzan a llegar, palma y canela,
los perfumes de la América con raíces,
la América de Dios, la América española.
¿Pero qué es esto? ¿Otra vez España?
¿Otra vez la Andalucía mundial?”
Federico García Lorca

El verdadero capitán de las carabelas de Colón es el capitán Cervantes, recordaba Rubén Darío, porque lo más importante que llevaba es la palabra con la que se puede hacer un mundo, palabra que permite que quinientos años después el poeta salvadoreño, Raúl Contreras, exclame estremecido que tiene “sangre de don Quijote en sus venas”.

“La poesía no es lo que se busca –escribía Eugenia Guerin-, sino lo que se encuentra”, sin sospechar que sus palabras pudieran servir un día para explicar el extraordinario “encuentro” del Nuevo Mundo. Con su destino hecho de la unidad que propician las lenguas que lo hermanan y la diversidad poética en que se expresan.

Porque la palabra hecha poesía acompaña el momento inaugural de América y complementa Crónicas y Relaciones con las fuerzas de los versos, demostrando la vigencia del aforismo aristotélico de que hay más verdad y más hondura en la poesía que en la historia.

La poesía estaba hecha en España de esas materias enjutas que trenzan y agarrotan el corazón. Como decía Neruda, la lengua castellana brota de una tierra seca y pedregosa donde los “únicos ríos son los poetas: Quevedo con sus aguas verdes y profundas, de espuma negra; Calderón, con sus sílabas que cantan; los cristalinos Argensolas; Góngora, ríos de rubíes”. Sin embargo, a partir de 1492, la poesía en lengua española debe servir y sirve para bautizar realidades inéditas y como vehículo de expresión de sentimientos y pasiones de los americanos que se descubren reflejados en ella.

La poesía española “emigra”, pues, y en su viaje transporta no sólo los valores que encarna, sino la asombrosa capacidad de incorporar rápidamente las palabras del Nuevo Mundo que sirven para explicarlo, el ritmo, la cadencia, el estilo con que América empieza a identificarse a sí misma y a hacerse inteligible al resto del mundo. España, cobra con su poesía conciencia de su universalidad gracias a la diversidad de la que procede y a la que arriba.

La palabra hecha poesía quiere arraigarse, fundirse, “fundarse” con la nueva tierra e indaga con desesperación sus raíces en montañas, desiertos, selvas y ciudades y, sobre todo, en el corazón de los hombres.

La poesía es “palabra en el tiempo” –como decía Machado-, y en la memoria que condensan muchos de sus versos está expresada mejor que nada esa memoria que América recapitula y hace suya.

Porque si la “patria del escritor es su lengua” –como sentencia Francisco de Ayala- es en esa patria del escritor que se forja la “Patria Grande” de la cultura hispanoamericana en que se reconocen los poetas mayores que nos invitan a recorrer sus mundos imaginarios regidos por brújulas que marcan rumbos desconocidos. Poetas que incorporan mitos y leyendas del pasado a la dinámica del porvenir en el que creen apasionadamente. Poetas compañeros de hombres nuevos.

Poesía –en resumen- de la comarca que se preserva en un mundo hecho de interdependencias y entrecruzamientos, memoria de América para una creación ininterrumpida pero sobre todo, poesía que –como decía Neruda- “es siempre un acto de paz”, porque “el poeta nace de la paz como el pan nace de la harina”.

“Prenda de paz final es la palabra “, afirmaba por su parte, Miguel de Unamuno desde España. Y como nos dijo al voz armoniosa de poeta, la más española de los continentes americanos: “Mientras haya una América oculta que hallar, vivirá España”.

 


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