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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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SOLEDAD DE AMOR

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“¿Quién me causa este dolor?
Amor.”
Miguel de Cervantes

El acierto literario cervantino –y Cervantes era eso, un poeta, un escritor- consiste, a nuestro parecer, en haber juntado las tres corrientes de la novelística de su tiempo, quitándoles lo que les sobraba, que era la razón, y dándoles lo que les faltaba que era verdad.

La caballeresca, se moría de racionalidad; de razón hasta de “sinrazón que con razón se hace”. Y la pastoril, siendo racional por esencia, sentía helársele en las venas aquella misma amorosa sangre poética de razón. Así, la novelística pastoril, perdiéndose en el laberinto racional de un pasado muerto, como la caballeresca, en el porvenir imposible (el de los Amadises sin tiempo ). Y como la picaresca, en lo presente por pura racionalidad moral, cuyo sustento de razón la pervierte hasta irla haciendo desaparecer. Las tres ofrecían a Cervantes la felicísima ocasión de vivificarlas, verificándolas; de darles nueva vida, dándoles verdad.

Toda aquella melancólica música española, tejida de lágrimas y suspiros, de la novelesca pastoril y caballeresca , como de romanceros y cancioneros, todo ese mundo musical, digo, de canto de la sangre, deshecha en suspiros y llantos, toma en la novelística cervantina, una verificación imprevista, sorprendente, y que la hará perdurable; la que pudiéramos resumir, condensar, en un solo aforismo senequista: Lloren los ojos, más no el alma. Y todo es alma, porque todo es verdad, porque todo es tiempo y espacio de poesía en la novelística de Cervantes.

¿Pero qué misteriosa alma, qué misteriosísima poesía es ésta tan humana y tan divina, tan de veras como de burlas? Decía Santa Teresa: “No se ha de burlar el hombre con su alma”. Porque no se ha de burlar el hombre con su soledad. Porque es en el trance de la muerte donde el hombre se queda solo, enteramente solo de verdad. Solo con El Solo, que dijo Plotino.

Cuando nacía Don Quijote, acaban de morir en España sus solitarios más ejemplares. Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Fray Luis... La verdadera solidaridad sólo es posible entre solitarios. ¿Se solidarizaba Cervantes con esos místicos españoles solitarios, tan expertos en experiencias poéticas de soledades? El tema de la soledad ha dado lugar a que se diga que es un tema clásico español. Del Quijote se afirma que es el Evangelio de la soledad: el Quinto Evangelio, le llamaba Elie Faure.

“Don Quijote sintió su soledad”, nos dice Cervantes, contándonos cómo al ir o acostarse, aquella noche, que iba a serle tristísima, vio que se le deshacía una media yéndosele “hasta dos docenas de puntos... que quedó hecha celosía”.

Cuenta Cervantes que aquella melancólica noche en la que Don Quijote sintió su soledad, en aquella encantadora noche, al sentir de su soledad, sintió también tocar un arpa suavísimamente; y sintió el canto de los dulces suspiros amorosos de una enamorada doncella... Soledad de amor y no de muerte. Piadosa soledad, la que se encuentra, al fin, solo, a sus solas.

De estas veras y de estas burlas del Quijote se rieron sus contemporáneos, sin entender, tal vez, todo su alcance. Más tarde, en el siglo XIX, a los más avisados lectores, como el poeta Heine, estas burlas de veras les hacían llorar. Y aún, en nuestro siglo presente, que parece haber olvidado el llanto y la risa, y hasta la sonrisa, el hecho de Cervantes, nos da que pensar, con su paradójica presencia poética.

Aquel ya sé quien soy quijotesco, fue comentado por Unamuno: “Ya sé quien quiero ser”. Pierde la razón por ese querer, y gana una verdad, tremenda verdad paradójica: la que le hace dejar de ser lo que es o quien es para poderlo ser de veras. Es decir, que cuando se queda solo de verdad, se parte el hombre en dos, se hace el hombre diálogo consigo: La soledad del hombre Don Quijote-Alonso Quijano, es una dualidad, un diálogo; la dialéctica de la soledad.

El hombre solo, de verdad, sin burlarse con su alma, es el hombre solidario. “Y no digo más –como diría Cervantes- aunque pudiera”.

 


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