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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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CARTAS DE AMOR


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.”
Miguel Hernández

 

No tendría nada de extraño que la primera carta que se hubiese escrito hubiese sido de amor. Si la costumbre de escribir cartas no hubiese existido por otras razones, el amor la habría inventado inmediatamente, como su más elemental y característico modo de expresión. Y existieron -y existen- que apenas han llegado a otros términos que a la pura correspondencia, al simple ir y venir de los esperados sobres; o no ha habido en absoluto otra cosa: sólo cartas, a veces sin que contestase siquiera el destinatario. Y pese a ello, han sido pasiones intensísimas que han puesto en juego y han estremecido al límite el ser todo del amante postal, concentrando en el pliego y en la pluma las tensiones de amor.

A los epistolarios más conocidos y famosos se une el descubrimiento de colecciones bien notables, como las cartas de Gertrudis Gómez de Avellaneda a Antonio Romero Ortiz, en donde la enamorada antepone al romanticismo un profundo realismo que no se para en barras: “Soy mujer de tal temple de alma que acaso sería capaz de amar a un pirata , a un bandido, a un fraile, si se me presenta noblemente , con la cara descubierta, a probarme que latía en su pecho un corazón varonil, capaz de amar como yo concibo el amor”.

Otras cartas de esta misma índole son las de Doña Emilia Pardo Bazán a don Benito Pérez Galdós, sacadas a la luz pública en 1975. La gran campeona del naturalismo confiesa a su “ratonciño del alma”, el autor de Tristana, que su impulso “sería decirle que le quiero tiernamente, que le echo de menos, que no estaré tranquila hasta reanudar la amistad, y que pienso en V. mucho, mucho”.

Pero ningún epistolario tan serio, tan abrumador y tan delicado a la vez, como el de Franz Kafka a Milena. Hubo encuentros entre ambos, pero como dice Wilys Hass (a quien Milena entregó esta correspondencia poco antes de que los nazis le internaran en el campo de Ravensbruck, en el que pereció en 1944), lo que importa es que hayamos podido conocer, gracias a las cartas, el entero y estremecedor romance amoroso... Porque por muy a menudo que se hayan encontrado Kafka y Milena (y lo que parece es que, realmente, se encontraron muy poco), este amor -señala Hass- fue en esencia un amor epistolar, como el de Wherter o el de Kierkegaard.

En esas cartas encontramos, junto a las dulces y sublimes vulgaridades, comunes a toda expresión de sincero amor, las más explicitas, significativas y lúcidas revelaciones de lo que una correspondencia amorosa representa y de la intensa forma de amor que, por sí misma,, es. Pero toda forma de amor es, básicamente, intensidad y, por lo mismo, se compone de placeres y zozobras: lo intenso exige el contraste o, más aún, está hecho de un contraste que se eriza. Cuando Kafka contempla el retrato de Milena siente un sufrimiento, pero quisiera defender su posesión “contra diez hombres poderosos “. A lo último necesita las cartas y las teme. No tolera pasar un día sin recibir misiva. Y dice.: “Ayer te aconsejé que o me escribieras todos los días”. Y añade: “Pero, por favor, Milena, no me hagas caso y escríbeme igual todos los días, aunque sea una carta muy breve como la de hoy, apenas dos líneas, una sola., una mera palabra; privarme de esa palabra me costaría horribles sufrimientos”. Y repite de nuevo: “Hace poco te pedí que no me escribieras todos los días, era sincero, tenía miedo a las cartas...; y hoy hubiera sido desdichado si no hubiera recibido estas tarjetas”.

Ello es que la llegada de una carta de la persona que más deseábamos que nos escribiera nos produce una de las mayores emociones que puedan experimentarse. Y al ser nosotros los que escribimos a esa persona, hasta la fría boca metálica de los buzones de correos palpita al rozarla nuestra mano como si fuese la propia mano de quien espera la carta. O, incluso, de quien no la espera o no la contestará: aun en tal caso, se realiza de algún modo la esencia del amor, al transgredir y traspasar ese silencio, si es que es éste lo único con que se nos corresponde. Y como dijo el poeta. “Cuando te voy a escribir, / te van a escribir mis huesos: / te escribo con la imborrable / tinta de mi sentimiento”.

 


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