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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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SAN JUAN DE AVILA: LA VOZ DEL APÓSTOL DE ANDALUCIA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Séneca comparó al que se encarga de regir la república
a un médico que entrase en una enfermería donde
uviesse muchos enfermos de diversas enfermedades:
y tiene razón, pues no ay otra tan dañosa y peligrosa
como el vicio del ánima.”
San Juan de Avila

 

 

El Tratado sobre el amor de Dios, uno de los tratados menores, es de los más sustanciales del Santo; una Cristología donde resume todo su pensamiento sobre el tema, verdadero eje de la doctrina espiritual: No se ha dudado en clasificarlo de “perla de la literatura teológico-ascética española” y “núcleo central de toda la doctrina del Apóstol de Andalucía”.

El Maestro Juan de Avila, que ha permanecido casi desconocido cuatro siglos, es hoy una de la figuras claves de la espiritualidad española del siglo XVI. Había nacido en Almodóvar del Campo, provincia de Ciudad Real, el 6 de enero de 1500, y tras una vida de santidad dedicada a la oración y a la predicación, murió el 10 de mayo de 1569 en Montilla, donde está enterrado; su fama de santo le llevó a su beatificación por León XIII en 1894, siendo declarado Patrono Principal del clero secular por Pío XII en 1946, y en 1970 es canonizado por Pablo VI, con lo que se consagra definitivamente su figura dentro de la Iglesia. Sin embargo, no dejó de tener tropiezos con la Inquisición, por motivos que afectaban directamente a su modo de espiritualidad.

Juan de Avila comenzó a cursar leyes en Salamanca el año 1514, pero empujado por su devoción, dejó los estudios para dedicarse a una vida de penitencia. En 1520 le tenemos de nuevo estudiando, pero esta vez en la Universidad de Alcalá de Henares, donde estudiará con Domingo de Soto, colegial de San Ildefonso, recién llegado de París. En 1526 ya le tenemos, ordenado sacerdote, en Sevilla y con pretensiones de pasar a las Indias, aunque no pudo cumplir su deseo por haberle retenido el arzobispo Manrique, que le insta a predicar en Andalucía. Su fama de predicador fue extendiéndose cada vez más, hasta llegar a originar el epíteto de “Apóstol de Andalucía” con que es conocido. Mediante sus predicaciones convirtió a muchísima gente, entre las que no dejaron de contarse destacados personajes como el marqués de Lombay, después San Francisco de Borja, o doña Sancha de Carrillo, hija de los señores de Guadálcazar. A petición de esta última escribió el comentario al Salmo XLIV, Audi, filia

La originalidad doctrinal tan manifiesta e interesante de Fray Luis de Granada no tendría explicación sin el antecedente inmediato de su maestro Juan de Avila; de él provienen, sin género de dudas, la veta erasmiana que fluye a lo largo de tal obra granadina y que tan vigorosamente la fecundó. La amistad entre Granada y Avila debió ser más estrecha de lo que nunca se pensó; hoy está fuera de duda que la nueva traducción de la Imitación de Cristo, de Kempis, tan leída de los erasmistas españoles, era de Juan de Avila, y no de fray Luis, a quien siempre se le ha atribuido.

Juan de Avila quiso ingresar en la Compañía de Jesús. El obstáculo fundamental para el ingreso del padre Avila en la Compañía es indudable que provenía de su origen converso, diversos miembros se oponían a su entrada basándose en tal causa, y aunque san Ignacio era decidido partidario de la misma, por ser opuesto a toda acepción de personas, su muerte en 1556, impidió que aquel deseo llegase a buen término.

Hasta hace muy poco, cuando se trataba de la producción literaria de este nuevo santo, los autores se extendían en elogios a sus dotes de predicador, de su prosa familiar, llena de viveza e imaginación, y para ello se aludía invariablemente a su Epistolario espiritual para todos los estados, que consta de 140 cartas dirigidas a personas de la más diversa condición. Muy pocos se atrevían con el Audi, filia.

“Y Cristo predicado es luz entonces y agora para los judíos que le quisieron creer –escribe el Santo Maestro-; porque grande honra es para ellos venir de ellos”. El orgullo de raza parece evidente aquí, y es este orgullo el que le llevaría también a medir lo injusto del prejuicio de limpieza de sangre de los cristianos viejos, inclinándose por una interpretación doctrinal del cristianismo que no hacía distinciones en materia de origen racial.

 


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