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ANDRES FERNÁNDEZ DE ANDRADA: LA VOZ DE LA EXQUISITA PERFECCION


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Fabio, las esperanzas cortesanas
prisiones son do el ambicioso muere

y donde al más activo nacen canas

El que no las limare o las rompiere,
ni el nombre de varón ha merecido,
ni subir al honor que pretendiere.”
Andrés Fernández de Andrada

 

Pocas veces en la historia de la literatura nos hallamos ante tan extraña combinación entre obra y autoría. La Epístola moral a Fabio es una composición poética magistral (pieza obligada de antología) hija de un poeta del que apenas tenemos noticias.

Juan José López de Sedano en su Parnaso Español publicó por primera vez la composición llamada Epístola moral a Fabio, que atribuyó a Bartolomé Leonardo de Argensola . Uno de los manuscritos en que se conserva la Epístola, y que la atribuía también al citado poeta, lleva una nota marginal en la que se afirma con el testimonio del propio Bartolomé, que la composición no es de éste, y el anónimo informante asegura entonces por su cuenta que su autor es don Francisco Medrano. El padre Estala , que siguió primeramente la opinión de Sedano , atribuyó después la Epístola a Francisco de Rioja ( Poesías inéditas de Francisco de Rioja y otros poetas andaluces, 1797), atribución que hizo fortuna y que todavía hay quien repite. Finalmente, el erudito andaluz don Adolfo de Castro en un trabajo publicado en Cádiz en 1875 – La Epístola Moral a Fabio no es de Rioja. Descubrimiento del autor verdadero- demostró que ésta era del capitán Andrés Fernández de Andrada, afirmación que Menéndez Pelayo en Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana acogió con reservas. En nuestros días Dámaso Alonso ha demostrado con irrebatibles razones que fue, en efecto, Fernández de Andrada el autor de la Epístola moral.

El epígrafe que lleva en un manuscrito (y que dio pie a Adolfo de Castro para su atribución definitiva) proporciona los datos más importantes que tenemos sobre su autor. “Copia de la carta que el capitán Andrés Fernández de Andrada escribió desde Sevilla a don Alonso Tello de Guzmán, pretendiente en Madrid, que fue corregidor en México”. Así pues, era sevillano y capitán. Al parecer nacido en 1575. Lo poco más que sabemos viene a través de Fabio , es decir don Tello, a quien Andrada sigue a Nueva España y le sustituye en 1623 como alcalde mayor de San Luis de Potosí. Muere en México en 1648. Aquel epígrafe proporciona incluso la pista para datar su cargo en octubre de 1612, fecha que se convierte en el término ad quem de la Epístola. De su autor se conserva un fragmento de silva compuesta con ocasión de la toma de Larache (1610), conservado entre los versos de Rioja. Este debía estimarle lo bastante como para dedicarle la silva Al verano, aunque más tarde misteriosamente, le retiró la dedicatoria.

Una sola composición ha bastado para situar a su autor entre las cumbres de nuestra lírica. La Epístola no hace sino barajar lugares comunes, que siglos y siglos de tradición senequista, de ascetismo cristiano, de humanas experiencias tan viejas como el mundo, habían decantado en centenares de versos y en prosas de todos los matices. Es innecesario, pues buscarle precedentes a la Epístola , porque se hallaba por doquier, ni ponderar la excelencia y profundidad de sus conceptos, porque estaban ya bien probados. Lo que hizo Andrada, con toda esa herencia de ideas y de sabiduría moral que proclamaban la vanidad de todo, fue encerrarla en unas docenas de tercetos maravillosamente impecables, en que las cosas se dicen con la palabra insustituible, con la imagen más sugeridora pero a la vez más sencilla y natural, como si brotaran de un misterioso venero, sin esfuerzo. Porque quizá esto es lo más notable de la composición: la naturalidad y sencillez con que el autor desliza las más felices expresiones como a media voz, sin darle importancia, sin pompa ni suficiencia alguna. La Epístola , del primero al último verso, fluye como una melodía de notas suaves, sin una sola estridencia.

Difícil es destacar pasajes de la Epístola . La invitación a la “dorada medianía” cantada por Horacio y fray Luis, se repite una y otra vez. La eterna ciencia de la brevedad de todo adquiere en los versos de Andrada definitiva expresión: “¿Qué es nuestra vida más que un breve día , / do apenas sale el sol, cuando se pierde / en las tinieblas de la noche fría? / ¿Qué más que el heno, a la mañana verde, / seco a la tarde?... “

 


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