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ARCIPRESTE DE TALAVERA: LA VOZ DE LA REPROBACIÓN DEL AMOR MUNDANO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es


“Ahora, por cierto, ¡qué cosas vemos en
esta vida, que ponen espanto! Las aceitunas
no están plantadas, y ya las hemos visto reñidas.”
Lope de Rueda

 


Alfonso Martínez de Toledo, arcipreste de Talavera, escribió una de las obras maestras  de la literatura medieval española, sin embargo, sus datos biográficos siguen siendo poco precisos y algunos están extraídos de su obra. Nació en Toledo hacia 1398, debió pertenecer a una familia distinguida, a juzgar por el  blasón que figura en su tumba; hacia 1427 visita Valencia, Tortosa y Barcelona, fue capellán del Rey, y arcipreste de Talavera antes de 1436, y  en 1448 era porcionario de la catedral de Toledo y uno de los capellanes de la capilla catedralicia de Reyes Viejos. Murió hacia 1470.

 

En 1443 escribió Atalaya de las crónicas , en la que se propone recopilar todos los reyes, comenzando por los godos y terminando con Enrique III de Castilla; también son suyas dos hagiografías la Vida de San Idelfonso y la Vida de San Isidoro. Su obra principal, el Corbacho, o Reprobación del amor mundano, que “fabla de los vicios de las malas mugeres e complexiones de los hombres”, y que no quiso titular: “Sin bautismo sea por nombre llamado “Arcipreste de Talavera” donde quier que fuere levado”. Aunque ha prevalecido el de Corbacho, debido al parecido con el Corbaccio del italiano Boccaccio. Este libro se conoce a través de un solo manuscrito y de varias ediciones del siglo XV, que parecen indicar la existencia de otro o de otros manuscritos. El libro se divide en cuatro parte, de temas muy variados, como variado es el estilo. La primera es un tratado contra la lujuria; la segunda, una sátira mundana, cáustica y festiva, trata de “los vicios, tachas e malas condiciones de las perversas mugeres”, como son las avariciosas, codiciosas, envidiosas, inconstantes, desobedientes, soberbias, vanagloriosas, borrachas, cotillas y las que no discriminan sobre a quién aman. En la tercera parte se estudia la naturaleza humana y su disposición para el amor, teniendo en cuenta las complexiones de los hombres y las influencias astrológicas. La cuarta y última parte, por él llamada “media parte”, trata de la sabiduría de Dios, sazonándolo con abundantes argumentos escolásticos bien manejados. El Corbacho está dirigido a una segunda persona que abarca a la inmensa mayoría: hombres, mujeres, ricos, pobres, etc., y su estilo está lleno de caracteres habituales en la prosa del siglo XV: hipérbaton latinizante, amplitud retórica, acumulación de sinónimos, etc. En el Corbacho podría hablarse de tres niveles de lenguaje: culto, popular y semiculto.

 

Esta sátira fue respondida por obras apologéticas de las mujeres como el Triunfo de las donas, de Juan Rodríguez del Padrón y el Libro de las claras e virtuosas mujeres, de don Álvaro de Luna. El Corbacho, que se aparta del carácter espiritualista de la misoginia europea, no puede extrañar situado entre el arcipreste de Hita y Fernando de Rojas. Su autor refleja por un lado una brutal carnalidad, mientras por otra parece esbozar una ascética espiritualidad que no sabemos si tomar en serio, porque en la última página de las ediciones posteriores a 1498 se arrepiente de las severas moralidades que ha expuesto: “El autor faze fin a la presente obra e demanda perdón si en algo de lo que ha dicho ha enojado o no bien dicho”. Pese a todo, Martínez de Toledo salva el vínculo del matrimonio, que las mujeres transgreden constantemente.

 

El objetivo de Martínez de Toledo fue reprobar el amor mundano y exaltar el divino, dejando sólo dos cartas a la elección: condenación eterna por el disfrute pasajero  o salvación. Hay sin embargo, una característica en el Corbacho que lo distancia del Libro del Buen Amor: aunque ambos execran el pecado sexual, el  arcipreste de Talavera no es un gozador, como el de Hita, sino, antes bien, un hombre ceñido a la severidad.

 

Hay párrafos  en el Corbacho que ofrecen muestras de lenguaje popular, rápido, con abundantes giros dialogales que, rechazando la aridez didáctica, convierten a esta obra en novela, en un antecedente de la picaresca, como, por ejemplo, en el pasaje en que una mujer lamenta la pérdida de un huevo y que termina con esta frase: “Y en esta manera dan bozes e gritan por una nada”.

 

 


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