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JUAN AROLAS: LA VOZ DEL DELIRIO POETICO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Denota insurrección y ligereza
porque imprudente y fácil se apresura
y, mientras admiramos su belleza,
habemos compasión de su locura.”
Juan Arolas



Arolas dejó perplejos a sus contemporáneos, que no llegaron a comprender como un clérigo era capaz de escribir poemas de tan alto delirio erótico. Así, en relación a su vida, son comunes las frases que censuran su desorden y ponen en duda su vocación religiosa. Cuentan que sus superiores tuvieron que esconderle los libros. Hacia 1844 su razón se había extraviado definitivamente. Calasanz Rabaza comenta: “Fue recluido en una celda, donde vivió durante cinco años un permanente delirio, que lo mismo le llevaba a exaltar las hazañas de Polonia como creerse amigo del Emperador de la China (...) Sus fuertes dolores de cabeza, que le llevaban a desgarrarse las ropas y golpearse contra los muros, terminaron con una apoplejía fulminante que acabó con su vida el 23 de noviembre de 1849”.

El P. Juan Arolas trabajaba sin cesar y la profusión de sus poemas se prodigaba sobre cualquier materia, indistintamente se tratara de cuestiones religiosas, como de poemas amorosos y políticos o composiciones según la moda oriental, en la que fue expertísimo hacedor de versos.

Tanto trabajo intelectual, junto a su dedicación como Capellán de la Escuela Normal de Maestros (desde 1842) le obligaban a un desperdigamiento excesivo de sus facultades, excitadas por la necesidad de atraer la curiosidad y atención de su público.

Juan Arolas nace en Barcelona el 20 de junio de 1805. Quedó huérfano muy niño, pues su madre falleció cuando el poeta tenía cuatro años de edad. Su padre, contrajo segundas nupcias con doña Francisca Arís, y el matrimonio se trasladó primero a Reus y luego a Valencia, donde Juan Arolas, con su hermano Pablo, ingresó en las Escuelas Pías o Colegio Andresiano.

Influenciado por su educación Arolas ingresó en el Noviciado de las Escuelas Pías en el año 1819, en Peralta de la Sal. Pasó tres años de novicio escolapio y tomó profesión religiosa el 23 de agosto de 1821.

Una vez tomados los hábitos, el padre Arolas fue trasladado desde Peralta a Zaragoza, a cursar estudios de filosofía, que completó, ya en Valencia, con los de teología. Terminados sus estudios, Arolas pasó a ser profesor de sintaxis.

Si las Cartas amatorias, imitación de los poetas latinos, supusieron un pequeño asombro para muchos, incapaces de explicarse cómo Arolas conciliaba el amor mundano con el divino, la primera obra importante del escolapio La Sílfide del Acueducto (1837), fue un escándalo para todo el mundo. En la dedicatoria, románticamente literaria, Arolas no se inhibe de explicitar su amor por una amada muerta. Verdaderamente el argumento, los amores de un clérigo y una mujer en el ámbito de Porta Coeli, no era lo más edificante, ni siquiera para un momento de liberalismo exaltado como aquél.

La fama de Arolas, creciente desde la fundación del Diario Mercantil, se consolidó de forma definitiva, cuando publica su primera recopilación de Poesías caballerescas y orientales (1840) de la cual se hicieron no menos de veinte ediciones vendidas entre España y América.

Arolas es una de esas figuras de nuestro romanticismo cuya obra, popularísima en su tiempo, se recuerda apenas hoy. Su producción poética recogida en tres volúmenes titulados, Poesías religiosas, caballerescas, amatorias y orientales (1860), presenta, sin embargo, algunas cualidades dignas de imperecedero aprecio.

Los poemas religiosos de Arolas, los más numerosos, están muy lejos de representar lo más granado de su poesía. Son destacables, sin embargo, las composiciones tituladas “La creación”, “El juicio final” o “Himno religioso”. De muy otro mérito son sus composiciones caballerescas y, sobre todo, las orientales. Ambas se presentan bien en forma de pequeños poemas, cuya naturaleza participa de lo lírico y lo descriptivo, o bien, ofrecen una mayor extensión y desarrollo; las primeras son las más cuidadas poéticamente y las de un mayor interés literario (“Jida y Kaled”, “La sultana”, “El harén”). Es, con todo, en la poesía de corte amoroso en la que Arolas consigue sus mayores logros y en la que muestra una mayor significación romántica; el amor es para el poeta catalán origen de la felicidad, del desengaño, del dolor y, sobre todo, es el símbolo de la aspiración vehemente inalcanzable (“Plegaria”; “La cita”, “El encanto”, o, la más recordada de todas ellas, “A una bella”), y es en esta cuerda amorosa en la que Arolas alcanza esa nota personal que le ha distinguido entre sus contemporáneos.

Su famoso poema “Sé más feliz que yo” figura entre “Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana”, escogidas por Menéndez Pelayo, entre lo mejor de la literatura española antigua y moderna.

Arolas fue poeta de gran aptitud para el revestimiento exótico y consiguió poemas de una notable sensorialidad dionisíaca. Hoy nadie pone en duda su maestría en las composiciones de tipo oriental y en la poesía amorosa. Y como dijo el poeta: “El arpa sobre el césped olvidada / con el viento sus fibras conmovía, / y de su docto dueño enamorada / parece que lloraba su agonía”.

 


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