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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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FERNANDO ARRABAL: LA VOZ RENOVADORA DEL TEATRO EUROPEO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“En la España del cajero
poderoso Caballero
es Don Dinero.

Banca, yo al dólar me humillo
él es mi amante y mi amado
pues de puro enamorado
de continuo ardo verdillo
pues el cheque, dando brillo,
hace todo cuanto quiero.”
Fernando Arrabal


Arrabal es un polémico dramaturgo, poeta, novelista, director de cine, que ha escrito, publicado y estrenado sus obras en Francia en el largo exilio que inicia en 1958. Es, sin  duda, un escritor de copiosa producción y está catalogado internacionalmente como uno de los renovadores del teatro europeo. Su cuna estética hay que situarla en el “Postismo”  de los años 40 y  50 al que sobrepone la tradición española de Quevedo y Valle-Inclán. Su teatro evoluciona desde un esperpéntico “teatro del absurdo” hasta el llamado “teatro pánico”, que fundó en Paris, en 1961, con Roland Topor y Alejandro  Jodorowsky, basado en el “entusiasmo” del dios Pan. Autor de prestigio internacional, realiza un teatro vanguardista, continuación del surrealismo y del dadaísmo, con tendencia a la ceremonia y al teatro total. Arrabal piensa en el mundo como un absurdo despiadado y cruel contra el que intenta rebelarse con escenas y lenguaje provocadores, libres de prejuicios y sorprendentes.

 

La noche del 29 de enero de 1958, en que Dido –el teatro de cámara más valioso de aquellos años, dirigido por Josefina Sánchez Pedreño- estrenaba en función única de un autor novel,  Los hombres del triciclo, no sólo entraba en juego el destino inmediato de ese autor, sino también –hoy lo vemos con suficiente perspectiva- el destino inmediato de una parte de la escena española. Aquel estreno tiene, pues, una significación análoga a los de Historia de una escalera y Escuadra hacia la muerte. Varía el desenlace. La necesidad de incorporar entonces a nuestra escena el teatro de vanguardia, no sólo a través de traducciones, sino de textos dramáticos escritos en y desde la circunstancia española, no fue del todo comprendida por los sectores más alerta del teatro español y, lo que iba a ser más decisivo, fue violentamente rechazada por la crítica oficial, por la censura y por la anquilosada estructura de los escenarios comerciales. Pero si en aquellos años ambas tendencias, realismo y vanguardia, se hubieran podido afirmar plenamente en la escena profesional, su propia dialéctica habría sacado al teatro español de la crisis en que se encontraba desde 1939. No ocurrió así. El triciclo, lo que El  triciclo significaba como posibilidad renovadora, pasó inadvertido. Y aquel nuevo autor, Fernando Arrabal, se marchó a París, para escribir, estrenar y vivir allí definitivamente. Poco después de su  “mutis”, diría: “El héroe pánico es el desertor”. Arrabal es hoy el autor español más conocido y cotizado en la escena internacional, después de García Lorca.

 

Fernando Arrabal Terán nace en Melilla, el 11 de agosto de 1932. Su padre era oficial del ejército español. Aprende las primeras letras en Ciudad Rodrigo, provincia de Salamanca. Obtiene el premio nacional de “superdotado” a los diez años. Siendo un niño sufre la misteriosa desaparición de su padre, condenado a muerte y después fugado. Estudió Derecho en la Universidad de Madrid. 

 

El triciclo manifiesta algunas de las características de la primera época del autor, a través de dos mundos incomunicado, incomunicables y antagónicos: el de unos vagabundos y el del Hombre de los billetes, un Guardia y el Jefe de los Guardias. En Fando y Lis (1961, una de las mejores obras de Arrabal, se plantean dos temas estrechamente enlazados: las relaciones conflictivas hombre-mujer, a través de las figuras protagonistas, que dan título al drama y el mito del Laberinto. De no menor densidad poética, El cementerio de automóviles (1966, ed. en 1958), nos sitúa ya en su original espacio escénico –que el título indica-, ante una imagen irrisoria de la civilización burguesa. Pero la belleza, el valor hondamente poético del teatro de Arrabal se aprecia igualmente en las piezas en un acto  de esta primera época: en Picnic en campaña (1959) y en Guernica (1968), ambas de contenido antibelicista; en Oración (ed. 1958), en El laberinto (expresivamente subtitulada: “Homenaje a Kafka”, y estrenada, algo tardíamente, en 1967); en la Bicicleta de los condenados, etc. Pertenecen también a esta primera época Ceremonia para un negro asesinado y Orquestación teatral (1960). Y, sobre todo, Los dos verdugos (ed.1958), pieza en un acto, de la mayor significación respecto a la literatura de Arrabal, por aparecer aquí, con mucha nitidez ya, una de sus constantes temáticas: el mito de la Madre. Entre las obras de madurez de Arrabal citaremos: La coronación (1965), El gran ceremonial (1966), El arquitecto y el emperador de Asiria (1967), quizá la más lograda, con sólo dos personajes que encarnan, en un ritual sin principio ni fin, una serie de figuras diferentes y antinómicas, y cuya significación última es la de una honda reflexión acerca de la relación conflictiva con el otro;  La aurora roja y negra (1968), con el subtítulo “O Imaginación-Revolución”, donde Arrabal  incorpora una abierta crítica política, nueva en su teatro; El jardín de los delicias (1969); las dos piezas para un solo  espectáculo tituladas  Un torturado llamado Dostoievski, donde no aparece ningún personaje que sea Dostoievski, pero sí ciertos horrores presentido por él, aquí en la forma de una tortura radiactiva, y Bestialidad erótica (1969), donde el autor vulnera sistemáticamente el mundo de lo prohibido, el mundo de los “tabúes”, tanto en un plano herético como erótico; Bella Ciao (1972) y Oye, patria, mi aflicción (1975). Entre su obra narrativa señalamos: Baal Babilonia (1959), El entierro de la sardina (1961), Bestialidad erótica (1969), Una tortuga llamada Dostoievski (1969), La torre herida por el rayo (1983, Premio Nadal), Homenaje a la conjura de los necios de John Kennedy Toole (1985) y La Virgen roja (1987). De sus obras poéticas sobresale La piedra  de la locura (1963). Para el cine ha dirigido los filmes Viva la muerte (1971), Iré como un caballo loco (1973), El árbol de Guernica (1975)  y La odisea del Pacífico (1980). Como ensayista destacan sus libros Carta al general Franco en vida del dictador, Carta a José María Aznar (1994) y Carta al Rey de España (1995). En 1994 obtuvo el Premio Espasa Ensayo por el diario que escribió a lo largo de 1992 titulado La dudosa luz del día. En 1998 publicó su autobiografía Ceremonia para un teniente abandonado a partir de la trágica desaparición de su padre, ocurrida cuando él era muy pequeño.

 

Sus obras han merecido galardones como el Gran Premio de Teatro de la Academia Francesa, el premio de novela Nabokov, el Gran Premio de la  Societé des Gens de Lettres, el World’s Theater, el Gran Premio del Humor Negro. En 1987 le fue concedida la medalla de oro de Bellas Artes  y el 14 de julio de 2005 se le concedió la Légion d’honneur.

 

Dadas a conocer en los mejores escenarios del mundo, las obras de Arrabal desarrollan un lenguaje límite, barroco, escatológico, onírico, sin que de él esté ausente aquello que nos parece más íntimo y sustancial al arte del autor: la afirmación de valores como la libertad, la bondad y la inocencia.  Su teatro “pánico”, según lo define el propio dramaturgo (“pánico”, de Pan: el todo), constituye una aportación fundamental del teatro español de esta época; aunque se haya producido fuera de España, como tantas otras cosas verdaderamente fundamentales y verdaderamente españolas. Y es que, como nos dijo Arrabal: “Picasso, con razón, es el patrón cultural de España, como un Santiago bis”.


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