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ANGELA FIGUERA AYMERICH: LA VOZ DEL EXISTENCIALISMO SOLIDARIO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Ser mujer:
ser la madre que engendra y la hermana que escucha;
ser la novia que besa, ser el premio en la lucha,
ser mujer...
Ser la fuente de vida para el labio del niño,
para el labio del hombre
ser placer.”
Ángela Figuera


“Mi poesía de hoy -escribía Ángela Figuera- grita con el dolor de todos y denuncia con la rabia de todos. Y pretende también estar con todos los que saben su dolor y los que lo ignoran; los que buscan y los que caminan a ciegas. Y, si no puede salvarlos, al menos puede caminar con ellos. No me importa si mi poesía es, por lo circunstancial, por lo concreta e impura, perecedera. Si un solo hombre de mi tiempo se siente por ella comprendido y acompañado, consolado y estimulado ya no habrá sido todo inútil”.

 

Ángela Figuera, una de las poetas más sobresalientes de posguerra, destaca entre los escritores de su tiempo por su fuerte personalidad humana y por su gran talento lírico. Su poesía es expresión sincera de un corazón solidario que busca un diálogo hermanador con las personas más allegadas y con los seres humanos en general. En los versos de Ángela Figuera está muy presente el ser humano histórico con sus limitaciones y con sus aspiraciones. Igualmente se encuentra el hombre humanidad con sus irresolubles problemas de inmanencia y finalidad. Por eso, es posible afirmar que los dos grandes temas de la poesía de Ángela Figuera son el humanismo existencial y el humanismo histórico. Ambas tendencias pueden ser simplificadas en el epígrafe único del existencialismo solidario. A su vez, este existencialismo solidario está sentido y tratado desde las fibras emocionales más íntimas de una mujer esencialmente emotiva, lo que confiere a toda su poesía un aire de inconfundible feminismo.

 

La creación lírica de Ángela Figuera se caracteriza por su lirismo y su intensidad. Con un lenguaje sencillo y llano, con unas construcciones sintácticas directas y nada rebuscadas, es capaz de levantar un edificio poético de indiscutible validez lírica.

 

Ángela Figuera Aymerich nace en Bilbao, el 30 de octubre de 1902. Realiza sus primeros estudios en un colegio de monjas francesas, el Sacre Coeur. Posteriormente se traslada al Instituto, siendo una de las primeras muchachas que realiza estudios de Bachillerato. Frente a la opinión de su padre, realizó la carrera de Filosofía y Letras, en el mismo Bilbao, debiéndose examinar en Valladolid. A la muerte de su padre se traslada a Madrid para realizar el último año de carrera. Entra a trabajar en una empresa italiana de importación de aceros especiales. En 1930 toda su familia se traslada a Madrid, donde consideran que van a tener más posibilidad de trabajo. El recuerdo de Bilbao permanecerá en la escritora, que muchos años más tarde en 1950, comentará a Blas de Otero: “¡Tengo yo unas ganas de volver por mi Bilbao, mi Bochito, que dejé hace la friolera de 20 años...! Espero que será algún día”. En 1932 se traslada al Instituto de Huelva, como profesora de Lengua y Literatura Española. Dos años más tarde se casa en la ciudad andaluza con su primo Julio Figuera. Estando en Madrid, le sorprende la sublevación militar contra la República. Su marido decide alistarse en un batallón de milicianos. El 30 de diciembre de 1936 ingresa en la Maternidad donde nace Juan Ramón, el que será su único hijo, “con salvas, como los reyes”, diría irónicamente más tarde, en referencia a los bombardeos producidos durante el parto. En febrero de 1937, Ángela Figuera y su familia son evacuados a Valencia, y poco después, ella es destinada al Instituto de Alcoy. Las dificultades del periodo de posguerra marcarían su impronta y su quehacer poético. Su primera obra publicada Mujer de barro, recoge a la perfección el ambiente. A partir de 1952 trabaja en la Biblioteca Nacional, donde realiza una importante labor en los denominados “bibliobuses”, servicio que trataba de llevar la literatura y los hábitos de lectura a los barrios marginales y periféricos de Madrid. En 1961 consigue reunirse con su esposo en Avilés, donde Julio Figuera trabajaba como ingeniero de la empresa Ensidesa. En 1966, visita la Unión Soviética, y en 1969, México. En 1971, jubilado su esposo, el matrimonio se traslada de nuevo a Madrid en donde llevarán una vida apacible, al margen de toda actividad pública. Tras una larga convalecencia, Ángela Figuera Aymerich muere en Madrid, el 2 de abril de 1984.

 

Ángela Figuera se inició en la poesía dentro de una línea que la crítica calificó de “machadiana” por su apego a lo cotidiano y paisajístico, así como al mundo femenino, aspecto en el que cabe buscar la auténtica originalidad de esta escritora que lleva a su quehacer poético el mundo de la esposa y madre de familia que era, bien que alejándose de tópicos e idealizaciones. Sus dos primeros libros se incluyen en esta etapa y son Mujer de barro (1948) y Soria pura (1949). La fecha de publicación nos muestra a una escritora ya en su madurez vital (cuarenta y seis años tenía al publicar su primer libro). Posteriormente, el contacto con el poeta Gabriel Celaya lleva a Ángela Figuera al mundo de la poesía social, en la que se inscribirá el resto de su obra desde Las cosas como son (1950), pasando por títulos como Vencida por el ángel (1951), El grito inútil (1952), Los días duros (1953), Belleza cruel (1958), Primera Antología (1961) y Toco la tierra (1962). Su último libro, Canciones para todo el año, aparecerá póstumo en México, pocas semanas después de su fallecimiento. Dos años después de su muerte se publicaron sus Obras completas.

 

Belleza cruel mereció un prólogo de León Felipe, mérito digno de ser señalado, dado que el poeta zamorano se había negado hasta ese momento a reconocer nada de lo que pudiera realizarse en el campo literario (ni en ningún otro) en la dictadura franquista. La frase “tampoco nos llevamos el canto”, con la que el poeta exiliado saludó a la poesía de Figuera muestra junto con la admiración su dolor por la patria perdida. Juan Ramón Jiménez sobre Soria pura escribió: “Ando por los versos de usted como por un campo de árboles, aguas, arenas, animales, matas, vientos, alguna persona natural. Y me encuentro en ese campo a gusto. Esta es mi crítica”.

 

“Crear belleza pura -decía Ángela Figuera-, inútil, y cruel en su exclusividad, ya no es bastante. Hay que hacer algo más con la poesía, que es mi herramienta, como cualquier hombre tiene que hacerlo con la herramienta de que disponga y pueda manejar, para salvarnos y ayudarnos unos a otros”. Su voz  sigue estando con todos los que saben su dolor y gritando con el dolor de todos: “Donde veas / que un muro con trabajo se levanta / para quitar al hombre frío y miedo / acércate y coloca unos ladrillos / calientes con el roce de tus manos”.

 


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