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EL MITO Y LA UTOPÍA DE AZAÑA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Seamos dignos de nuestra historia”.
Manuel Azaña

 

Pocos hombres públicos en la historia política de cualquier país han sido tan zaheridos y vituperados como Manuel Azaña en el nuestro. Si tuviésemos que juzgarle por las inculpaciones que algunos le han hecho, como obedeciendo a una consigna, tendríamos que pensar que todos los males y errores de nuestro país, tienen un único responsable.

Pero Manuel Azaña nació a la gobernación pública el 14 de abril de 1931, como ministro de la guerra. Meses después pasa a la presidencia del Consejo de Ministros, hasta septiembre de 1933. Aunque hubiese sido Atila ¿se concibe que en tan poco tiempo hubiera consumado los desastres que se le atribuyen a él solo? Nadie lo piensa ni puede pensarlo ¿Por qué entonces esta aversión reiterada, este encono exacerbado y esa persecución incesante? ¿En qué zonas del espíritu humano se esconde tanto odio o fingido desdén contra un hombre, que si de algo pecó, si eso es pecar, fue de excesivo candor, es decir de extremada pureza de intenciones?

En efecto, Azaña es un mito demoníaco. Sólo en un pueblo donde una parte de su conciencia social ha sido tan deformada por veinte siglos de supercherías, se concibe que el terror y, al mismo tiempo, la furia de las clases derrocadas por el 14 de abril de 1931 hayan hecho de este hombre un símbolo demoníaco, el brazo destructor de sus privilegios. Hecho curioso, el político en quien se incorporaba esa perversidad diabólica no era un Francisco Largo Caballero u otro socialista cualquiera, sino Manuel Azaña, un republicano liberal, un partidario del régimen de la propiedad privada, un exponente de los intereses de la pequeña burguesía.

Y sólo en un país de la tradición inquisitoria que tiene España, donde a los poseídos del demonio se les salvaba quemándolos en la hoguera, se comprende que las clases privilegiadas hayan perseguido a Azaña con el encono que han venido haciéndolo, hasta encarcelarle por los sucesos de octubre de 1934.

Esta campaña persecutoria contra un hombre elevado a mito demoníaco por las clases privilegiadas ha producido esta reacción afectiva que se manifiesta en los mítines, esta adhesión sentimental de las masas populares por el perseguido. Por una ley de compensaciones, el mito demoníaco de los unos se transforma en ídolo para los otros.

Leyendo sus discursos y pudiendo estar o no de acuerdo con todas las ideas del orador, en un punto nos cautiva por completo: en la sugestión estética de su lenguaje. Azaña es un orador que habla como si estuviera escribiendo. No han existido muchos políticos capaces de reunir espontáneamente a casi medio millón de personas para oírle. Con ser un orador de primer orden, no hay que pensar que lo que atraía a esos cientos de miles de oyentes es el hechizo de su elocuencia, generalmente demasiado desnuda y literaria; ni lo que solía prometer, que en eso Azaña es más avaro que pródigo; ni siquiera su ideología liberal, que nunca contó con tantos seguidores.

Para Azaña el estado no es un montón de blanda arcilla que se puede modelar a capricho, ni un botín, ni un escenario, ni un cortijo para amigos y compadres. “Se sirve al estado –dice Azaña- sin derechos o recompensas alguna, sin más satisfacción que la interior de haber cumplido con el deber”. Y además añade: “La mayor desdicha de un gobernante o de un hombre público que quiere hacer algo útil en su país son sus amigos”,

Azaña sólo promete abnegaciones, sacrificios y el placer de trabajar oscuramente. Un hombre así, apela nada más que a la conciencia del deber en servicio de una idea o un sueño nacional, sin otros medios materiales que la voluntad y la pasión de la justicia, como don Quijote, pero más desvalido aún que él, “yo ni siquiera tengo celada de cartón ni caballo; pero ésa es nuestra locura, ésa nuestra vocación y ése es nuestro propósito”:

La mayoría de los que acudían en grandes masas a los mítines de Azaña, mito demoníaco creado por el rencor y la impotencia de algunos, no ven en él, sino la negación y la protesta contra todo lo que pululaba en este país nuestro y de la picaresca: la austeridad frente a la corrupción; la inteligencia cultivada, frente al cretinismo indocto y a la petulancia audaz; la entereza de carácter, frente a la doblez y la infidencia; el espíritu público, frente a la rebatiña secreta; pero sobre todo eso ven al hombre cuya misión es realizar, al menos en parte, la transformación social de nuestro país. “Dentro de la Constitución hemos de movernos todos; pero el ambiente moral y la capacidad de soñar y el empuje resolutivo de las cuestiones pendientes en España ¡ah!, eso no tiene horizontes ni límites, ni se le puede poner barreras”.

Esa fue, su noble y bella utopía. Azaña soñaba con realizar poco a poco la transformación de nuestro país por medio de la Constitución. No hay esperanza sin sueño; ni sueños sin esperanza. El esperaba que la sociedad española fuese cada día más moderna y ese fue el motivo capital para que fuera aborrecido por los sectores autoritarios, rígidos y estereotípicamente antiguos. Y como dijo el poeta: “Historia / es hacer memoria”.

 


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