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  Guías culturales

RAFAEL MARIA BARALT: LA PRIMERA VOZ AMERICANA EN LA ACADEMIA DE LA LENGUA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Que si la tierra va a su carro uncida,
como esclavo sin alma,
de libertad la palma
quiero en mis manos mantener asida.”
Rafael María Baralt

 

El nombre de Baralt, para la mayoría, viene ligado a la memoria de su famoso Diccionario de galicismos, que se sigue reeditando, porque junto a conceptos ya fatigados contiene mucha lección vivaz de un buen decir castellano.

 

Pero la personalidad de Rafael María Baralt trasciende a su saber filológico, exaltado por Andrés Bello y por Milá y Fontanals. Nieto de un marino catalán oriundo de Arenys de Mar, Baralt había nacido en Maracaibo de Venezuela el 3 de julio de 1810. Recibió educación humanística en su ciudad nativa y en Bogotá; militó en el ejército de su país, alcanzando el grado de capitán y se inició en la vida literaria venezolana en el periodismo. A los treinta años, Baralt dio cima a su asombrosa Historia de Venezuela, en tres volúmenes, que imprimió en París (1841), acaso el gran libro “clásico” de la literatura hispanoamericana. Marco Fidel Suárez apunta: “El que sienta deseos de escribir bien, lea esa Historia. ¡Qué sencillez, qué idioma tan casto, qué elegancia, qué claridad, qué primor!”

 

Fue precisamente su personalidad de historiador la que calificó a Baralt para ser enviado a España, con objeto de estudiar en los archivos españoles los derechos de Venezuela en la espinosa cuestión de límites con la Guayana británica. Esta circunstancia le avecindó en Sevilla primero y en Madrid después, carrera fulgurante que le llevó en pocos años, al primer plano de la vida intelectual y política de España y le convirtió en el primer escritor de América que alcanzó el honor de ser elegido miembro de número de la Real Academia Española, así como el de ser director de la Imprenta Nacional y poeta laureado en certámenes resonantes. En 1849 obtuvo el primer premio del Liceo de Madrid por su oda a Cristóbal Colón. España lo condecoró como Comendador de la Real Orden de Carlos III.

 

Para esta época, Rafael María Baralt es nombrado ministro plenipotenciario por la República Dominicana para lograr el reconocimiento de esta isla como nación independiente por parte de España. Por circunstancias política España lo desconoce como embajador, lo priva de sus cargos públicos y lo enjuicia en 1857.

 

El secreto de esta carrera está en su robusta mente pensadora y en la amplitud de sus horizontes, tales como se evidencian en su discurso académico de ingreso que, a juicio de Menéndez Pelayo: “no cede a ningún otro entre los muchos, algunos excelentes que en aquella ocasión y en acto análogo se han pronunciado”.

 

Sucedía Baralt en su sillón académico a Donoso Cortés. Y acredita su vigor mental el hecho de que lejos de comentar formulariamente el recuerdo debido a su antecesor, en la plenitud de su meteórico prestigio, dedicó la totalidad de su disertación a un análisis impetuoso del pensamiento donosiano, atacándolo precisamente desde un punto de vista católico. Rafael María Maralt murió en Madrid el 4 de enero de 1860.

 

En el campo puramente literario, aparte del Diccionario de galicismos mencionado y el Proyecto de Diccionario matriz, agrupado por raíces semánticas, que asombró y le abrió las puertas de la Academia, debemos a Baralt una producción poética que, si se estudia dentro de los supuestos retóricos en que se mueve, formando parte de la reacción formalista que sucedió al desbordado romanticismo esproncediano, suscita la mejor consideración por parte de un lector de hoy. Y como dijo nuestro poeta: “Vuelve Teresa a do empezó tu vida / o pagando el amor que me inspiraste / dame una patria en el hispano suelo”.


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