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PIO BAROJA: LA VOZ DE UN GRAN NOVELISTA DE ACCION

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Todos los animales, y el hombre no es más que
uno de ellos, se encuentran en un estado permanente
de lucha... En la vida hay que luchar siempre...”
Pío Baroja

 

Novelista de una pieza, Baroja es el gran novelista de la generación del 98. Y un novelista además de raza, entroncado con el propio Cervantes a través del nexo cercano de Galdós. Desde su temprana juventud hasta bien adentrado en la vejez, Baroja escribió infatigablemente tras haber abandonado casi sin estrenar, su recién acabada carrera médica. Trabajó como ningún otro escritor de su tiempo... y del nuestro. Autor de más de sesenta novelas, aparte los cuentos o narraciones breves, algunos tomos de ensayo, uno de versos y sus voluminosas memorias. Sólo a Galdós es posible compararle en este aspecto. Y como dijo de él, su buen amigo Azorín: “La exactitud y la precisión son las cualidades dominantes de este escritor”.

Hay que ser hombre de acción. El no lo es, pero lo son los héroes de sus novelas. La acción que Baroja propugna, la acción que admira en sus personajes, es lucha, lucha con el medio, con las instituciones, con los hombres que las representan. El hombre de acción no es un hombre de negocios – “ese no hace nada”-. El hombre de acción es un aventurero. La acción, para Baroja, la verdadera acción, es la aventura.

Para Baroja, como para Rousseau, cultura y natura se presentan como dos enemigos irreconciliables. La civilización está en contra de la naturaleza del hombre; lo anula, lo destruye. El hombre perece víctima de la civilización que él mismo engendró.

Pío Baroja Nessi –don Pío como le llamaban sus amigos –nació en San Sebastián, el día de los Inocentes, de 1872. Se autodefinía como “un hombre libre y puro que no quiere servir a nadie ni pedir nada a nadie”. Es en efecto un hombre sincero.

Su padre ingeniero de caminos, canales y puertos, era un hombre inteligente, dinámico y alegre. Su madre, guipuzcoana también, era un mujer llena de gracia e ironía. Sin embargo, Don Pío vino al mundo con una visión pesimista de la vida. Es el prototipo de esos hombres que viven soñando con un ideal de vida que es precisamente el contrario del que ellos pueden realizar. Para Pío Baroja, que no se mueve de su casa más que para caminar una hora lentamente por la calle, el ideal de vida es la acción.

Don Pío era médico y en su introducción a Vidas sombrías nos dice que ejerciendo su profesión en el balneario de Cestona, compró un cuaderno para poner la lista de las igualas, y, como le sobraban muchas hojas, escribió en ellas sus primeros cuentos. Aunque dejó el ejercicio de la medicina, Baroja sigue viendo a sus personajes con una visión de naturalista, con ojos clínicos, escépticos, fríos.

Después de la guerra civil, Baroja marcha a Francia. Se instala en el Colegio de España, en París. Solicita entrar de nuevo en España, y después de unos meses de residir en Vera, se vuelve de nuevo a París. Pío Baroja muere en Madrid el 30 de octubre de 1956.

La agrupación de las novelas barojianas en trilogías adoptada por el propio autor no deja de ser arbitraria, ya que algunas de ellas reúne obras que nada o muy poco tenían que ver entre sí.

De la trilogía Tierra vasca deben destacarse dos importantes novelas de Baroja: El mayorazgo de Labraz (1903) y Zalacaín el aventurero (1909), que supone uno de los mayores aciertos del novelista vasco. De La vida fantástica, una novela muy barojiana es Aventura, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901) , novela sumamente divertida cuyos extravagantes personajes la convierten en una jovial mascarada. Sin ningún contacto con la anterior, otra novela de la trilogía, Camino de perfección (1902), debe considerarse como una de las mejores y más trascendentales del autor. De todas las trilogías barojianas La lucha por la vida es la más unitaria, la única en que un mismo personaje discurre por todas sus novelas, La busca (1904), Mala hierba (1904) y Aurora roja (1905). De la trilogía El pasado, la primera novela, La feria de los discretos (1905), es totalmente independiente de las otras dos: Los últimos románticos (1906) y Las tragedias grotescas (1907). Al igual que la anterior, la trilogía La raza contiene dos novelas ligadas por un mismo nudo argumental – La dama errante (1908) y la ciudad de la niebla (1906)- y una tercera independiente, El árbol de la ciencia (1911). En esta última novela de la trilogía nos hallamos ante una de las más importantes novelas barojianas, no tanto por sus valores estéticos como por los ideológicos y por resumir de una modo muy completo los problemas de la vida que embargaban a los hombres del 98. A la trilogía Las ciudades corresponden dos de las novelas de más alto nivel creador de Baroja: César o nada (1910) y El mundo es ansí (1912). La trilogía El mar, desdoblada en su última obra en dos títulos, por lo que se compone en realidad de cuatro volúmenes hace de Baroja uno de nuestros pocos novelistas marineros. La primera novela de la serie, Las inquietudes de Shanti Andía (1911), corresponde a la gran época creadora del narrador.

De las trilogías restantes – Agonías de nuestro tiempo, La selva oscura, Los visionarios y La juventud perdida- poco hay que pueda parangonarse con los grandes aciertos del novelista vasco.

En 1913 aparecieron los primeros títulos de la supuesta autobiografía de Eugenio Aviraneta, Memorias de un hombre de acción que ocupan 22 volúmenes y que constituyen un abigarrado retablo histórico de nuestro siglo XX. Sería justa una revalorización de la novela histórica de Baroja, con su impresionismo, su gusto por la acción y su decidido fondo liberal.

Baroja ha sido y sigue siendo uno delos primeros novelistas de la época contemporánea. En su obra hay una gran emoción, una gran ternura que presta a sus figuras extraordinarias belleza. Don Pío es un escritor de inspiración popular que no adula a las masas. Su simpatía está con los que sufren, con los débiles, con los desamparados. Hay que luchar; pero ¿por qué y para qué? Sus protagonistas no lo saben, porque no tienen un ideal claro. Son enfermos, están heridos por la sociedad y por la vida, y luchan para dejar de luchar. No en vano, dijo nuestro novelista: “La vida es esto: crueldad, ingratitud, inconsciencia, desdén de la fuerza por la debilidad, y así son los hombres y las mujeres, y así somos todos”.

 


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