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FERNAN CABALLERO: LA CREADORA DE LA NOVELA MODERNA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Si yo fuese la Reina, mandaría escribir una novela de costumbres
en cada provincia, sin dejar nada por referir y analizar.”
Fernán Caballero

 

Fernán Caballero inicia con gran decoro la novela realista moderna, que a tan alto rango habrán de llevar, entre otros, Galdós, Pereda, Clarín, la Pardo Bazán, Alarcón y Valera. Esta circunstancia explica los elogios que le tributó la crítica de su tiempo y el éxito alcanzado por sus obras.

 

Cecilia Bölh de Faber nació en Morges (Suiza), el 24 de diciembre de 1796. Su madre, doña Frasquita Larrea, era gaditana; su padre, Juan Nicolás Böhl de Faber, cónsul de Alemania en Cádiz, habíase identificado a tal punto con España y las letras españolas, que publicó varias obras de crítica sobre nuestro teatro antiguo, así como una Floresta de rimas castellanas. Cecilia, pasó su infancia, y parte de su adolescencia, en Hamburgo, junto a su familia paterna. Al regresar a España, asistió en Cádiz, junto a su familia a la tertulia de su madre, foco de política absolutista. A los dieciséis años casó con Antonio Planells, oficial de artillería, con el cual fue harto desgraciada. Viuda a los veintidós años, casó en segundas nupcias, en 1822, con el marqués de Arco Hermoso, con quien se estableció en Sevilla. Enviudó de nuevo en 1835, quedando al poco casi en la miseria. Se volvió a casar con Antonio Aroon de Ayala, que se suicidó en 1863 al verse arruinado. Y entonces fue cuando Cecilia resignóse a vivir de su pluma, y a publicar, con el seudónimo de Fernán Caballero, las obras que tenía cuidadosamente ocultas desde hace muchos años.

 

Muy pronto adquirió celebridad y prestigio. Los más altos personajes enorgullecíanse con su amistad, visitándola en su propia casa Isabel II, los emperadores del Brasil, y los duques de Montpensier, que la trataban como a persona de su mayor confianza. Murió en Sevilla, el 7 de abril de 1877. Como dato curioso debe anotarse que el Gobierno belga le concedió la Cruz de la Orden de Leopoldo, concesión que hubo de quedar sin efecto al enterarse aquel Gobierno de que Fernán Caballero era una mujer.

 

Su producción literaria se manifiesta en tres géneros: poesía, cuento y novela. Las poesías, de tipo popular, y los cuentos fueron recogidos en Cuadros de costumbres populares andaluzas (1852); las novelas tienen por título: La Gaviota, La familia de Alvareda, Clemencia, Un servilón y un liberalito y Un verano en Bornos.

 

Ideológicamente, todas sus novelas se resuelven en una apología a la virtud y una condena del vicio en cualquiera de sus formas, incluido el progreso cuando se desarrolla sin menoscabo del espíritu.

 

Con Fernán Caballero podemos decir que empieza la novela española moderna. Con La Gaviota, con La familia de Alvareda y Clemencia se abre el paso a esa novela de la segunda mitad del siglo XIX, hecha a base de caracteres, de costumbres y ambientes propios y actuales, sin tener que recurrir a reconstrucciones del pretérito o a exóticos escenarios. Fernán Caballero se inspira en la realidad. “Como no aspiramos -escribe en el prólogo de La familia de Alvareda- a causar efectos, sino a pintar las cosas del pueblo tales cuales son; no hemos querido separarnos ni un ápice de la naturalidad de la verdad”. A esta naturalidad lo sacrifica todo, incluso si hace falta, las bellezas del lenguaje. A esta naturalidad y al intento moralizador, que nunca disimuló la ilustre escritora. Quiere, y así lo dice, que cada obra suya, novela o cuento, sea una lección edificante.

 

Esta obsesión didáctica no le impedía ser encantadoramente sencilla, natural y espontánea. Sí es cierto que la narración se hace a veces demasiado dulzona -”arroz con leche”, la definió Valera-, y sí no es menos cierto que el estilo peca con frecuencia de desmañado y poco castizo, no se le puede negar, en cambio, una frescura de inspiración, una sensibilidad y un poder observador realmente asombroso.

 

Fernán Caballero no fue una estilista, mucho menos una purista; pero fue una escritora que gustó mucho en su tiempo y que todavía se deja leer. De su corazón brotaba una fuente de poesía. “Ha dedicado muchos años de su vida -escribía José Joaquín de Mora- al estudio del temple moral y poético de las gentes”. Las narraciones y los cantos populares recogidos por Cecilia Bölh de Faber presentan un tono natural y espontáneo que no puede menos de suscitar un sentimiento de admiración. Como ejemplo, nos puede valer esta  composición: “Desde el día que nacemos / a la muerte caminamos. / No hay cosa que más se olvide / ni que más cierta tengamos”.



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