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JOSE CADALSO: LA VOZ DE UN GADITANO ILUSTRADO

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Muerta Filis, el orbe nada espera
sino niebla espantosa, noche helada,
sombras y susto como el pecho mío.”
José Cadalso

 

“Es Cadalso –escribía Azorìn- uno de los más simpáticos ingenios del siglo XVIII, resúmese en su obra –acaso mejor que en otra alguna- todo el espíritu de aquélla época”.

José Cadalso y Vázquez nace en Cádiz el 8 de octubre de 1741. Huérfano muy pronto de madre. La niñez de Cadalso transcurre bajo la tutela y la dirección de la familia materna, en especial de su abuelo y de su tío José Vázquez, sacerdote jesuita y hombre de letras.

En torno a 1750, su padre regresa de una prolongada estancia en América. Comienza entonces, en compañía del hijo, una serie de viajes de negocios por Europa. Cadalso estudia en el colegio parisino de Louis-Le-Grand, regentado por la Compañía de Jesús.

A su vuelta del extranjero, Cadalso completa su formación, en el Real Seminario de Nobles de Madrid. En 1760, Cadalso inicia un segundo viaje por Europa planeado al parecer con fines educativos, pues realizó estudios de Derecho y Política. Adquirió una sólida formación cultural y un conocimiento directo y vivo del espíritu de la Ilustración. Gran lector de los clásicos, conocía el latín, el francés, el inglés y el italiano. En 1762 ingresa como cadete en el regimiento de Caballería de Borbón y es nombrado capitán en 1764. Hasta 1776 no obtuvo el grado de Comandante y solo en 1782, un mes antes de su muerte, obtiene al fin el ascenso a coronel. Algunas damas de la aristocracia le obsequiaron con un trato de favor. Asistía asiduamente a las tertulias que la condesa-duquesa de Benavente mantenía en su palacio.

Con gran escándalo de la nobleza circuló por Madrid un libelo titulado Calendario manual y Guía de forasteros en Chipre, donde se hacía una descripción de las costumbres amorosas típicas de la sociedad dieciochesca. El público, confiesa el propio Cadalso, “me hizo el honor de atribuírmelo diciendo que era muy chistoso”. Como consecuencia de ello, tuvo que salir desterrado de Madrid a Zaragoza, “empeñado, pobre y enfermizo”, al finalizar el mes de octubre de 1768.

Pasado los seis meses de destierro, regresa Cadalso a Madrid. Donde conoce a una de las más notables actrices de la época, María Ignacia Ibáñez, la “Filis” de sus poesías. Ella había estado en la corte desde 1768, cuando la trajeron a Cádiz para ser sobresalienta en la compañía de María Hidalgo. Sus amores con la actriz han dado lugar a toda una leyenda de marcado sabor romántico. Lo indiscutiblemente cierto es la sinceridad de ese amor y su breve duración, por la muerte inesperada de María Ignacia, de tifus, a los veinticinco años, en abril de 1771, como son incuestionables las críticas de la sociedad cortesana, escandalizada porque él era un militar y por añadidura de la Orden de Santiago, mientras que ella era una “famosa cómica”, como dice el propio Cadalso, “la mujer de mayor talento que yo he conocido y que tuvo la extravagancia de enamorarse de mí cuando yo me hallaba desnudo, pobre y desgraciado”. Fue un amor de unos meses tan sólo, que hizo al poeta recuperar su fe en valores humanos de los que habitualmente dudaba. No puede extrañar la grave enfermedad que le aquejó y la soledad en que se sintió vivir; no es necesario hacer literatura para interpretar su dolor y desesperación. Se comprende que ello le haya llevado al desahogo literario de Noches lúgubres.

Es evidente que la leyenda de un Cadalso desenterrador del cadáver de su amada y el destierro consiguiente ha nacido de la obra en sí, o sea, de la literatura. Pero es incuestionable que a su vez esa literatura ha arrancado del dolor personal derivado de una situación real y vivida: el amor por María Ignacia, la fidelidad que ella demostró hacia el arruinado militar, la perturbación de éste y su grave enfermedad como consecuencia de su prematura muerte.

Entre 1770 y 1774, Cadalso publica, entre otras obras, Solaya o los circasianos, drama en el que la censura exigió grandes modificaciones, el drama Don Sancho García, estrenado sin éxito por la propia María Ignacia, Noches lúgubres y Los e ruditos a la violeta, cuya primera edición se agotó en pocos días. Ante el éxito conseguido, el autor publicó en el mismo año, 1772, El buen militar a la violeta, que vería la luz póstumamente.

Marcha a Salamanca donde conoce a Meléndez Valdés y otros escritores. En 1773 publica Ocio de mi juventud, libro poético que muestra una afinidad con Garcilaso, y un concepto de la poesía que el escritor gaditano contagia a sus amigos salmantinos. Entre todos ellos se da un sentido roussoniano de la amistad “la pasión más noble del hombre”.

Tras una corta estancia en Madrid (1774), Cadalso debe seguir a su regimiento, por tierras extremeñas y andaluzas. Destinado por propia voluntad a la Marina, en 1779, es destinado al frente de Gibraltar, donde muere el 27 de febrero de 1782.

La obra cumbre de Cadalso es una colección de 90 cartas, Cartas marruecas, que fueron publicadas en 1789, siete años después de su muerte. “Los políticos –escribía Cadalso- son unos hombres que no sueñan noche y día sino en hacer fortuna por cuantos medios se ofrezcan”. Y añade: “Con el mimo tono dicen la verdad y la mentira. Sólo una cosa les falta. ¿Cuál es la cosa que les falta? No les falta más que entendimiento”. Es sorprendente la extraordinaria modernidad de la crítica social del ilustre escritor gaditano.

A pesar de su cultura, de su exquisita sensibilidad y de su extraordinario sentido crítico y de la lucidez con que supo ver los problemas de España, Cadalso vio frustradas muchas de sus esperanzas, entre ellas las del amor. Al final de su vida la nota dominante de su personalidad no es tanto el estoicismo como el escepticismo que nos recuerda a Larra. Cadalso siempre se mantuvo fiel a su lema: “Pero jamás con versos inhumanos / héroes he de llamar a los tiranos”.

 


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