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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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CANDIDO MARIA TRIGUEROS: LA VOZ DEL POETA FILOSOFO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Deseos y placeres, que os hacen desdichados,
os harán venturosos, si fuereis moderados.
Lo mejor es en todo un buen medio juicioso:
todo lo que es exceso, es siempre pernicioso.”
Cándido María Trigueros

 

Cándido María Trigueros es el iniciador en España del nuevo género de poesía filosófica. En 1774 publica, con el seudónimo El poeta filósofo los primeros cantos de lo que el mismo llamará sus Poesías filosóficas. Al frente de la obra reconoce ya que “este género de poesía es nuevo” por lo que tendrá que romper la costra de una opinión común ampliamente compartida entonces. “¿Parecerá bien –se pregunta- en esta República este género de poesía? Yo sólo puedo decir que fuera de España se llama sublime y se aprecia como tal: y que en nuestra misma Patria hay muchos admiradores de las obras que los extranjeros han escrito en este rumbo. Sé muy bien cuán lejos estoy de los altos vuelos con que se elevaron los Popes y sus semejantes, pero a lo menos abro el camino: otros con mayor genio serán más perfectos”.

La obra tuvo quizá más éxito del que el autor esperaba, pues se publicaron tres ediciones, a pesar de lo cual quedó incompleta. No se libró de la condena de los eclesiásticos sevillanos, que le acusaron de autor herético.

Cándido María Trigueros nació en Orgaz, provincia de Toledo, el 4 de septiembre de 1736 y murió en Madrid el 20 de mayo de 1798. Vivió los años más intensos de la Ilustración española, consiguiendo la protección de algunos de sus representantes; primero, fue protegido por Campomanes, pero siendo, sacerdote, se vinculó al Cardenal Solís, quien le llevó consigo a Córdoba y Sevilla, concediéndole un beneficio eclesiástico en Carmona. En esta villa residió los años de su madurez, con frecuentes escapadas a Sevilla, donde participó activamente en la tertulia de Pablo de Olavide. A partir de 1784 se le abrieron las puertas de la Corte, logrando que se le nombrase Bibliotecario de los Reales Estudios de Madrid, en cuyo cargo permaneció hasta el día de su muerte.

Trigueros es el prototipo de hombre ilustrado. Fue amigo de los grandes hombres del momento, desde Mayans a Jovellanos, fue miembro activo de Academias y Sociedades Económicas; predicó con el ejemplo la adhesión teórica a unos principios renovadores. Estudió lingüística, siendo un gran conocedor de los idiomas latín, griego, hebreo, francés e italiano, y en este aspecto son particularmente interesantes sus aportaciones filológicas; era también un estudioso de las matemáticas, la botánica, la epigrafía, la historia, la numismática y la toponimia. Su actividad era portentosa y sus aficiones intelectuales múltiples y de enorme amplitud. El catálogo de sus obras –muchas de ellas manuscritas- es impresionante, y está pidiendo a gritos una investigación serena y exhaustiva, que sólo será posible en su plenitud por la aplicación de su obra de muchos estudiosos, dada la variedad de la misma.

En lo que concierne a su contribución a la Ilustración, el aspecto fundamental de Trigueros es su obra teatral que comprende más de veinte piezas. Entre los títulos más relevantes se cuentan: Guzmán el Bueno, Las bacanales, Juan de buen alma. La muerte de Abel, La furias de Orlando, La hija sobrina, El mísero y el pedante, Los ilustres Salteadores, Los menestrales, La buscona y La melindrosa.

En algunos lugares de su obra poética defiende claramente el evolucionismo materialista. En lo que se refiere a sus ideas morales y sociales destaca el repudio que hace de la ociosidad del hombre rico, y sobre todo, del noble, “que no sirve para nada”, dice, y aún añade acusatoriamente. “Porque no se degrade tan sublime excelencia, / renuncian a las Artes, renuncian a la Ciencia / y a los plebeyos deja, eternamente ociosos, / al bajo y vil empleo de siervos provechosos”.

Trigueros aparece ahí como un precursor de la crítica social, que luego continuará Jovellanos, y que se extiende a todos los poderosos moralmente corrompidos, tolerados indulgentemente por la sociedad, mientras se castigan sin piedad los delitos de un bandido pobre. En ello basa su indignación que expresa así: “Si en un rincón del bosque se hace un bandido fuerte / y roba con que coma , es digno de la muerte; / más de primera clase los excelsos ladrones / son objeto digno de mil adoraciones”.

 


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