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EL CANTO DEL HAMBRE

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
me amamantaba-“
Miguel Hernández

En pleno esplendor imperial, en el año de gracia de 1554, cuando todavía reina Carlos I, se publica un breve libro anónimo La vida del Lazarillo de Tormes, que suele considerarse, justamente, como una verdadera joya, obra de arte singularísima de nuestra mejor literatura. Con lengua de llama parece estar escrito este singular y único libro que se limita a referir la existencia difícil, lindante en la miseria, de un niño humilde. ¿Qué le pasa al protagonista? Sencillamente que quiere trabajar. Lo hace primero con un ciego, que le mata de hambre. Luego con un clérigo, que le regatea el pan. Después, con un hidalgo: limpio de sangre, altivo, orgulloso, sin dinero para mantener su rango y sin poder trabajar para no perderlo. El hidalgo pasa tanta hambre como el niño Lázaro, apiadado de él, busca robar pan y comida...

El libro del Lazarillo es un espejo que refleja la circunstancia social del siglo XVI en España; la falta de pan en un país imperial. El niño Lázaro va a demostrarnos que hace falta tanto valor e ingenio para comer a diario en nuestro país como para conquistar un país.

Por toda la exuberante y superabundante novelística española llamada picaresca vale esta brevísima estampa del Lazarillo. En ella aprendemos de raíz, la esencia, la sustancia de aquella concepción y sentimiento de la vida de la que otros grandes maestros literarios (Mateo Alemán, Cervantes, Espinel, Quevedo, Galdós...) nos darían ejemplos admirables, tratando a su modo, a su estilo propio cada uno, lo difícil que es comer en España . Vivir en el ambiente social del niño Lázaro, sacar dinero a aquellas estructuras económicas, sin pertenecer a las clases privilegiadas, sólo era posible realizando pillerías llenas de heroísmo.

Esto le ocurría al niño Lázaro, que nos dice que su nacimiento fue dentro del río Tormes, “por lo cual causa tomé el sobrenombre”, hijo de un humilde molinero de la ribera de aquel río. Sólo y por sí tendrá que valerse para vivir en el mundo inhumano de los hombres el niño Lázaro, que ya no volverá, a sentir, la canción de las aguas de su río. El canto del hambre mató definitivamente su infancia. Y torturado por la hartura del mundo, como por el hambre, comienza por hacerse pícaro. Pero Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, que forjaron a pulso el llamado Siglo de Oro, también la pasaban canutas. Lope tuvo que pedir dinero al duque de Sessa para comprarse una sotana nueva, en estos términos no por poéticos menos aflictivos: “Y no es importunaros / al hablar de mi sotana / pues tengo por cosa llana, / según es de agradecida, / que si os alaba rompida / mejor os alabe sana”.

A Quevedo le falta el numerario necesario para arreglar la casa donde nació y que le legaron sus antepasados: “Es mi casa solariega / más solariega que otras / pues por no tener tejados / le da el sol a todas horas”.

Durante la época imperial, los grandes genios de nuestra literatura, tienen que humillarse ante la nobleza para que le compren una sotana o les otorguen la dádiva que le permita subsistir.

Si vivían así las “glorias literarias” en época tan imperial, ¿cómo vivirían los Lazarillo, los Guzmán de Alfarache, los Marcos de Obregón, los don Pablos, los Rinconetes y Cortadillos, el pueblo español en suma? De una lejana época es también esta copla que todavía se canta por esta vieja tierra del Sur: “La muerte ya no me espanta; / tendría más que temer / si en el cielo me dijeran : / has de volver a nacer”.

 


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