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JULIAN DEL CASAL: LA VOZ DE LA MELANCOLIA PESIMISTA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Mi juventud, herida ya de muerte,
empieza a agonizar entre mis brazos,
sin que la puedan reanimar mis besos,
sin que la puedan consolar mis cantos.”
Julián del Casal

 

En Hispanoamérica, el Modernismo cuenta de grandes poetas iniciadores como el cubano Julián del Casal, que, en la época románticorrealista, es un verdadero precursor del Modernismo en lengua castellana. Junto con José Martí y los mexicanos Salvador Díaz Mirón y Manuel Gutiérrez Nájera son los principales iniciadores del Modernismo en América.

 

Julián del Casal, huérfano, amigo de la miseria y de la tuberculosis, tuvo una existencia difícil sometida a un ansia infinita de llorar a solas como se pone de manifiesto en sus tres poemarios, y, sin embargo, murió de un ataque de risa, a los treinta años de edad. Tenía una visión decadente y dolorosa de la vida, “insoportable, la implacable Vida”. Su amigo Rubén Darío le llamó:  “Desdichado ruiseñor del bosque de la Muerte”  y “hondo y exquisito príncipe de melancolías”.

 

Julián del Casal de la Lastra  nace en La Habana el 7 de noviembre de 1863 y muere en la misma ciudad el 21 de octubre de 1893. Su padre era natural de Vizcaya, su madre cubana murió cuando el poeta tenía sólo cinco años.  En La Habana vivió la mayor parte de su corta vida. Sus primeros estudios los cursó en el Real Colegio de Belén, donde funda el periódico clandestino El Estudiante. En 1879 obtuvo el título de Bachiller. Comenzó a estudiar la carrera de Leyes en la Universidad de la Habana, pero hubo de abandonar sus estudios por falta de medios económicos. En 1881 comienza su colaboración en el semanario El Ensayo, y, posteriormente, colabora en La Habana Elegante, El Fígaro, La Discusión, El País y en La Caricatura. Utiliza los seudónimos Alceste, Hernani y El Conde de Camors. En 1888 sale de Cuba con rumbo a Madrid donde hace amistad con el poeta malagueño modernista Salvador Rueda. El 21 de octubre de 1893, acude a cenar a casa de su amigo Dr. Lucas de los Santos Lamadrid. En la sobremesa, uno de los presentes contó un chiste. Del Casal soltó una carcajada, seguidamente cayó sobre la mesa mientras se ahogaba en un vómito de sangre.

 

El tema romántico de la muerte lo cantó con toda elegancia, pero sin eludir en su macabro naturalismo, que nos recuerda el impresionante detalle de los pintores del tema, a los que equivale su poesía (Valdés Leal y Ribera); como el poema “Horridum sonmium”:  “...Alrededor de mis fríos despojos, / en el aire zumbaban insectos...”. En sus tres poemarios,  Hojas del viento (1890), Nieves (1892) y Bustos y rimas (1893), el poeta cubano deja entrever incluso cierta indiferencia, respecto a su propia desesperación, pese al ímpetu que pone en apurar la decadencia y la angustia; visionario que tenía “algo del otro mundo en sus extrañas pupilas “, como decía Darío, desgarra sus sentimientos y azota  las ideas recibidas.

 

Si  Hojas al viento es un libro profundamente romántico, el segundo Nieves evoluciona hacia una forma perfeccionada donde abundan las sensaciones visuales. Bustos y rimas, que demuestra un dominio formal absoluto, para retornar hacia el sentimiento nihilista romántico. “Tristissima nox”, “Neurosis”, “A mi madre”, “A la castidad”, “A la belleza”, “Nostalgia”, forman el mejor botón de muestra de este poeta frustrado por su temprana muerte.

 

Las resonancias en Casal son muchas, desde Zorrilla a Espronceda  y Núñez de Arce, pero sobre todos, Baudelaire. Como material poético trabaja una especie de erotismo, un amor ideal insatisfecho que le lleva  a la desolación y a la búsqueda de refugio en el arte. No encontraremos en él descripciones paisajísticas ni cantos cívicos, sino experiencias íntimas como la tristeza y el tedio: el mundo es cieno para Casal, un pantano, por lo que muchos versos trasuntan cierta gozosa espera de la muerte: “Y sólo me sonríe en lontananza / brindándole consuelo a mi amargura / la boca del cañón de una pistola”.             


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