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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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GABRIEL CELAYA: LA VOZ DEL POETA SOCIAL


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“¡Ay, dilo tú si puedes, Gernikako Arbola,
dilo con tu raíz, tus ramas y tus niños,
dilo si eso es posible,
di con la libertad de los vascos antiguos,
con el temblor de la fronda que cubre el país entero
y dice lo que somos, diciendo lo que fuimos!
¡Ay, si es posible, dilo!”
Gabriel Celaya

 

 

Gabriel Celaya es el verso que no cesa. Es una tenaz y larga tentativa de transformar el mundo por la poesía. Su lenguaje es deliberadamente de carácter conversacional: “Lo importante -decía Celaya- no es hablar del pueblo sino hablar con el pueblo”. Y añadía: “Démonos a los demás para ser quienes de verdad somos. Demos, al darnos, la paz y la esperanza”. Celaya asume la conciencia de las gentes anónimas que se hallan a su alrededor y habla por ella con una actitud de solidaridad y esperanzada alegría en el futuro. Es el poeta social por excelencia. Empleó un estilo directo y una temática vital y cotidiana que evolucionó hacia la denuncia social: “Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que lavándose las manos se desentienden y evaden”.

 

Gabriel Celaya y Juan de Leceta son dos seudónimos literarios de Rafael Múgica Celaya. El poeta nace en Hernani (Guipúzcoa), el 18 de marzo de 1911. Cursa el bachillerato en San Sebastián y la carrera de Ingeniero Industrial en Madrid. Sus años de permanencia en la Residencia de Estudiantes fueron decisivos para su formación.

 

En 1935 y 1936 escribe sus dos primeros libros: Marea del silencio y La soledad cerrada. Después deja de publicar durante diez años, aunque no de escribir. Según propia confesión: “Sus mejores amigos están en el exilio, y la poesía camina en una dirección contraria a la que él cree justa”. Es hecho prisionero al caer Bilbao en poder de las tropas rebeldes. En 1947, en San Sebastián, donde residió muchos años, Celaya inicia una intensa actividad poética. En la Colección Norte, de San Sebastián, fundada por él y por Amparo Gastón -unidos en la poesía como en la vida- aparecen los libros Movimientos elementales y Tranquilamente hablando, en los que se adelanta una  poética de la sencillez, un verso narrativo, casi prosaico a veces, que canta el goce sensorial, el universo cotidiano de las cosas, su verdad inmediata, entregada: “Me gusta lo que toco: / me gusta lo que veo / y lo que respiro con los pulmones anchos / y lo que me duele / porque sé así que existe.”. En 1956 deja de trabajar como ingeniero y se traslada a vivir a Madrid, con Amparitxu, para dedicarse enteramente a la literatura. Viaja a Cuba en noviembre de 1967 y participa en el Congreso de la Cultura que tuvo lugar en La Habana en enero de 1968. En este mismo año viaja a Brasil para tomar parte en el acto de la inauguración del monumento erigido a García Lorca en la ciudad de San Pablo.

 

En  1936 obtuvo el Premio Lyceum, en 1957, el Premio de la Crítica, en 1963, en Italia, el Premio Internacional Libera Stampa y en 1968, en Italia, el Premio Internacional de Poesía Etna-Taormina. Fue traductor de Rilke, Rimbaud y Paul Eluard. En 1986 se le concedió el Premio de las Letras, y en 1987 el Nacional de Literatura. Gabriel Celaya muere en Madrid el 18 de junio de 1991. Sus cenizas fueron aventadas en Hernani y San Sebastián, según sus deseos.

 

Hay un libro en prosa, escasamente citado, de Gabriel Celaya, un hermosísimo libro titulado Tentativas que fue impreso en los primeros días de julio de 1936. Volviendo a leer este libro, y teniendo presente toda la obra posterior de Gabriel Celaya, Movimientos elementales, Tranquilamente hablando; Las cosas como son, Las cartas boca arriba, Cantos iberos, De claro en claro, Campos semánticos, Lo demás es silencio, Trilogía vasca, Las resistencias del diamante, El corazón en su sitio, Poesía urgente, Rapsodia euskara, Versos de otoño, Baladas y decires vascos, Lo que faltaba, Música celestial, Penúltimos poemas, Cantos y mitos, El mundo abierto..., no hay más remedio que pensar que toda esta inundación de versos, que gritan o que claman, que quieren poner “las cartas boca arriba”, que tratan de producir una agitación moral para el entendimiento del sufrir y el esperar humano, no son sino un intento de salvar el humanismo, la realidad pura del arte, la unanuniana tragedia hambre de inmortalidad. Celaya exalta una y otra vez la vida, el hecho de vivir, su suficiencia: “mas mi sangre suena: vivo, soy dichoso”. También nos dice: “-Comprendan, es fácil -me basta la vida”.

 

Celaya escribió también novelas, como Lázaro calla y Lo uno y lo otro; ensayos, como Exploración de la poesía, Los espacios de Chillida y Memorias inmemoriales.

 

La poesía de Celaya tiene el sortilegio de lo que ha sido creado entre las cosas naturales. Esta poesía del pueblo tiene ese sello de lo que debe vivir a la intemperie soportando la lluvia, el sol, la nieve, el viento. Es poesía que debe pasar de mano en mano. Poesía que ha sido golpeada, que no tiene la simetría griega de los rostros perfectos. Tiene cicatrices en su rostro alegre y amargo. Poesía verdadera sin más. Poesía que es como un grito que permanece en el aire. “Son gritos en el cielo”, nos dijo el poeta.

 

La evolución de Celaya hacia la estética del compromiso es muy clara y auténtica. “No seamos poetas -decía Celaya- que aúllan como perros solitarios en la noche del crimen. Carguemos con el fardo y echémonos animosamente a los  caminos matinales que iluminan la esperanza. Cantemos para todos los que, aun humillados, aun martirizados, sienten la elevadora y combativa confianza propia de los plena, hermosa y tremenda y casi ferozmente vivos”. Celaya pasa a la participación, impulsando la corriente de lo que se ha dado en llamar poesía social, poesía al servicio de algo, concebida -en sus propias palabras- como una “herramienta para transformar el mundo”.

 


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