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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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MIGUEL DE CERVANTES: LA VOZ DE LA GENIALIADAD

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Yo con estilo en parte razonable,
he compuesto Comedias que en su tiempo
tuvieron de lo grave y de lo afable.

Yo he dado en Don Quijote pasatiempo
al pecho melancólico y mohino
en cualquier sazón en todo tiempo.”
Miguel de Cervantes

 

La obra de Cervantes nace de su vida, y en ella creación y experiencia vital se hallan indisolublemente unidas, iluminándose recíprocamente.

Miguel de Cervantes nace en Alcalá de Henares en 1547. Perteneciente a la clase hidalga, se sabe que viajó por varias ciudades importantes: Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid.

Desde muy pronto le mueve un ideal de aventura, llevado de un ideal heroico que nunca le abandonó. Hacia 1569 se traslada a Italia como servidor del cardenal Acquaviva, entrando luego en el ejército. Participó en la batalla de Lepanto (1571) a las órdenes de don Juan de Austria, donde quedó manco de la mano izquierda a consecuencias de las heridas recibidas. También tomó parte en expediciones contra Túnez y La Goleta, y en 1575, cuando regresaba a España, fue hecho prisionero por unos piratas; así comenzaron sus años de cautiverio en Argel hasta 1580, en que fue rescatado por unos frailes trinitarios.

De regreso a España, cuando esperaba un premio a sus servicios, empieza una carrera de sinsabores que la van dejando profunda huella. Vive en Madrid, luego pasa a Portugal, empieza a escribir obras teatrales, no encuentra un empleo fijo y satisfactorio. En 1584 se casa con Catalina Salazar, aunque ya antes se le conoce una hija natural –Isabel de Saavedra-, y ello le lleva a residir en Esquivias (Toledo) algún tiempo. Los empleos que consigue son humildes: comisario de provisiones para la Armada Invencible, alcabalero –que le obliga a residir en Sevilla y otras ciudades de Andalucía- durante diez años, en los que viaje por numerosos pueblos. Conoce la cárcel, intenta inútilmente pasar a América y se traslada a Valladolid en 1604. Muy pronto, en 1606, fija su residencia en Madrid, donde encuentra unos años, hasta su muerte, el 23 de abril de 1616, de relativo sosiego.

En estos años finales escribe y publica lo principal de su obra: la primera parte del Quijote (1605), las Novelas ejemplares (1613), la segunda parte del Quijote (1615), dejando inédito su Persiles y Segismunda, que aparecerá en 1617.

Aunque Cervantes no deja de tener un evidente reconocimiento como escritor al final de su vida, y ello sin duda como consecuencia de haber apurado sus experiencias al límite. La genialidad de Cervantes emana de su identificación con el pueblo español de la época que le tocó vivir. Como don Quijote, su creador creyó en el ideal heroico de una España que entonces dominaba el mundo, y como él –cuando trató de imponer ese ideal y de luchar por él- no encontró más que descalabros, incomprensiones y fracasos. Así don Quijote se convirtió en símbolo al mismo tiempo de la personalidad humana de Cervantes y de la España de su tiempo; por eso el ilustre manco, “al proyectar en su obra los sueños y desengaños propios, está, en rigor, proyectando los sueños y desengaños del pueblo español en el momento culminante de su historia. En forma misteriosa, como si se tratase de un predestinado, parecen concurrir a su vida las circunstancias y situaciones más significativas de la vida de España”, escribe Angel del Río.

Es cierto que Cervantes va cobrando cada vez mayor conciencia de su propio valor. Pero eso no quiere decir que fuese consciente de la genialidad que luego le ha atribuido la crítica y las generaciones posteriores. Como se ha dicho con perspicacia. “Cervantes nunca supo lo que en realidad estaba haciendo. No pudo, no podía tener conciencia de que estaba haciendo una obra genial”.

Como suele ocurrir con todos los genios, a través de Cervantes se expresó un mensaje universal válido para todos los hombres y todos los tiempos, y ningún autor, por muy perspicaz que sea, puede estar en posesión de esa infinidad de interpretaciones. Evidentemente, Cervantes no podía ser consciente de tantas interpretaciones, pero tampoco podemos separar el Quijote –su obra fundamental- de la personalidad humana de quien la escribió, por más que la relación entre ambos quede sumida en el arcano de la creación artística. Antes señalábamos la semejanza entre la experiencia de don Quijote y la vida de Cervantes, al constatar que ambos partían de un mundo ilusionado de ideales heroicos para ir tropezando, descalabro tras descalabro, con el mundo del desengaño y la realidad prosaica de la vida. En esta identificación entre el autor y su héroe, encontramos probablemente una de las claves de esta genial producción. Sin duda, el propósito inicial no pasaba de escribir una sátira contra los libros de caballería, pero esta identificación le fue dando una trascendencia en la que no pensaba su creador.

Nos encontramos así un doble proceso de identificación: el autor se identifica con su héroe, y a éste se le identifica con la realidad española, en una creciente trascendencia, que constituye un ejemplo extraordinario de cómo se produce la génesis semiconsciente de una obra genial. Pero ese doble proceso de identificación no es sino la consecuencia de otro previo de interiorización de la criatura por el creador, como reconoce Cervantes al final de su libro, cuando le hace hablar as su pluma en estos términos: “Para mí solo nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar, y yo escribir; solo los dos somos para en uno”.


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