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LA CHAPUZA NACIONAL


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Me explico sencillamente:
el agua que va confusa
puede correr transparente”.
Rafael Alberti

 

Todo parece indicar que en España la economía sumergida no para de crecer. Cada vez hay más personas que trabajan por cuenta propia y sin licencia. Nuestra economía está considerada junto con la de Grecia e Italia a la cabeza de ese proceso de cada día “más jefes y menos indios”. La explicación es clara: los que trabajan por su cuenta se ahorran impuestos. Muchos son “falsos autónomos” que cuentan con trabajadores encubiertos que trabajan para ellos.

Sea como fuere se observa una evolución hacia la generalización de la economía sumergida, en un clima general de “gane usted dinero pronto y como sea” en un ambiento disgregador y desregulador.

La gran dispersión de unidades productivas que ni siquiera pueden ser consideradas “empresas sumergidas”, nos lleva a abrir para ellas la categoría de “chapuzas”. La organización que despliegan es mínima, la inventiva que acumulan es máxima. Estamos ante empresarios que no quieren ser empleadores ni tampoco emprendedores. Hasta se hace trabajoso estudiarlos con las armas convencionales de la estadística o las encuestas. En el sector manufacturero al final del proceso acaban por “aflorar”: los artículos se tienen que vender. En el supuesto de muchos servicios, la “chapuza” correspondiente puede permanecer invisible indefinidamente.

En algunas actividades emergen sólo una parte, la estructura necesaria, y cubren otras áreas en situación de irregularidad. Un mismo individuo puede tener un empleo regular, con todas las de la ley, y como complemento varias actividades más sueltas, espontáneas, libres. La chapuza típica suele tener muchas veces ese carácter de segunda actividad.

Aunque se siga repitiendo el tópico de que “la gente no sabe que hacer con su tiempo libre”, la verdad es que un número grande y creciente de personas considera que su tiempo es lo más escaso y valioso de sus posesiones.

En nuestro país se ha generado lo que podríamos llamar “ética de la chapuza”. Los tributarios se tiran, simbólicamente, a la chapuza, como los bandoleros al monte para tratar de repartir por su cuenta lo que consideran que le sobre al fisco rico entre los “pobres” que son ellos mismos. Esa decisión se toma millones de veces al día. Se puede decir que prácticamente ningún español es ajeno a ella.

El clima de legitimación social de las “chapuzas” crea cierta comodidad de conciencia y engendra una pasividad de la que, en los últimos años, han participado todos los agentes sociales, si bien unos de manera activa y otros pasiva. Sin embargo, es una visión que no se puede prolongar sin caer por derroteros socialmente frágiles y peligrosos. Y es que, como dijo el poeta: “Y para usted de contar / que en estas cuentas a España / no toca sino el llorar”.

 


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