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GABRIEL DE LA CONCEPCIÓN VALDES: LA VOZ DEL ESPIRITU CUBANO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Adiós, mi lira. A Dios encomendada
queda de hoy más; adiós, yo te bendigo.
Por ti serena el ánima inspirada
desprecia la crueldad de hado enemigo.
Los hombres te verán hoy consagrada.
Dios y mi último adiós quedan contigo,
que entre Dios y la tumba no se miente:
adiós, voy a morir... ¡Soy inocente!
Gabriel de la Concepción Valdés

Pocos han nacido tan poetas, como Gabriel de la Concepción Valdés, más conocido por el seudónimo de Plácido, de vida hospiciana en su infancia,  humilde peinetero mulato, de excepcionales dotes, mucho más digno de consideración por ser un simple obrero que se había elevado por su propio esfuerzo hasta rodearse con las celebridades de las letras y de las ciencias como Domingo del Monte, los poetas Palma  y Milanés, el entomólogo Poey, etc. Y del que dijo Lezama Lima: “Fue la alegría de la casa, de la fiesta, de la guitarra y de la noche melancólica. Tenía la llave que abría la puerta de lo fiestero y aéreo”. Es decir, la voz del verdadero espíritu cubano.

 

Gabriel de la Concepción Valdés nace el 18 de marzo de 1809 en La Habana. Hijo de una bailarina española natural de Burgos y de un barbero de nacionalidad cubana y de raza negra. A los pocos días de nacer la madre dejó a Valdés en la Casa Cuna o Real Casa de Beneficencia  y Maternidad de La Habana. Su padre lo adoptó y lo mantuvo hasta que tuvo unos diez años,  más tarde, lo dio a criar a la abuela paterna. Valdés creció en la pobreza, y asistió a varios colegios durante su niñez. Abandonado por el padre que partió hacia México, ingresó como estudiante en el taller de Vicente Escobar donde aprendió dibujo y caligrafía. En 1823, comenzó a trabajar como aprendiz de tipógrafo en la imprenta de José Severino Boloña. Posteriormente se dedicó a la fabricación de peinetas de carey en Matanzas. Comenzó a escribir versos en su juventud para venderlos y procurarse el pan, anécdota que sirvió de base al poema que Milanés escribió contra él, “Al poeta envilecido”. En 1836, contrajo matrimonio con Celia, a la que escribió numerosos poemas y en 1842, se volvió a casar con María Gil Ramona Morales, negra matancera. Poco después de casados marcharon a Trinidad ya que la industria de la artesanía de peinetas decayó tanto en Matanzas como en la Habana. En Trinidad estuvo preso. Regresa a Matanzas donde cae nuevamente preso el 29 de febrero de 1844. Se le acusa de ser uno de los integrantes en la Conspiración de la Escalera y después de cuatro meses en prisión es fusilado el 28 de junio de 1844, aunque todo induce a creer que era inocente en aquel caso, lo que él afirmó siempre. Según personas imparciales, incluso españolas, consideraron que hubo allí un grave error judicial.

 

Valdés es el poeta romántico más popular del siglo XIX en Cuba, además de ser considerado uno de los iniciadores del criollismo y el siboneyismo en la lírica cubana. Colaboró en La Aurora de Matanzas, El Pasatiempo, El Eco de Vllaclara. De las primeras poesías de Plácido dice Mitjans que se formó un tomo, que apareció en 1838 y fue base de su fama. Después se hicieron otras ediciones aumentadas, y una de ellas se hizo imprimir en Barcelona por F. J. Vingut, de apellido catalán, pero alto empleado del Gobierno de los Estados Unidos. De esta edición se dieron a luz reimpresiones en 1854 y 1857 siempre aumentadas. Todas tienen el imperdonable defecto de empeñarse en recoger lo mismo lo bueno que lo malo del autor, y aun quizá lo que no es  suyo.

 

La verdad, sin embargo, era que aquel mulato sin estudios de carácter oficial, había escrito entre muchos versos de ocasión, entre muchas fruslerías, varias  composiciones dignas de perpetua memoria como el magistral romance “Jicotencaly algunas letrillas como “La flor de caña”, “La flor del café”, “La flor de la piña”, “A Mirta“, donde entronca la faceta descriptiva y la erótica. En lo descriptivo es un pintor impresionista de pincelada breve;  en cuanto al erotismo, sus letrillas no alcanzan la osadía de los sonetos; por ejemplo, el titulado “A una ingrata”. Escribió al estilo de Zorrilla leyendas y romances de corte caballeresco. Mención aparte merecen las cuatro poesías compuestas en prisión, poco antes de ser ajusticiado: “Plegaria a Dios”, “La fatalidad”, “Despedida a mi madre”, “Adiós a mi lira”.

 

“La plegaria a Dios” es un doliente canto de resignación ante la tremenda pena que los hombres le imponían, con tan cristianos acentos de sinceridad que Menéndez Pelayo no dudó de la verdad de su inocencia. Camino del suplicio fue recitando el mencionado poema, que impresionó a cuantos lo oyeron: Las estrofas de este poema, de gran fuerza expresiva demuestran  que la lírica contiene en la poesía las mismas esencias que en la propia vida de sus poetas: “Mas si cuadra a tu suma omnipotencia / que yo perezca cual malvado impío, / y que los hombres mi cadáver frío / ultrajen con maligna complacencia, / suene tu voz y acabe mi existencia: / ¡cúmplase en mí tu voluntad, Dios mío”.


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