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SEBASTIÁN DE COVARRUBIAS OROZCO: LA VOZ DEL TESORO DE LA LENGUA CASTELLANA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Chapinaço, el golpe que da la muger con el chapín,
que cuando toman cólera suelen descalçársele
y vengar con él sus injurias...”
Sebastián de Covarrubias

 

El Tesoro, en sustancia, es un diccionario, y el propósito, repetidamente declarado por el autor, es limitarse a la etimología de las palabras; en su dedicatoria al rey Felipe III dice que, a semejanza de San Isidoro que había compuesto las Etimologías latinas, deseaba él codificar “las de su propia lengua castellana” , empresa –dice- por nadie intentada, o de la que si alguno lo había pretendido, tuvo que desistir. De hecho, sin embargo, el Tesoro resulta un diccionario enciclopédico, que justifica plenamente su nombre como riquísimo depósito informativo de los conocimientos, creencias y opiniones de la época, a más del caudal noticioso que permite muchas veces interpretar y valorar pasajes de nuestros clásicos. El Tesoro es un centón pintoresco, más valioso precisamente por esta abigarrada diversidad que por su pretendido contenido científico, y puede leerse casi siempre con el mismo placer que las páginas de un escritor costumbrista.

Sebastián de Covarrubias Orozco pertenecía por ambas ramas a familias ilustres. Su padre fue Sebastián de Orozco, autor, entre otras obras, de un famoso Cancionero; su madre, doña María de Valero de Covarrubias, descendía de los Leiva y los Covarrubias, que habían dado nombres ilustres a las letras, a la iglesia y a la política. Nació Sebastián de Covarrubias en Toledo el 7 de enero de 1539, y entre 1565 y 1571 estudió en la Universidad de Salamanca bajo la tutela de su tío-abuelo, don Juan de Covarrubias, que se había encargado de su educación. En 1567 estaba ya ordenado de sacerdote, y en 1578 fue nombrado capellán de su Majestad. Estuvo luego en Roma y el papa Gregorio XIII le nombró canónigo de Cuenca, donde fijó su residencia a partir de 1579. En atención a sus “letras, inteligencia y entereza”, el Nuncio le escogió para llevar a cabo el proyecto de instrucción de los moriscos de Valencia y en esta ciudad permaneció hasta 1600, siendo recompensado por el Papa, a petición del rey, con la dignidad de Maestrescuela de la catedral conquense. Hizo un nuevo viaje a Valencia en 1606 para completar su tarea en el problema de los moriscos, y fue a Madrid en 1610 para gestionar la impresión de sus obras: los Emblemas morales y el Tesoro. El año siguiente regresó a su puesto, pero estaba ya enfermo y achacoso. A mediados de 1613 hizo testamento y falleció el 8 de octubre de aquel mismo año.

Aparte los Emblemas morales, en los que sigue la corriente tan cultivada entonces de la literatura simbólico-moral, Covarrubias no publicó otra obra que su Tesoro de la lengua castellana o española – Madrid, 1611-, aunque sin duda escribió otros trabajos que se han perdido.

La mayor importancia del Tesoro reside evidentemente en su caudal idiomático de voces, frases y dichos populares: “Publicado –dice Riquer- en una fecha de la cual sólo es preciso resaltar que media entre la primera y segunda parte del Quijote y que es la misma que se asigna a las Soledades de Góngora, el Tesoro de la lengua castellana o española ha sido reconocido unánimemente como la obra capital para el conocimiento del idioma en los tiempos que más brilló nuestra literatura.”. Cuando, más de un siglo después, la Real Academia Española inició el diccionario llamado de Autoridades, tuvo que reconocer el valor y el acierto de la obra de Covarrubias.

 


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