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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RAMON DE LA CRUZ: LA VOZ DEL INSIGNE SAINETERO

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“¡Al arma, al arma, al arma
contra los hombres guerra!
¡Viva de las mujeres
la libertad eterna!”
Ramón de la Cruz. La república de las mujeres

 

“Don Ramón de la Cruz es el único escritor moderno que resume en sí –escribe el dramaturgo catalán Felíu y Codina-, y ofrece exclusivamente retratados en su personalidad literaria, los tiempos en que vivió”. Y añade más adelante: “El instinto y el genio artístico de Cruz supieron escrutar el fondo de la sociedad española, descubriendo allí los elementos vivos de la nacionalidad “. Don Ramón de la Cruz ensayó todos los géneros dramáticos, pero sus sainetes son, sin duda, el mejor ejemplo de su notable producción. El sainete se representaba entre acto y acto de las grandes tragedias y de otras obras mayores, y como fin de fiesta, nunca independientemente. Se comprende que los ilustrados, especialmente los Moratines, Clavijo e Iriarte, hicieran blanco a don Ramón de toda clase de ataques, pues era imposible mantener la tensión dramática de una obra si entre un acto y otro se representaba un sainete.

El 28 de marzo de 1731 nació don Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla en Madrid. Don Ramón de la Cruz fue siempre don Ramón, desde su nacimiento en una casa modesta de la calle del Prado, en el mismísimo corazón del barrio de los cómicos.

Entre 1748 y 1759 don Ramón no hizo sino escribir versos, dramas y comedias en versos. Traduce algunas obras francesas. Más el soñado éxito no llegaba.

Paseando y paseando por Madrid, descubrió don Ramón los secretos de la Villa y Corte. Todas aquellas cosas sin trascendencia que don Ramón sorprendía el primero –en los bordes y esquinas de la Villa y Corte- le sugestionaban porque tenían chispa. Y los éxitos llegaron enseguida.

En 1759 ocupó don Ramón una plaza de oficial tercero de la Contaduría de Penas y de la Cámara y Gastos de Justicia. Poco después contrajo matrimonio con doña Margarita Beatriz de Magna, salmantina burguesa. En 1770 ya era famoso sainetero y gran amigo de la duquesa de Alba. En 1775 se había convertido en el autor teatral de moda.

En 1781 la condesa-duquesa de Benavente, le nombró algo así como el poeta administrador y se le llevó a vivir a su palacio. En la primavera de 1791 pilló don Ramón una pulmonía. Después hubo de superar varias pulmonías. Pero una de ellas, terminó ocasionándole la muerte el 5 de marzo de 1794 en Madrid. Don Ramón fue sepultado en el iglesia de San Sebastián en la que fuera bautizado sesenta y tres años antes.

Quinientas cuarenta y dos obras dejó escritas don Ramón. Por su famosa fecundidad fue llamado “el Lope de Vega del siglo XVIII”. Tradujo y arregló un gran número de tragedias entre otras el Bayaceto de Racine, Aecio y Talestris, de Metastasio, La escocesa de Voltaire y Hamlet, pero éste no del original inglés, sino a través de la traducción francesa de Ducis. También transformó en zarzuelas algunas óperas italianas. En 1768 lleva a las tablas una zarzuela enteramente española Briseida, y animado por su éxito, Las segadoras de Vallecas, La mesonerilla, Las labradoras de Murcia y Las Foncarraleras. En el prólogo de una de estas zarzuelas, titulada Quien complace a la deidad acierta a sacrificar, publicada en Madrid en 1787, critica los sainetes y las tonadillas, haciendo profesión de fe neoclásica, pero ésta no debía de ser muy firme puesto que es su trabajo en estas producciones a las que deba su fama. Sus mejores sainetes reflejan las costumbres y los hábitos y lo decires del pueblo madrileño. Entre ellos citaremos los siguientes: Las castañeras picadas, Las tertulias de Madrid, El fandango del candil, El café de las máscaras, La pradera de San Isidro, El Rastro por la mañana, La avaricia castigada, El caballero don Chisme, El sordo y el confiado, Los baños inútiles, La presumida burlada, La embarazada ridícula, El burlador burlado, La maja majada, El muñuelo, El majo de repente, La Petra y la Juana, El mal de la niña, El hospital de la moda, La tertulia discreta, La petimetra en el tocador, La devoción engañosa, Las bellas vecinas, La visita de duelo, La república de las mujeres, La casa de Tócame Roque, La Plaza Mayor, El petimetre, La Comedia de Maravillas, Manolo...

Don Ramón de la Cruz llegó a ser el autor teatral español más nacional y castizo. “Yo escribo y la verdad me dicta”, exclamaba lleno de sabia ponderación,. Su alegría, su regocijo picaresco, su humor exuberante, sus chistes equívocos y sus burlas ingeniosas prestaban extraordinario encanto a los detalles más insignificantes.

El lenguaje de este escritor es fácil, natural y animado; su invención fecunda. “Don Ramón de la Cruz –escribió Menéndez Pelayo- es el único que se atrevió a dar en cuadros breves, pero de singulares poder y eficacia realista, un trasunto fiel y poético de los únicos elementos nacionales que quedaban en aquella edad confusa y abigarrada”.

 


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