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RENE DESCARTES: LA VOZ DE LA FILOSOFIA MODERNA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Pienso, luego existo.”
René Descartes

 

 

Descartes vivía preocupado, tal vez más que ningún filósofo anterior, del punto de partida de la filosofía. El filósofo francés no quiere resignarse a la suerte del escepticismo. Tenía plena conciencia de que inauguraba una edad en la historia de la filosofía, y nadie que se siente joven se resigna al suicidio. Con René Descartes comienza efectivamente la Edad Moderna. El primer intento logrado de pensar la realidad desde los nuevos supuestos del hombre moderno es la filosofía cartesiana.

 

Comienza Descartes por dudar de todas las cosas y considerar como falso cuanto pueda ponerse en duda. Descartes, en su esfuerzo por eliminar todo posible error, logrará demostrar que las verdades matemáticas no son absolutamente indudables.

 

Si duda de todo, al menos es cierto que duda, es decir que piensa. Y si piensa, existe en tanto ser pensante. Es el famoso pienso, luego soy que da a Descartes no sólo una primera verdad indudable, sino también el punto de arranque de toda su filosofía.

 

Soy, pues -según Descartes-, una cosa que piensa. Pero, ¿qué es una cosa que piensa? Descartes responde: “Es una cosa que duda, entiende, concibe afirma, niega, quiere y, también, imagina y siente”. Como se ve, el término “pensamiento” no tiene en Descartes el sentido restringido que tiene en la actualidad -como actividad exclusiva del entendimiento-, sino que su amplitud es tan grande que comprende también la vida emocional, sentimental y volitiva. En una palabra son “pensamientos” todos los estados psíquicos; esto es, lo que se denomina en la actualidad con el neologismo “vivencia”.

 

Descartes insiste en la importancia que tiene el método para el descubrimiento de la verdad, y coincide con Bacon en señalar que la escasez de conocimientos auténticos logrados por la humanidad en tantos siglos de búsqueda se debía, principalmente, a la falta de un método seguro.

 

René Descartes nació en La Haya, aldea de Turena, el 31 de marzo de 1596. En 1606, ingresa en el famoso colegio de La Flèche, fundado por los jesuitas, donde permanece hasta 1614. Poco tiempo después de salir de La Flèche aprueba Descartes su licenciatura en derecho en la Universidad de Poitiers (1616) y, sin preocupaciones de orden económico, se decide, como el mismo nos cuenta, a emplear el resto de su juventud “en viajar, ver cortes y ejércitos”. Se alistó en 1618 en el ejército del príncipe Mauricio de Nassau, gobernador de los Países Bajos, que, aliados entonces de Francia, luchaban contra los españoles. Al año siguiente deja el ejército del príncipe Nassau, asiste en Francfort a la coronación del Emperador Fernando II y se alista en el ejército de Maximiliano de Baviera, que luchaba contra el rey de Bohemia.

 

Entonces fue cuando le sorprendió el invierno en Neuburg, una aldea alemana, junto al Danubio. Allí concibió la posibilidad de encontrar un método para el descubrimiento de la verdad en cualquier rama de la ciencia.

 

Desde 1619 a 1628, Descartes se dedica a viajar. Por entonces, compuso las Reglas para la dirección del espíritu. Tuvo un último contacto con la vida agitada al participar en el sitio de La Rochelle en 1628, para retirarse a fines de ese año, a Holanda, en busca de tranquilidad para sus meditaciones. Con excepción de cortos viajes, Descartes permanece en Holanda durante veinte años.

 

El primer trabajo de consideración de Descartes en Holanda fue una cosmología que tituló El mundo, o Tratado sobre la luz, que se publicó después de su muerte, en 1644. En 1637 aparecen, en forma anónima tres ensayos, titulados La dióptrica, los meteoros y la geometría. Los tres ensayos iban precedidos del Discurso del método. Sus Meditaciones metafísicas (Meditationes de prima philosophia) que escribió en latín, aparecieron en 1641, en París. Descartes continuó sus investigaciones y a la obra antes citada le sucede Los principios de la filosofía, publicada también en lengua latina en Amsterdan el años 1644. El Discurso, en cambio, lo escribió originariamente en francés.

 

Mientras Descartes se entregaba por entero a sus meditaciones y estudio, aumentaba la pasión en la defensa y el ataque de sus ideas. En tales circunstancias le llegó una oferta seductora. La reina Cristina de Suecia deseosa de tener en su corte al más grande hombre de la época, logró que Descartes marchara a Estocolmo en los comienzos de octubre de 1649. Allí escribió los versos de un ballet -La naissance de la Paix-, que le fueron encargados para celebrar la paz de Westfalia y el cumpleaños de su anfitriona. No pudo resistir los rigores del clima nórdico y enfermó de pulmonía poco después de su llegada a Suecia. El 11 de febrero de 1650, en Estocolmo, fallecía el más grande filósofo francés, padre de la filosofía moderna e iniciador del racionalismo, cuando aún no contaba cincuenta y cuatro años de edad. La reacción no le perdonó, ni aun después de su muerte, por las ideas que había lanzado al mundo.

 

Hace más de 355 años de la muerte de aquel matemático y filósofo que puso de relieve la inmensa riqueza de esa razón en la que reside lo auténticamente homologable de todos los humanos, y para quien Héctor Pierre Chanut pudo escribir su bellísimo epitafio: “Acudiendo a la cita con su ejército, en la calma del invierno, combinaba en su mente los misterios de la naturaleza con las leyes de la matemáticas, aspirando a desvelar los secretos de ambas”.


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