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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LA FACULTAD DE DESEAR


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Hace ya muy largos años
que en todas partes te veo,
pero no tal como eres,
sino según mi deseo.”
Augusto Ferrán

 

Si hubiere –o llegase a haber- un partido político inteligente, dedicaría estos dos años que nos separan de la indecisa fecha de las próximas elecciones generales y los meses que nos restan hasta las elecciones municipales a estimular la facultad de desear en los españoles. Con excepciones muy contadas, se han dedicado a todo lo contrario: a intentar convertir a España en un pueblo sin deseos.

Y esto en dos sentidos. El primero consiste en rebajar el nivel de la esperanza. Se da por supuesto que las cosas no pueden ir bien; sobre todo no pueden ser interesantes. Se insiste tanto en los “problemas” que el mundo se presenta irizado de dificultades y enojos, sin mezcla de atractivo alguno. A lo más que se aspira es a “ir tirando”, a que las cosas no se opongan demasiado mal. Que el terrorismo deje las armas, que se desacelere el crecimiento del paro, que se reduzca o no crezca demasiado la inflacción, que la corrupción sea la excepción y no la regla, que no aumente el consumo de las drogas. Por supuesto, todo eso se presenta como “culpa” de unos u otros españoles, sin pensar ni un momento que puede ser consecuencia de una situación más amplia, tal vez inmodificable mientras no se busque y se encuentre su origen verdadero y se apliquen los remedios oportunos.

Es rarísimo que se invite a alguna acción positiva y que pueda ser apetecible; por ejemplo, en el terreno económico, aumentar la productividad, aceptar el riesgo de la inversión, o ciertos sacrificios si las dificultades son grandes, para que dejen de serlo, compartir los beneficios si los hay, para que disminuya la desigualdad. La idea de que a nadie le puede ir peor, aunque las cosas vayan a peor para el país, es de las más absurdas que han cruzado por la mente del hombre.

Se ha difundido mucho la convicción de que lo inteligente es ver todo con malos ojos; siempre he pensado que lo inteligente es ver las cosas –buenas o malas- con buenos ojos, es decir, verlas como son. Ha hecho mucho daño aquella frase de Gide de que con buenos sentimientos no se hace buena literatura; no porque literalmente no sea verdad, sino porque se entiende que con malos sentimientos, sí; y con malos sentimientos se hace desde luego mala literatura, aunque no baste con los buenos para que valga la pena.

Pero hay otro sentido de ese intento de anular los deseos. Y es quizá más grave. Consiste en proponer lo que no se puede desear. Si se repasa lo que muchos partidos proponen (en sus programas o en su prácticas cotidiana, por ejemplo, en sus propuestas de ley, en sus enmiendas, votos particulares, etc.) . La inmensa de mayoría de los españoles no puede desearlo.

¿Es que no se puede proponer nada incitante? ¿No se puede invitar a los ciudadanos a hacer algo, y no cualquier cosa, sino algo interesante, atrayente, capaz de entusiasmar, de justificar el esfuerzo? Algo que prometa una España en la cual dé gana vivir, no una España con la cual tenga uno que aguantarse.

Yo estoy seguro de que el primero que lo haga se encontrará con la agradecida sorpresa, primero, con la adhesión, después, de innumerables españoles; de todos aquellos que no haya perdido enteramente la facultad de desear, de los que no hayan llegado a convencerse de que nada agradable es posible, o quizá bueno.

Mientras un pueblo mantiene viva su facultad de desear, está vivo y, por tanto, lleno de posibilidades. Su horizonte histórico está abierto, puede hacer frente a las dificultades, imaginar nuevas formas de acción y convivencia, fijarse metas atractivas y que conduzcan al máximo perfeccionamiento posible. Y es que, como dijo el poeta: “Los días y más días / iguales suman cero”.

 


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