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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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EL CANTAR DE SOLEDAD DE LOS DESTERRADOS

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“De soledad tan vaga y tan concreta
sale un hilo de agua;

el agua del destierro,
muy parecida al llanto.”
José Moreno Villa

 

Gregorio Marañón publicó hace cincuenta años, un libro que intituló Españoles fuera de España y que dedicó a Ramón Pérez de Ayala : “que está dentro de España aunque esté fuera “.

En el primer párrafo del prólogo del libro, refiriéndose a Séneca, dice Marañón: “Hace más de veinte siglos que un español desterrado en Córcega –exclamaba: ¡Qué sufrimiento intolerable es vivir fuera de la patria!”

¿Podemos aquilatar en unos cuantos segundos los millares de hora de soledad que han sufrido y sufren los exiliados?

Marañón, hábilmente esbozó el problema del exilio en cuanto a España, convencido de que debido a nuestro carácter es inevitable. En relación con el éxodo y el retorno, dijo: “No es exageración decir que han sido excepcionales los hombres de gobierno españoles que no han conocido esa gran tristeza y esa gran alegría; y alguien más de una vez”.

A principios del siglo XII algún autor desconocido compuso la obra cumbre de la poesía lírica española: El cantar de Mío Cid, dividido en tres partes, la primera de las cuales se denomina Destierro del Cid, y que comienza así: “Envió por sus parientes y vasallos, y díjoles cómo el rey le mandaba salir de todas sus tierras...”. Manuel Machado reforzó líricamente el destierro del Cid: “El ciego sol, la sed y la fatiga... / por terrible estepa castellana, / al destierro, conduce de los suyos / -polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga”.

Los poetas al exiliarse suelen abominar de su patria, más en la dureza del destierro aquilatan lo que han perdido y la lloran. Lope de Vega nos da un claro ejemplo de la mala imagen materna proyectada hacia la patria: “¡Ay dulce y cara España, / madrastra de tus hijos verdaderos, / y con piedad extraña / piadosa madre y huésped de extranjeros”.

Es innecesario repetir una vez más que la mayor parte de nuestros mejores intelectuales y artistas emprendieron el camino del exilio al final de la guerra civil. Rafael Alberti en Roma, peligro para caminantes, lamenta su destierro: “Dejé por ti mis bosques, mi perdida / arboleda, mis perros desvelados, / mis capitales años desterrados / hasta casi el invierno de la vida”.

Alfonso Vidal y Planas, quien vivió sus últimos años en México, publicó un poema titulado Cirios en los rascacielos (1963): “Sin España en mi vida, / yo mismo soy el muerto, / ¡y en la capilla ardiente / de Yanquilandia enciendo / un sirio por mi ánima / en cada rascacielos!”. Bernardo Clariana, nos transmite también la sensación de soledad experimentada en Nueva York, ciudad ajena, cruel... de la que quiere evadirse por medio del recuerdo: “Pero no lograrán prefabricar / los jardines de tu patio...”

Cuando Alfonso Vidal y Planas pasó por Ellis Island, en 1939, exclamó: “Enterradme en España cuando muera / (¡por caridad, hermanos, en mi España!), / si herido de su amor, en tierra extraña, / desangrado en suspiros, me muriera”.

Pedro Garfias vivió unos meses en 1939 en el pueblo inglés llamado Eaton Hasting: allí creó los poemas que constituirán su primer libro en el exilio que verá la luz en 1941, en México, lugar donde Garfias vivió su soledad, hasta su muerte. En estos versos de Garfias asoma la gran soledad, que crecerá más y más: “Dentro del pecho oscuro / la clara soledad me va creciendo....” Y nos grita: “Yo te puedo poblar, soledad mía, / igual que puedo hacer rocas y árboles / de estas oscuras gentes que me cercan... “

Luis Cernuda sabe que el destierro lo ha convertido en un muerto que, a pesar de todo sigue viviendo: “ Tú, verdad solitaria, / transparente pasión, mi soledad de siempre, / eres inmenso abrazo; / el sol, el mar, / la oscuridad, la estepa, / el hombre y su deseo, / la airada muchedumbre, / ¿qué son sino tú misma?” . Uno de los temas constantes en la poesía de Juan Rejano es España, vista en los primeros momentos del exilio con un gran dolor: “Vivir de ausencia es ya sobrevivir”. En la poesía de exilio de José Ramón Arana, aparecen algunos recuerdos de momentos dolorosos en esta “ciega soledad”: “Nadie vendrá a llorarte... / Solo el viento / avivará el clavel que me ha nacido / frente a este ciega soledad sin llanto...”

El poeta malagueño Emilio Prados, que en el exilio vive solo, apartado, quiere escapar de su soledad: “Golpeé con mi voz, con mi palabra / -no sé donde ni lo sabré jamás-: / nadie me abrió”. Y su paisano Manuel Altolaguirre, con una gran ternura, nos dice: “Estoy solo y no sé quienes / están sintiendo mi ausencia.” Y no menos agudo es el dolor de la mujer de Altolaguirre, Concha Méndez, que escribe: “La gran soledad del mundo / como ala que me domina / llevo sobre mí y me arrastra...”

Los exiliados españoles, lejos de su patria, trataron de sobrevivir su vida, sintieron la garra de la nostalgia, el incesante recuerdo de unas calles, de unos árboles, de unas fuentes como aquella a la que Alberti pedía, “que volviera para darle agua”. Supieron de angustia , de dificultades económicas para enfrentarse con ese cada día y cada mañana, pero especialmente sintieron una inmensa soledad. Soledad de soledades y todo soledad., como la del poeta malagueño José Moreno Villa: “Hay una soledad en el exilio / que no es de gente: soledad de muros, / de solera y de techo; / soledad de reflejos; / soledad de colores imprecisos”.

 


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