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JOSE ECHEGARAY: LA VOZ DE UN FENÓMENO DEL TEATRO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Detén el hierro homicida!
¡Para el brazo!... ¡Caiga inerte!
Tú no puedes dar la muerte
a quien te ha dado la vida.”
José Echegaray

 

Dos veces se ha otorgado a España el premio Nobel de Literatura en la persona de un autor dramático español. Primero en 1904, a José Echegaray, compartido con el poeta de Provenza, Federico Mistral; después, en 1922, a Jacinto Benavente.

“Echegaray –decía Clarín-, hoy como el primer día de su gloriosa aparición en la escena española, es un fenómeno del teatro; merece estudio, lo exige detenido y exento de preocupaciones”. Y añadía: “Hay que atreverse a renovar, y dejemos que se atreva ese que llaman todos los gacetilleros de la villa genio extraviado. A la larga siempre acierta el que se fía del genio”.

José Echegaray y Eizaguirre nace en Madrid el 19 de abril de 1832. Su formación cultural e intelectual dista mucho de la que habitualmente suele ser la de un escritor: doctor Ingeniero de Caminos, profesor de Física y Matemáticas, autor de Cálculo de variaciones, Teorías modernas de la Física y Problemas de analítica. En 1868 se le nombra director general de Obras Públicas, y luego, sucesivamente, ministro de Fomento y tres veces de Hacienda. Emigrado en Paría (1873), forma con Salmerón y Cristino Martos el partido Republicano Progresista. En 1874, siendo ministro de Hacienda, estrena El libro talonario, obra con la que inicia su labor teatral. En 1896 ingresa en la Real Academia Española de la Lengua, antes había ingresado en la de Ciencias. Fue también presidente de Instrucción Pública, presidente del Ateneo, director del Timbre, y a él se debe, durante su gestión como ministro de Hacienda, la creación del Banco de España. José Echegaray muere en Madrid el 14 de septiembre de 1916.

Echegaray es el autor indiscutible de la generación neorromántica, que siente las primeras acometidas del realismo. Formado en el drama que continúa las pautas del romanticismo (tres actos, verso, asunto histórico o legendario en que la historia se trata con libertad y la leyenda es invención del poeta), viene a triunfar cuando las influencias del tiempo, que van desde las obras de Dumas y Sardou, traducidas y divulgadas muy pronto en nuestra escena, hasta las primeras versiones de Ibsen, Hauptmann y Sudermann, imponen el abandono del verso por la prosa, como forma expresiva, y un concepto radicalmente distinto del drama. Echegaray trata de adaptarse a las nuevas tendencias; pero el realismo y aun el simbolismo se cobijan bajo la antigua capa romántica, dando una extraña sensación de hibridez.

Entre los títulos más relevantes de su obra teatral se cuentan: La esposa del vengador (1874), En el puño de la espada (1875), O locura o santidad (1877), En el seno de la muerte (1879), Mar sin orillas (1879), El gran galeoto (1881), su mayor éxito, Conflicto entre dos deberes (1882), Piensa mal y acertarás (1884), Mancha que limpia (1895), Mariana (1892), El hijo de Don Juan (1892) y A fuerza de arrastrarse (1905). Sus obras planteaban situaciones complicadas dentro de las fórmulas posrománticas, con personajes que se expresaban en lenguaje declamatorio altisonante sumidos en melodramáticas situaciones.

Es natural que hoy su teatro resulte desfasado. Aquella grandilocuencia y puritanismo del honor han pasado de moda y realidad, pero es indudable que resulta el máximo representante de la alta comedia enmarcada en un teatro de transición.

La crítica saludó al autor de La esposa del vengador como a un genio, como a un restaurador del teatro; y esa misma crítica tornadiza, cuando pasó algún tiempo, se cansó del teatro de Echegaray, y así como primero cantó las alabanzas y habló de resurrecciones, después vio culteranismo, amaneramiento, efectismo, falsedad, inverosimilitud en lo que primero enaltecía: cayó primero en el ditirambo y después no quiso ver más que horrores donde el público más consecuente, seguía viendo bellezas. Echegaray es el mismo en Mancha que limpia y Mar sin orillas que en La esposa del vengador y En el seno de la muerte . Con razón decía Echegaray: “Difícil es hacer y hacer bien; pero ¡qué difícil es no juzgar mal!”.

 


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