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ANDRES ELOY BLANCO: LA VOZ DE LA FRATERNIDAD


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Bebí el último trago romántico
y el primer sorbo ultraísta.
Le di a la vida instante por instante
todo, todo y la noche extra sobre el cuadrante.”
Andrés Eloy Blanco

 

La poesía venezolana permaneció largo tiempo ligada a la forma en boga durante el Romanticismo y el Modernismo. La llamada Generación del 28 –persistencia modernista- tuvo sus figuras más destacadas en Andrés Eloy Blanco, Luis Enrique Mármol, Fernando Paz Castillo, Enrique Planchart, Jacinto Fombona Pachano y Rodolfo Moleiro.

Con la aparición de Andrés Eloy Blanco, uno de los poetas más populares de Venezuela de todas las épocas y quizá el más conocido y unánimemente admirado, la situación experimenta un cambio sustancial.

La poesía de Blanco tuvo notable resonancia en América e incluso en España; artista de grandes dotes, no fue en rigor un poeta moderno, puesto que en su verso perdura un sustancial romanticismo que se consolida en una valiosa poesía por encima de las intenciones innovadoras. La Vanguardia se consolida en Venezuela con la “Generación del 28” , año de la revuelta estudiantil y popular contra el dictador Gómez, desgraciadamente fracasada, con la consiguiente y feroz represión. Muerto el tirano en 1936, volvieron a florecer las esperanzas.

Andrés Eloy Blanco nace en Cumaná el 6 de agosto de 1897. Su infancia transcurre en Isla Margarita, trasladándose a Caracas en 1908 para estudiar en el Colegio Nacional. Más tarde ingresa en la Universidad Central de Venezuela, donde estudia la carrera de Derecho y se gradúa en 1918. Cinco años más tarde recibe el primer premio en concurso promovido por la Real Academia Española de la Lengua, en la ciudad de Santander, al cual concurre con su “Canto a España”, del que entresacamos estos versos: “Yo me hundí hasta los hombros en el mar de Occidente, / yo me hundí hasta los hombros en el mar de Colón, / frente al Sol las pupilas, contra el viento la frente / y en la arena sin mancha sepultado el talón”.

Por su oposición a la dictadura de Gómez, sufre prisión y se exilia. En el tiempo que estuvo en las prisiones gomecistas tuvo contacto con campesinos y obreros que le inspiraron algunas de sus obras. Regresa a su país en 1936 y en 1941 es uno de los fundadores del partido Acción Democrática. Elegido por dos veces diputado, preside la Asamblea Constituyente en 1947 y es ministro de Relaciones Exteriores en el Gobierno de Rómulo Gallegos hasta que este es derrocado y Blanco se exilia en Cuba y después en México, donde muere en un accidente automovilístico el 21 de mayo de 1955. Sus restos descansan en el Panteón Nacional desde el 2 de julio de 1981.

Una de las características más notables de la obra de Andrés Eloy Blanco es la ternura. Cantó a la vida y al amor, pero también dirigió su atención a las condiciones de vida de su pueblo, atropellado por los privilegios, oprimido por la dictadura. El poeta se convirtió en portavoz de protesta, ardiente por su pasión humana, con las inevitables consecuencias: la cárcel y el exilio.

Entre los títulos de su extensa obra poética citaremos: Tierras que me oyeron (1921), Poda (1934), Barco de piedra (1937 ), Baedeker 2000 (1938), Reloj de piedra (1943-1945) y Giraluna (1955).

En su último libro poético, Giraluna, reviven en síntesis admirable los temas que caracterizan su poesía anterior: el amor, el mar, la fraternidad humana, la patria, el tormento interior por su propia insignificancia, como expresa en “Confesión”: “Yo soy lo que ha dejado el pirata en la playa, / nada en el horizonte, un punto en una raya: / yo soy lo que ha quedado del saqueo de la vida: / la puerta de la casa de la llave perdida”.

El elevado sentido que Andrés Eloy Blanco tiene dela justicia, del valor del perdón por parte de quien ha padecido injusticia y persecución le inducen a expresar con absoluta sinceridad un mensaje de fraternidad que le acerca significativamente a otro gran espíritu de América, José Martí.

En una tierra perturbada durante muchos años por la arbitrariedad y el personalismo, la palabra de Andrés Eloy Blanco asume el significado de un testamento espiritual destinado a las generaciones futuras. Y como dijo el poeta venezolano: “Me sentí grande, inmenso, sin cabida en el mundo, / infinito y molécula, multitud y unidad”.

 


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