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JUAN DE LA ENCINA: LA VOZ DEL PATRIARCA DEL TEATRO ESPAÑOL


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Hoy comamos y bebamos
y cantemos y holguemos,
que mañana ayunaremos.”
Juan del Encina

 


De las composiciones poéticas de Juan del Encina, lo más estimable son sus villancicos y sus glosas, breves y de sabor popular, realizadas con la música por el mismo compuesta; pero su mayor gloria estriba en haber sido el iniciador del poema dramático castellano que, al secularizarse, recibe la herencia del teatro litúrgico para adoptar formas nuevas; por eso ha sido llamado por todos el patriarca del teatro español.

 

Juan del Encina nació en Salamanca hacia 1469, su apellido original era Fermoselle, que más adelante cambió por el de Encina o Enzina por razones que nos son desconocidas. Estudió en la Universidad salmantina, teniendo como maestro, entre otros, a Nebrija.  Se graduó de bachiller en Leyes y recibió órdenes hasta el diaconado. La época de su mayor actividad literaria puede fijarse entre 1492, fecha en que entró al servicio del segundo duque de Alba. Hombre enamoradizo y un tanto aventurero viajó a  Roma en 1500, donde conquistó la estima de los papas Alejandro VI, Julio II  y León X, de cuya capilla formó parte como cantor. Representó ante Julio II su égloga de Plácida y Victoriano. En 1509 y sin estar ordenado in sacris, ni preocuparse gran cosa de sus deberes eclesiásticos ni de los cargos –beneficiado de Moerón, priorato d la catedral leonesa- que fue obteniendo y de los que percibió los correspondientes emolumentos, por dispensa de Roma, donde seguía viviendo, tomó por poderes el arcedianato de Málaga, donde se hallaba en 1510, y  regresó de nuevo a Roma en 1513. En 1519, teniendo ya cincuenta años,  decidió ordenarse sacerdote y tras celebrar su primera misa en Jerusalén regresó a España para desempeñar un cargo en la catedral de León, ciudad donde murió hacia 1529. En 1534 sus restos son trasladados a la catedral de Salamanca, dónde aún hoy sigue enterrado.

 

En su Cancionero publica en 1496 las obras compuestas entre los catorce y los veinticinco años, a las que en sucesivas ediciones irá incorporando obras nuevas. Como poeta y músico, Encina toca las más diversas gamas, la religiosa, la alegórica, la amorosa, la burlesca y especialmente la popular, donde destacan varios villancicos pastoriles cuyo exquisito lirismo sobrevive. Dejando a un lado el Arte de trovar, la primera preceptiva de la literatura castellana, llegamos a sus composiciones teatrales que vinculan su nombre a los orígenes de ese arte en España. Su labor dramática está frecuentemente tocada por la época prerrenacentista al conjugar elementos de esa etapa y otras medievales: por un lado tenemos un sentir profundo de lo religioso; por otro, un instinto paganizante evidente en Plácida y Victoriano. De hecho, Encina supone un gran paso hacia la secularización  de las tablas, gracias al tratamiento de temas populares con un sentido realista del mundo.

 

Esta misma fidelidad a la realidad se da en las obras que forman la etapa intermedia  entre la juventud y la madurez de Encina, y sobre todo en la Égloga de Antruejo, auténtica invitación al jolgorio carnavalesco. Este mismo sentido paganizante se da, pero respecto al tema erótico, en la Égloga representada en recuesta de unos amores, y en su continuación, la de Mingo, Gil y Pascuala, influidas por los cancioneros trovadorescos. El amor saldrá en ambas triunfante, “busquemos siempre el placer / qu’el pesar / viniese sin le buscar”.

 

La segunda etapa del dramaturgo ofrece ya frutos de gran madurez como son las églogas de Fileno, Zambardo y Cardonio, de Plácida y Victoriano, y de Cristino y Febea, compuestas durante su estancia en Italia, y a raíz de su contacto con el teatro renacentista.

 

En Plácida y Victoriano triunfa el amor de la misma muerte  aunque para ello Encina tiene que hacer intervenir a Mercurio, que alienta de nuevo la vida en el cadáver de Plácida, otra desdeñada. Encina rompe aquí una ley del medievo: el amor apasionado debe terminar en tragedia, en la muerte, y el autor, a medio camino entre el medievo y el Renacimiento, mata a Plácida para después resucitarla y ofrecerle la felicidad en brazos de su amante, solo transitoriamente desdeñoso. Cristino y Febea supone otro triunfo del Renacimiento y su enfoque gozoso dela vida frente al ascetismo medieval.

 

Encina supone un paso de gigante respecto a Gómez Manrique; con él estamos ya en lo teatral. Su avance por el lado ideológico es importante: de aquella ingenuidad religiosa a las afirmaciones del amor como gozo y deleite permitido de Cristino y Febea hay un abismo. Técnicamente, y como músico, Encina conjuga este arte con la poesía  y con la acción, con el movimiento; estos ingredientes, algo más desarrollados por otros prelopistas, le servirán al Fénix para crear el teatro nacional. Y como dijo nuestro poeta: “No te tardes que me muero, / carcelero / no te tardes que me muero. / Apresura tu venida / porque no pierda la vida, / que la fe no está perdida, / carcelero, / no te tardes que me muero”.

 


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